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Una travesía por los cambios

Los departamentos de Meta, Casanare, Vichada y Arauca conforman la Orinoquía colombiana: alrededor de 300.000 kilómetros cuadrados, es decir, más del 30 por ciento del territorio total del país. Esta basta tierra esconde en sus entrañas una riqueza natural y cultural invaluable que se reparte en subregiones como el Piedemonte, la Altillanura y la Orinoquía Inundable. Cada una con características propias, pero con el alma común dan vida a lo que se conoce como los Llanos Orientales.

Los Llanos Orientales han sido un lugar poco habitado. Su población representa poco más del 3% de la población del país.

El hato ganadero, las grandes extensiones de verdes pastizales que se confunden con el azul del cielo en la inmensa lejanía, como compuso Arnulfo Briceño en el himno al Meta, están desapareciendo. La región está cambiando aceleradamente: el llanero de pantalón remangado, que andaba descalzo o a caballo por las sabanas, ahora vista de jeans, botas punta de acero y casco. Ya no sale a arriar ganado sino a sacar petróleo. Así mismo, los paisajes de morichales y esteros son hoy día grandes plantaciones de maíz, soya, pino o caucho. Y los pequeños poblados donde todos eran amigos, se han convertido en urbes desordenadas donde todos son extraños. Cabe entonces citar, una de esas coplas en las que el Cholo Valderrama le canta a su tierra: “que no se muera la raza, primo, de los hombres a caballo o que se mueran primero para no tener que llorarlos”.

Con este panorama de cambios imparables, el Instituto de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt realizó la primera parte de la Travesía por el Río Meta. Una expedición que buscaba documentar el estado actual de la región, en función de sus dinámicas de transformación y ocupación, además de presentar a la sociedad colombiana una visión testimonial que permita entender los cambios que enfrentará la Orinoquía en un futuro inmediato. El llano está cambiando muy rápido, desde sus formas de vida hasta su estructura ecológica. Esta travesía pretende contarle a los colombianos lo que está sucediendo, pero realmente desde el lugar de los hechos, conversando con la gente que habita el territorio”, afirmó Brigitte Baptiste, directora del Instituto von Humboldt.

En la Orinoquía se encuentra el 32,4% de la riqueza hídrica del país.

Este primer recorrido, que comenzó en Bogotá y terminó en Orocué, Casanare, a través de su arteria fluvial principal: el río Meta, documentó la realidad a partir de cuatro ejes: el establecimiento de sistemas productivos a gran escala, la situación de los grupos étnicos y de las comunidades locales, la dinámica de los entornos urbanos y las estrategias de conservación in situ.

La reflexión central, que plantea Travesía Río Meta es según Baptiste si el “desarrollo” económico que se proyecta en la Orinoquía justifica los cambios que se están dando. “Hay campo para producir madera, caucho y palma. No hay que satanizar ningún sistema productivo perce. Sin embargo, hay que tener en cuenta qué efectos puede tener y cómo se va a comportar el ecosistema con el tiempo. Lo preocupante, también, es que se haga por todas partes sin ningún tipo de orden, que sea el mercado quien decida si se siembra o no y en dónde”, afirmó Brigitte. Hizo también referencia a lo que ha pasado con municipios como San Carlos de Guaroa, en el Meta, donde 70 por ciento de su territorio está sembrado con palma. Surgen preguntas como: ¿queremos esto por siempre?, ¿qué riesgo representa fundamentar el bienestar del futuro en un solo cultivo? Y añadió, “la misma inversión está en juego, por no ser prudentes ecológicamente”.

El tema de la agroindustria a gran escala en la Orinoquía, es tan solo uno de los ejes de desarrollo que se proyectan en la región. La misma situación se vive con la explotación de hidrocarburos. Este es el panorama que muestra el especial Travesía Río Meta.

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Los cambios en la producción

Hace diez años la Orinoquía o los Llanos Orientales, como comúnmente se le llamó a esta zona del país, estaba conformada por grandes extensiones de tierra. Amplios pastizales cubrían áreas planas interrumpidas solo por grandes ríos y bosques de galería en sus riberas, o por hermosos morichales, que además de romper con la monotonía del paisaje proveían de alimentos a la fauna terrestre.

La percepción de espacio vacío en esta región colombiana hizo que los ojos de los inversionistas se posaran allí. Cultivos de maíz, soya, algunas especies forestales y otras utilizadas para la generación de biocombustibles se tomaron las sabanas y por supuesto, el paisaje y el uso del suelo cambió. Según Jerónimo Rodríguez Escobar, investigador de sistemas productivos del programa de política, legislación y apoyo a la toma de decisiones del Instituto Alexander von Humboldt antes se sembraban cultivos de pan comer (plátano, yuca y maíz) y ahora, predominan los de exportación.

