Entre finales de diciembre y enero, en medio de la selva chocoana o en los Montes de María algunas comunidades indígenas y afrodescendientes festejan con ceremonias ancestrales el regreso de quienes se fueron lejos de casa o agradecen al mar todo lo bueno que les dejó el año viejo. La mayoría de estas poblaciones pequeñas viven del turismo comunitario en lugares remotos que no son elegidos usualmente para pasar las vacaciones decembrinas. Sin embargo, por el voz a voz se han convertido en destinos especiales gracias a los jóvenes viajeros conocidos como ‘mochileros’, que recorren rutas inusuales del país. Así sucedió con La Barra, en Buenaventura.

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“Cuando estuve en La Barra participé de la Fiesta de los Arrullos, una celebración muy espiritual en agradecimiento al mar. Este tipo de encuentros no te los menciona ninguna agencia u hotel, porque son experiencias que se viven solo si las buscas”, quien habla es Diego León, un joven aventurero que, cada fin de año, recorre el país por sus propios medios para hacer parte de los festejos y rituales de culturas pocos visitadas.

Para los viajeros que buscan una experiencia similar en estas vacaciones, Semana Sostenible hizo una lista de los lugares del país que ofrecen al turista la posibilidad de compartir celebraciones de las que se habla muy poco. La información se recopiló con datos de algunos viajeros, del Viceministerio de Industria y Turismo y Semana Rural, publicación que está a punto de lanzar la aplicación Explora la otra Colombia, que recoge los destinos rurales alternativos que se pueden visitar en cualquier época del año.

La fiesta de los arrullos

La Barra, Buenaventura
Contacto: 315 5893585

“El 5 y 6 de enero la gente de La Barra recorre la playa con antorchas, mientras danzan al ritmo de las cantaoras y los tambores, que en en realidad son tarros, y de los turistas que tratan de seguirles el ritmo”, relata Diego sobre su experiencia en La Barra.

Cuando cae la tarde, la playa se transforma en el lugar donde blancos y negros hacen parte de una misma cultura. Mientras las cantaoras agradecen con sus canciones que el mar no se llevó sus casas, los visitantes se unen haciendo los coros. De esa forma, los turistas se involucran por primera vez con el bullerengue, un género músical muy tradicional en las comunidades afrocolombianas.

Una vez terminan el recorrido por la playa, levantan una fogata para seguir con la fiesta. Sacan de sus hogares botellas de biche (bebida alcohólica fermentada de la caña de azúcar) y su típico pescado frito. Comen y beben toda la noche, mientras las mujeres cuentan historias de sus alimentos tradicionales, de sus rituales, de sus casas y de cómo es vivir en un pueblo que se lo está tragando el mar. Sus habitantes aseguran que cada año la marea crece más y termina arrasando con las casas más frágiles o que quedan muy cerca al agua.

Para pasar una noche en La Barra es necesario conocer a Oralia, la mujer que tiene la casa de madera más grande del pueblo. Ella es una de las que ofrece la comida, una hamaca o el espacio para acampar cerca a la playa. “A doña Oralia la conoce todo el pueblo y quizá en muchas partes del mundo, porque es una negra querida que le ha dado posada a paisas y hasta a gringos y argentinos”, dice Diego.

En La Barra no hay comodidades y eso se nota desde que se llega a Buenaventura, después de un recorrido de 40 minutos en bus desde Cali. Una vez se llega al puerto, se debe zarpar en pequeñas embarcaciones que ofrecen un tiquete de ida y regreso que cuesta 55.000 pesos. Los primeros pueblos que aparecen entre basura a la orilla del mar Pacífico son Juanchaco y Ladrilleros, otros dos lugares que a pesar de su evidente abandono, atraen a muchos turistas que llegan al Valle del Cauca.

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A 15 minutos de la playa de Juanchaco queda La Barra. Sin embargo, si se llega antes de las tres de la tarde se puede llegar caminando pues la marea se contrae y permite el paso. Según Diego, “es probable que tengan que atravesar la selva en donde la tierra es rojiza y fangosa, pero cada paso valdrá la pena y lo sabrán una vez estén en la casa de doña Oralia”. En caso de llegar más tarde, se ofrece transporte a los visitantes, porque la marea crece a medida que cae el atardecer.

Además de disfrutar de unas vacaciones a la orilla del mar, con familias humildes y alegres que comparten su riqueza cultural con los visitantes, algunos guías del caserío hacen recorridos por playas, manglares y senderos ecológicos. Uno de ellos es conocido como Cerebro, un actor natural de la película colombiana El vuelco del cangrejo grabada en las playas de La Barra y su casa se reconoce fácilmente porque tiene varios murales en su fachada.

