Hamburguesa de Mcdonalds.

“Los vegetales no son elitistas”. Ese es el título que Katherine Martinko le da a su artículo de la revista Treehugger (Abraza Árboles en español) y por medio del cual la escritora plantea una discusión muy reciente, pero no por eso menos importante: nuestra comida trasciende su valor nutricional y es, hoy en día, para mal o para bien, el reflejo de un sistema económico y político.

Martinko en su artículo responde a otra pieza publicada en el New York Post por Kyle Smith, The Greatest Food in Human History, (La comida más grandiosa de la historia en español), en donde este último hace una pequeña apología a uno de los estandartes de la cultura americana: la comida rápida, específicamente, la hamburguesa de McDonalds.

Smith, citando a un participante de la sección de comentarios del blog Freakonomics, enumera los atributos de la muy barata y muy nutritiva hamburguesa: tiene 390 calorías, se encuentra en 14.000 establecimientos en todo el país y cuesta 1 dólar, argumentando, además, que sus compatriotas más pobres nunca podrían nutrirse por el mismo dinero con vegetales. Y tiene razón.

Es aquí en donde surge una discusión importante que es uno de los planteamientos de Martinko y de gran número de estudiosos del tema; la posibilidad de comer saludable y balanceadamente, o de comer en lo absoluto, no es cuestión de elitismo, sino de justicia. “El acceso a comida fresca debería ser un derecho humano”, dice la autora.

Desafortunadamente esta no es la realidad. En países como Estados Unidos, la mayor parte de la carne con la que se elabora la comida rápida, proviene de granjas industriales. Estos gigantescos compendios, respondiendo a las aceleradas necesidades de un mercado, utilizan técnicas para “crear” animales cada vez más grandes y con vidas más cortas, que a su vez tienen probados efectos negativos sobre la salud de los humanos.

Jonathan Safran Foer en su libro  Eating Animals (Comer animales en español) lo explica muy bien cuando cuenta que no existe suficiente pollo en Estados Unidos, producido en granjas tradicionales más pequeñas,  que no incurren en el uso de antibióticos, hormonas o crueldad, para alimentar si quiera uno de los estados del país (Vea: ¿Con o sin carne?).

Smith reduce todo el beneficio alrededor del costo, pero a su vez cita un estudio del 2007 de la Universidad de Washington que dice que “las calorías vacías son más baratas” y que “la comida saludable se está convirtiendo en un bien de lujo”, si bien esto es cierto, las calorías vacías son altas en valor energético y bajas en valor nutritivo.

Por otra parte el costo ambiental de la producción masiva de carne es altísimo; la ganadería aporta, según un estudio de la ONU, en mayor medida en gases contribuyentes al efecto invernadero que el transporte público, es una de las principales causas de deforestación, en Colombia, partes de las regiones Caribe, Andina y Amazonía han perdido extensos territorios de vegetación a causa de la ganadería, y deteriora cuerpos de agua, solo por citar algunos de los efectos negativos.

Martinko propone un cambio general del sistema de producción masiva de alimentos, ya que, entre otras cosas, el orden actual está fallando en proveer de comida a una gran parte de la humanidad puesto que mucha de la materia prima, como vegetales o granos, aunque más baratos que la carne, están dispuestos para alimentar vacas para el consumo, en vez de personas como lo explican Jane Goodall y Mark Bekoff en el libro Los diez mandamientos para compartir el planeta con los animales que amamos, se necesitan “7,25 kilogramos de grano para conseguir 450 gramos de carne” (Vea: 9 fuentes de proteína para vegetarianos y veganos).

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