El cambio en los sistemas productivos de la Orinoquía es tal vez una de las transformaciones más notorias. Además de la agroindustria, la explotación de hidrocarburos también ha hecho que los pobladores dejen los hatos para emplearse en los pozos de extracción del crudo. Y es que no es para menos, en 2012, en los Llanos Orientales se produjo el 73 por ciento del petróleo de Colombia. Según la Asociación Colombiana del Petróleo (ACP) solo el departamento de Meta aportó más de 450.000 barriles de crudo, ocupando el primer lugar en producción. Lo sigue Casanare con alrededor de 170.000 barriles.

El 73% del petróleo de Colombia se produce en los Llanos Orientales.

El auge petrolero se traduce no solo en el crecimiento demográfico de la zona, también en la cantidad de camiones que se movilizan por las carreteras del llano. Las cifras dan cuentas de alrededor de 1.500 tractocamiones diarios rodando entre Bogotá y Puerto Gaitán: el oleoducto sobre ruedas.

La Orinoquía se convirtió, entonces, en el epicentro de extracción del oro negro y en el territorio de expansión de la agroindustria. Los gobiernos de turno se han referido a ella como la última frontera agrícola o la despensa no sólo de Colombia sino del mundo. Sin embargo, la producción de alimentos para engorde de animales y bioenergéticos no contribuye a la seguridad alimentaria. “Se pasó del autoconsumo al autoabastecimiento, a la compra. La yuca, el plátano y las pequeñas huertas están siendo remplazadas por cultivos que no se pueden consumir”, afirmó Rodríguez.

No solo estaría en riesgo la seguridad alimentaria, sino también las costumbres y tradiciones, pues se desconoce lo que consumen las comunidades locales, sus prácticas ancestrales, la producción de mañoco y del casabe, la pesca y la caza de animales de monte. “Todo está comprometido ante los cambios de coberturas”, añadió Rodríguez. Frente a esto Brigitte Baptiste, directora del Instituto von Humboldt, afirmó que no se conoce realmente lo que es el Llano. “Se tienen la idea errada de que se puede transformar como el cerrado brasilero y, aunque es parecido, nuestro territorio tiene particularidades únicas que hay que tener en cuenta para que el desarrollo no sea suicida”, agregó.

Según Planeación Nacional, 3,5 millones de hectáreas es el área potencial cultivable en la Altillanura.

Para estos dos investigadores, se trata de saber cuáles son las técnicas, tecnologías y tipos de cultivos que se adaptan a la región y no al revés, forzar la región para que se adapte a la producción de ciertos cultivos. Pero, ¿cómo funciona la agroindustria en la región? A continuación se hace un recorrido por las principales compañías que tienen presencia en la zona:

Fazenda: 13.000 hectáreas de soya, maíz y producción avícola y porcícola.

Mónica Colombia, subsidiaria del grupo brasileño que lleva este mismo nombre: 13.000 hectáreas en la altillanura. De estas, tendría sembradas 3.000 hectáreas entre soya y maíz que se venden en el mercado local, especialmente para la producción de alimentos balanceados para animales.

Mavalle: está haciendo la plantación de caucho más grande de Colombia entre Puerto Gaitán y Puerto López.

Grupo Valorem S.A.: siembran soya y maíz en 1.000 hectáreas alquiladas en el Vichada. Ofrecen transporte multimodal. Mejoran vías para los camiones y navegan el río Meta con un remolcador de 980 caballos de fuerza y una barcaza para 1.200 toneladas. Es el transporte más grande en ese río.

Grupo Manuelita: Hace 25 años llegó al Meta, producen allí 70 mil toneladas anuales de aceite de palma y 120 mil toneladas de biodiesel.

Riopaila Castilla: Tienen 40 mil hectáreas en el Vichada. De estas 500 sembradas con soya, y 2.000 con palma. En el Meta tienen sembrado con caña 5.000 hectáreas. Surten a Bioenergy (empresa de Ecopetrol) con materia prima para la producción de biocombustibles.

Pajonales: tiene 16.000 hectáreas sembradas con caucho, arroz y algodón.

(Datos tomados de Dinero.com)

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Comunidades en peligro

La región de la Orinoquía no solo se caracteriza por su riqueza natural. Cada rincón esconde un tesoro étnico y cultural importante de conservar. Tradiciones y costumbres ancestrales que dan cuenta de la identidad del territorio. En Puerto Gaitán, por ejemplo, 43 por ciento de la población es indígena, y los cambios en los sistemas productivos amenazan su existencia.

Alrededor de 40 mil indígenas habitan en la Altillanura.

