El 99 por ciento de criaturas que alguna vez han vivido en la tierra, han dejado de existir por factores climáticos y su relación con el resto de pobladores

Cuando Dios puso a Adán en la tierra le regaló, literalmente, todo lo que estaba en ella. Era el amo y señor de todas las especies. Bajo esta óptica, se podría entender que el hombre a lo largo del tiempo haya usado y abusado del resto de pobladores del  planeta.

Desde que los Maori llegaron a las islas polinesias en el año 1250 aproximadamente, Nueva Zelanda perdió 51 especies de aves, 3 de sapos y una especie de pez de agua dulce. Todo esto en un tiempo récord. ¿Tuvieron algo que ver los humanos? Por supuesto.  La pérdida de estos animales se debió a que las ratas que venían con ellos  resultaron nocivas para otras especies y, además, a que los nuevos colonos necesitaron animales para alimentarse y árboles para construir viviendas.

Pero, la extinción es un hecho que no sólo depende de la acción del hombre. El 99 por ciento de criaturas que alguna vez han vivido en la tierra, han dejado de existir por factores climáticos y su relación con el resto de pobladores.  De acuerdo con Stuart Pimm, investigador de la Universidad de Duke,  si en el mundo existieran un millón de especies, estas irían desapareciendo año tras año, pero si sólo existiera una especie en el mundo, esta tardaría cerca de 1000 años en desaparecer.

En conclusión, la especie humana, si bien tiene mucha responsabilidad en la desaparición de otras especies, también es cierto que esto hace parte de un proceso natural, o como lo explicó Darwin: el más fuerte y quien mejor se adapte es quien sobrevive. 

El punto es que es necesario politizar y hacer ruido cuando una especie desaparece, ya que es la única forma de que se den esfuerzos globales en pro de la conservación, es decir, un cambio de actitud en la manera como el hombre se relaciona con su entorno.

En el último reporte de biodiversidad publicado por la revista The Economist, la relación autodestructiva que mantiene el hombre con el resto de especies se ha venido transformando en los últimos años gracias a tres factores: el papel de los ambientalistas, el crecimiento económico y el desarrollo y la utilización de la tecnología.

De acuerdo con Emma Duncan, editora de temas ambientales de la revista y autora del reporte sobre biodiversidad, el llamado de atención es para  la sociedad civil a través de libros como la Primavera silenciosa de Rachel Carson o el trabajo de Greenpeace han sido parte fundamental, para una transformación en la responsabilidad que tienen los gobiernos y ciudadanos frente al medio ambiente.

Cambiando la vieja idea

Jared Diamond, profesor de la Universidad de California y quien se ha especializado en mostrar cómo las sociedades fracasan al extralimitarse con sus recursos naturales, ha señalado en varios artículos cómo el desarrollo económico en países como China e India se hizo a costa de contaminar y destruir el ecosistema.

De hecho, no sólo Diamond ha opinado sobre esto. Según Fanny Peña, geógrafa del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), explica que los costos ambientales que genera el desarrollo económico son muy altos. “ Si se contamina un río, por ejemplo, resulta muchísimo más costoso recuperarlo que prevenir su contaminación”, afirma.

No obstante, el informe de la revista plantea una tesis más positiva. El crecimiento económico permite crear el ambiente y condiciones propicias para que se cuide y proteja la biodiversidad. Varias razones sustentan esta idea. Por un lado, el hecho de que las personas puedan satisfacer sus necesidades materiales les permite concentrarse en otro tipo de actividades y áreas.

Segundo, el avance científico  sobre cómo funciona el medio ambiente ha permitido que diferentes empresas desarrollen productos, basados en la naturaleza. En el caso de las grandes y pequeñas farmacéuticas, estas son uno de los sectores que más se han beneficiado con el entendimiento del mundo natural, ya que muchas de las medicinas tienen como base compuestos orgánicos.

En este ‘gana- gana’, la revista muestra como los países más desarrollados han creado grandes zonas de protección y conservación en las últimas décadas. Esto unido a políticas estatales de largo aliento. Pero, también resalta el ejemplo de Brasil donde el número de hectáreas protegidas ha crecido considerablemente en los últimos años.

Así, el aumento y disponibilidad de información sobre los ecosistemas, sumado a ciudadanos con mejores ingresos y más conscientes, además de incentivos y políticas públicas no cortoplacistas, son los elementos que han permitido que se cuiden diferentes regiones del mundo.

El Caso Brasil

En el Nor Oriente de Brasil, en una región llamada Paragominas en el Amazonas,  varios camiones fueron incinerados para protestar contra los programas del gobierno local que buscaban reducir la deforestación en la zona. Como diría el matemático Leibniz, mientras en el mejor de los mundos posibles los gobiernos trabajarían en pro del medio ambiente, antes que del beneficio económico, en la realidad, el peor de aquellos mundos,  ocurren este tipo de cosas.

Durante 2007 y 2008 la ONG Imazon lanzó alertas sobre los niveles que estaba alcanzado la tala indiscriminada de árboles en Brasil, particularmente en esta zona. Ante esta panorama, los alcaldes de Paragominas y Pará, iniciaron un plan que detuviera esta situación.

Para ello, cuenta Duncan, no sólo le mostraron y concientizaron a los habitantes de la zona  lo que representaba la deforestación en términos ambientales, sino económicos y  pactaron con Carrefour y Walmart, para que estas no compraran carne de las ganaderías que tuvieran sistema de producción extensiva.

La necesidad de replantear los modelos históricos de producción, llevó a que las comunidades tuvieran que buscar en la tecnología, la nueva información disponible y el apoyo gubernamental, una nueva forma de hacer las cosas.

Gracias a esto la deforestación en la Amazonía pasó de 28.000 kilómetros en 2004 a menos de 5.000 kilómetros en 2012. Así, concluye la revista, políticas enfocadas en metas a largo plazo, la presencia de la acción civil como las ONG’s  y actores públicos y privados comprometidos, permiten una reconversión de las tradicionales y nocivas prácticas de desarrollo económico.

No obstante, Brasil es sólo un caso que combina los tres elementos que logran transformar la relación entre el ser humano y las especies. Hoy, la creencia de ser amo del mundo ha cambiado, para entender que no estamos solos y todo está conectado. Así la conclusión del especial es que un elemento solo de la ecuación no podrá resolver los problemas ambientales, es necesario la coordinación de los mismos para dar resultados.

De esta manera, la transformación se debe traducir en regulaciones internacionales y avanzar en programas y acciones que influyan los cambios de comportamiento de los seres humanos. Sería, como dijo Einstein en su momento, una estupidez destruir el mundo que nos alberga.

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