Etnoaldea Kipará Té

Nuquí, Chocó
Contacto: 322 6506818

Si se imagina celebrando la llegada del año nuevo entre los indígenas de la selva chocoana, la etnoaldea Kipará Té es es la opción perfecta para conocer sus rituales, su cultura y su historia como si fuera uno de ellos.

Para llegar a este lugar, primero debe tomar un avión desde Medellín con destino al municipio de Nuquí, en el norte del departamento del Chocó. Desde este punto, los hombres que viven de transportar gente, esperan en su canoa de madera para llevarlo por el río Chorí, ya que es la única manera de entrar a la comunidad indígena Emberá Boca de Jagua.

En la entrada al resguardo, un indígena pequeño, de nombre Julio César Sanapi, siempre está a la espera de los visitantes que vienen a conocer su comunidad. De él fue la idea de difundir la riqueza cultural de su pueblo entre quienes buscan poblaciones pequeñas que viven en los rincones más profundos del país. Julio César muchas veces hace de guía turístico, pero asegura que otros miembros de la comunidad también participan del ejercicio de mostrar sus costumbres.

A pesar de que los 350 habitantes de Boca de Jagua disfrutan de algunas actividades occidentales como jugar fútbol en una improvisada cancha, conservan tradiciones y rituales ancestrales que no dudan en compartir con los turistas. “En Kipará Té tratamos a nuestros huéspedes como miembros de nuestra comunidad y no como espectadores”, dice Julio César. La intención de los indígenas Jagua no solo es ofrecer caminatas por todo su territorio, paseos a cascadas y ríos o enseñar a pescar y a cazar. Uno de sus principales objetivos es integrar a los visitantes en una ceremonia especial que tienen el 31 de diciembre.

“Para el fin de año lo que hacemos es sencillo, pero significativo. La fiesta la iniciamos desde la mañana pintando nuestros cuerpos con Jagua (pintura sagrada para los Embera), mientras lo hacemos algunos preparan la comida. Cuando está lista, nos sentamos a comer todos juntos. En la tarde hay música tradicional y danza”, relata Julio César. Al final, justo cuando comienza el atardecer, se da un encuentro con el taita o indígena mayor, que cuenta historias sobre su cosmogonía.

La comunidad cuenta con 3 habitaciones o tambos y 18 camas para sus visitantes. Sin embargo, quienes estén en búsqueda de una experiencia más cercana con los Jagua pueden concertar con algún miembro de la comunidad un hospedaje en su casa.

Rincón de África

San Basilio de Palenque, Bolívar
Contacto: 312 6405951

Con una Fiesta de Integración de los Kuagros Palenqueros, San Basilio de Palenque invita a los viajeros a pasar los primeros días del año nuevo en su pueblo. Se trata de una reunión organizada una vez al año con los miembros de su comunidad que se fueron de Palenque y que regresan entre el 1 y el 6 de enero para recordar su herencia cultural e histórica africana.

En la gran fiesta de champeta y ñeque (bebida alcohólica artesanal), no solo se celebra la reunión de un pueblo, sino también la llegada de los turistas. “En esta celebración que dura seis días nos acompañan los turistas, porque aquí se convierten en palenqueros”, dice Miguel Obeso uno de los líderes de turismo comunitario en Palenque.

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A una hora de Cartagena, por la vía a Sincelejo, el pueblo de San Basilio de Palenque aparece en medio de una carretera destapada. Las casas son pequeñas pero acogedoras. No hay hoteles, solo palenqueros que dan posada en hamacas y pequeñas camas, algunas cuentan con ventiladores porque hace mucho, mucho calor. “Tenemos posadas en casas de palenqueros, para que la persona aprenda de las costumbres diarias de cada familia. La noche cuesta 50.000 y no incluye la comida. Para comer tenemos el paradero turístico que funciona todo el día”.

Antes de iniciar la Fiesta de Integración de los Kuagros Palenqueros, los guías turísticos, es decir, la señora que hace los dulces tradicionales, el joven que toca champeta y la niña que hace las trenzas en la peluquería, son los encargados de ofrecer el recorrido cultural por todo el pueblo. “Ofrecemos un tour de la comida tradicional de Palenque, los dulces típicos y también el tour del tambor donde pueden dialogar sobre la medicina tradicional con las rezanderas y los campesinos de la región”, dice Miguel.

Aunque lo más representativo de San Basilio de Palenque es el monumento en honor a Benkos Biohó, el primer esclavo negro que se escapó de sus dueños en Cartagena para luego construir Palenque cerca a los Montes de María, la comunidad centra todos sus esfuerzos para que en enero los turistas lleguen a Palenque preguntando por su Fiesta de Integración, una celebración que solo se puede disfrutar una vez al año.

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