Durante siglos etnias como la sikuani, piapocos, sálibas y tucanos han deambulado por las vastas sabanas. Amos y señores de la tierra que los vio nacer y les ha proveído lo necesario para mantenerse. La llegada de empresas petroleras y el cultivo extensivo de caucho, maíz, soya y palma africana, entre otros los ha desplazado y ha puesto en jaque su supervivencia.

“Pasaron de ser los dueños de las tierras a obreros”, afirmó el párroco de Puerto Gaitán al referirse a cómo alrededor de 11.000 indígenas sikuanis que se encuentran en nueve resguardos han tenido que movilizarse o emplearse en los campos de crudo para obtener ingresos y mantener a sus familias. “Ya no tienen tierra para cazar, pescar y recolectar alimentos. Es una amenaza demográfica y cultural”, agrega.

En la cabecera urbana de Puerto Gaitán se encuentra el resguardo Unuma, un asentamiento al que llegan muchos de estos indígenas en busca de trabajo. Viven en condiciones de pobreza extrema. Así, mientras la lluvia cae sin parar y amenaza sus casas hechas con tejas de zinc y lona, don Miguel, el líder de la comunidad, recuerda y lamenta aquellos días en que tenían libertad de moverse en su territorio.

Nueve etnias se encuentran en la Altillanura.

Para Emerson Pastas, investigador en grupos étnicos y comunidades del programa de política, legislación y apoyo a la toma de decisiones del Instituto von Humboldt las comunidades no han tenido la participación y el reconocimiento en los procesos y transformaciones que ha sufrido la región. “El derecho a la consulta previa no se tiene en cuenta, siendo este el proceso para llegar al consentimiento, al consenso y a poder equilibrar el desarrollo económico con el natural y el cultural”, afirmó.

De esta forma, mientras por un lado se habla de desarrollo en la Orinoquía a partir de la bonanza petrolera y la agroindustria, por el otro se pierden sus tradiciones, costumbres, cobertura natural y cultura en general.

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La transformación urbana

Puerto Gaitán se ha convertido en el ejemplo más claro de lo que está pasando con los municipios de la Orinoquía: un crecimiento acelerado y un cambio en su cultura y formas de vida. En 1990 la zona urbana contaba con 2.000 habitantes; hoy, según el último censo del Dane, oscila entre 20.000. Sin embargo, sus gobernantes afirman que teniendo en cuenta toda la población flotante que llega, la cifra puede alcanzar hasta los 40.000.

Puerto Gaitán es el tercer municipio más grande de Colombia con una extensión de 17.442 kilómetros cuadrados

Los registros hablan de 18.000 obreros llegados de todo el territorio nacional, quienes se desplazaron movidos por la bonanza petrolera. “Las regalías llegaron, el auge estalló y la migración se multiplicó”, afirmó Edgar Silva, alcalde de Puerto Gaitán.

Lo que se conoció como ‘progreso’ llevó a mucha gente a la capital de la altillanura colombiana. En escasos seis años, la población se disparó y la proyección de 17.200 habitantes que había hecho el Dane en el censo de 2005 casi se duplicó (no hay cifras concluyentes).

Puerto Gaitán comenzó a recibir regalías a partir de 2001. En ese año a sus arcas llegaron 480 millones de pesos. En 2004, la cifra subió a 4.000 millones de pesos, y al año siguiente a 10.700 millones. En 2008, cuando Campo Rubiales de la empresa venezolana Pacific Rubiales se consolidó, el municipio recibió 55.000 millones de pesos. Pero fue en 2011 cuando alcanzaron su tope máximo con 108.000 millones de pesos. No obstante, buena parte del municipio no cuenta con agua potable y su ordenamiento territorial es casi nulo. Según cifras del Dane, más del 65 por ciento de su población tiene las necesidades básicas insatisfechas.

En menos de diez años el número de habitantes de Puerto Gaitán se duplicó. Pasó de 17.200 personas a casi 40.000.

El crecimiento demográfico ha llevado a que urbanísticamente la población también tenga que adaptarse. De esta forma, ha ido expandiéndose desordenadamente y sin tener en cuenta un plan de ordenamiento del territorio. “En estos ecosistemas altamente transformados como son las ciudades que todo el tiempo cambian, uno tiene que negociar muchos conceptos de la gestión ambiental que vienen por un lado (protección y conservación) con elementos de la gestión urbana”, afirmó María Angélica Mejía, investigadora del programa de política, legislación y apoyo a la toma de decisiones del Instituto von Humboldt.

Parte del trabajo de la Travesía, era justamente llamar la atención sobre el ordenamiento, pues como manifiesta Brigitte Baptiste, directora del Instituto von Humboldt en Colombia el ordenamiento territorial nadie se lo toma en serio. “Todo es retórica. La norma dice una cosa y se hace otra. En vez de ‘publíquese y cúmplase’ es ‘archívese y guárdese’. El ordenamiento territorial es el mejor instrumento, si no el único, de gestión ambiental efectiva, que además debería ser uno con los Planes de Desarrollo”, afirmó.

