| 2012/09/28

Fundación Semana

Hace tres años arrancó la reconstrucción de El Salado. Esta población, ubicada en los Montes de María, en el departamento de Bolívar, padeció una de las masacres más atroces en la historia de nuestro país.

Gran parte de los libros de la biblioteca, fueron donados por los colombianos en una campaña para donar su libro favorito.
Gran parte de los libros de la biblioteca, fueron donados por los colombianos en una campaña para donar su libro favorito.

En febrero de 2000, cerca de 300 paramilitares cercaron el pueblo, sacaron a las gentes de sus casas, asesinaron a 66 personas y cercenaron y violaron a sus mujeres.  A pesar de que el conflicto no ha terminado, en muchas regiones como El Salado, el posconflicto ya empezó y es un reto tan grande, que ningún Estado puede asumirlo solo. Como colombianos, muchas veces fuimos indiferentes ante la barbarie o, en todo caso, nuestra respuesta no ha sido suficiente para resarcir el sufrimiento de tantas comunidades de la Colombia remota.

Pero si no pudimos evitar el desangre, sí estamos llamados a contribuir a sentar las bases de una sociedad más justa y en paz. Ayudar en la reconstrucción del país es una labor que nos atañe a todos. Pero Publicaciones Semana detectó que por la privilegiada facultad que tienen los medios de comunicación para
realizar convocatorias, contaba con una responsabilidad adicional. La naturaleza del oficio periodístico no solo permite conocer y analizar la realidad nacional de una manera detallada, sino que permite, también, congregar esfuerzos. Y eso es, justamente, lo que PublicacionesSemana entendió en el momento de crear su Fundación: que, como medio de comunicación, apostar por el posconflicto no solo es una manera de creer en el país, sino de ofrecer a la causa de la reconstrucción la facilidad con la que cuenta para convocar ayudas provenientes tanto del sector público como del sector privado y articularlas de una manera eficiente y ordenada.

Por eso desde el inicio se propuso que la Fundación Semana dedicara sus primeros años a la reconstrucción de El Salado, como un símbolo de lo que ha sido la violencia en Colombia y a su
vez como un ejemplo de lo que debería ser el país de la reconciliación.

Un símbolo apenas, porque solo en Montes de María se perpetraron 42 masacres en condiciones similares y en todo el país más de 400. Consciente de que no se puede superar el conflicto si no lo miramos a los ojos, y de que no podemos lavarnos las manos con el Estado, como si fuera el único que tiene la obligación de que Colombia supere sus tragedias, la Fundación convocó a múltiples empresas, diversos estamentos y algunos socios mediáticos, para reconstruir el pueblo.

Dada la dimensión del reto, rápidamente se convirtió en una gran alianza por la reconstrucción de El Salado, en la cual intervienen más de 60 entidades, entre públicas y privadas, que están trabajando no solo en la reconstrucción de un pueblo, sino en la creación de un modelo que pueda ser replicado en otras comunidades en el país. Cuando se inició el desafío de la reconstrucción de El Salado uno de los objetivos era combatir las trampas de la pobreza, pero la Fundación nunca imaginó la dimensión que tenía este propósito.

Sin embargo, pronto se hizo evidente que poblaciones como El Salado, cuyas condiciones socioeconómicas son extremas, no pueden romper su destino de pobreza si no encuentran soluciones globales. De nada vale reconstruir un centro de salud si el Estado no asegura la permanencia de un médico; de nada sirve contarcon la presencia de ese médico si los niveles de desnutrición en niños superan el 50 por ciento. Poco vale idearse buenos proyectos productivos si la carretera no permite sacar los productos a los mercados; poco vale entregar una construcción si no hay organizaciones comunitarias sólidas que la hagan sostenible.

Una sala de computadores no sirve para nada si no hay profesores de sistemas. Llenar de canecas el pueblo es un ejercicio inútil si no hay un sistema organizado de recolección de basuras. Todo está atado, todo hace parte de un circuito. Una pieza dañada hace que se atasque el engranaje. Dada la complejidad del desafío, y con la ayuda de la Fundación Carvajal, la Fundación Semana se tomó un año en construir un plan de desarrollo en compañía de la comunidad. Dicho plan incluye sacar adelante áreas de infraestructura, generación de ingresos, salud, educación, desarrollo comunitario y seguridad. Dentro de esos frentes están los proyectos que creemos se deben hacer en un período de cinco años, para asegurar unos mínimos importantes que permitan mejorar de manera significativa la calidad de vida de esta comunidad, y les permitan a sus miembros gestionar su propio desarrollo, trazar su destino.

Con ese fin, Fundación Semana cuenta con un equipo de seis personas que desde distintas disciplinas articulan todos los proyectos: el equipo está conformado por un ingeniero, una trabajadora social, un historiador, una gerente de proyecto, un agrónomo y una comunicadora que se trasladaron a vivir a El Salado y que garantizan una puesta en marcha articulada de todo el proceso. De la intervención en El Salado se desprenden lecciones que pueden ser útiles para la actual coyuntura de Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras.

Quizá reconstruir una población en la que viven mil habitantes no parezca un ejercicio de grandes dimensiones, pero estamos seguros de que los aprendizajes en esta suerte de laboratorio serán aplicables a lo largo de todo el país y de que servirán como un modelo a seguir para que el
sector público trabaje en asocio con el privado. El Salado, en ese sentido, es una maqueta de lo que es Colombia. Representa su pasado turbulento y sus condiciones de pobreza, pero también –eso esperamos– uno de los caminos que se puede seguir para superarlos.

Justamente, uno de los asuntos relevantes que se pueden aprender con este proyecto es la forma como
el sector privado trabaja por el país de la mano de la institucionalidad. A través de la reconstrucción de
El Salado, estamos demostrando que el esfuerzo que arroja verdaderos resultados no es el de quienes tratan de sustituir al Estado, sino el de quienes, aportando sus experiencias en el ramo de su conocimiento, trabajan con el sector público para potenciar los esfuerzos.                                                      

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