Otro agravante tiene que ver con la forma de plantear las políticas. Los municipios son autónomos de formular los Planes de Ordenamiento Territorial (POT), lo que hace que éste se convierta en ‘una colcha de retazos’, manifiesta Baptiste. Es necesario, entonces promover la gestión integral de los territorios. En palabras de Mejía, que varios sistemas del conocimiento participen. “No solo es hacer una gestión urbana, sino una gestión territorial”, añadió.

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Intentos de conservación

La Orinoquía es el tesoro del agua. En sus entrañas guarda 32,4 por ciento de la riqueza hídrica del país y una gran diversidad de plantas y animales. Los registros hablan de más de cinco mil especies de flora en toda la cuenca del río Orinoco, de alrededor de 1.500 especies de peces de agua dulce, incluyendo a cerca de 60 que son endémicas, y 48 especies de anfibios. Asimismo, se reportan 32 tipos de sabanas, 200 especies de pastos, más de 700 especies de aves y 40 reservas de la sociedad civil que suman alrededor de 68 mil hectáreas.

Las 40 reservas de la sociedad civil registradas en la Orinoquía suman alrededor de 68 mil hectáreas de conservación.

Las transformaciones que está sufriendo esta zona amenazan la biodiversidad. En el piedemonte, por ejemplo, cerca de Villavicencio, en épocas de sequía se siente la ausencia de agua. Para la directora del Instituto von Humboldt, Brigitte Baptiste “no nos hemos inventado la forma de vivir en el Llano”.

El Sistema Nacional de Áreas Protegidas que se creó con la Ley 99 de 1993 da cuenta de la creación de parques, sistemas regionales y departamentales de áreas protegidas como herramientas para conservar algunos ecosistemas. Sin embargo, no son suficientes. En los Llanos Orientales, la destrucción y desaparición de esteros y morichales es una realidad. Hace falta monitoreo que permita hacer un seguimiento minucioso. “Es necesario construir memoria pública, saber qué ha pasado y quién lo ha causado para poder tomar medidas de recuperación y restauración de lo que ya se ha perdido”, agregó Baptiste.

Según Lina Vásquez, investigadora de áreas de conservación, del programa de Biología de la Conservación y Uso de la Biodiversidad del Instituto von Humboldt, vale la pena seguir declarando áreas protegidas, pero sobre todo fortalecer las que ya existen. “Estas declaratorias no se pueden hacer teniendo en cuenta solo las características bióticas, ahora es fundamental hacerlo a partir de los servicios ecosistémicos”.

En la región la última área declarada fue el humedal Maiciana – Manacal, localizado en el municipio de Puerto Gaitán, Meta. La zona cuenta con 128.4 hectáreas y fue caracterizada como área de recreación. Allí se identifican siete lagunas, sistemas predominantes de morichal, especies de flora como tablón y saladillo y de fauna como venado, chigüiro, güio y aves propias de ecosistemas lénticos. “Conservar este tipo de ecosistemas es muy importante, pues son fundamentales para la regulación hídrica”, aseguró Mesa.

En tierras casanareñas se encuentra otra experiencia de conservación de gran importancia. Se trata del Parque Ecotemático Wisirare, que cuenta con 1.300 hectáreas en las que se hace una reproducción masiva de caimanes del Orinoco, la primera especie colombiana declarada en peligro de extinción en los años 90. Este lugar que fue creado como un distrito de riego, ahora es una reserva de la sociedad civil que pertenece a la Fundación Palmarito y que en conjunto con la Gobernación del Casanare, adelanta investigaciones y esfuerzos para preservar esta especie emblemática de los Llanos Orientales.

En 1.300 hectáreas que conforman Wisirare se adelante el proyecto de conservación del caimán del Orinoco.

Este feroz animal, que llega a medir hasta siete metros de largo, lento al caminar pero resistente a la falta de alimentos, fue incluido en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). El caimán del Orinoco es una de las 12 especies más amenazadas en el mundo. Frente a este panorama, en Wisirare se instalaron incubadoras y pocetas que albergan a los caimanes jóvenes. Se espera que nazcan entre 100 y 150 animales por año. Aquellos que logren crecer serán llevados a lugares como el parque los Tuparros y humedales del Casanare.

“Este tipo de reservas privadas son importantes porque complementan el sistema de áreas protegidas y ayuda a la conectividad”, afirmó Mesa refiriéndose a lo relevante que resulta el hecho de que los propietarios de grandes extensiones de tierra sean conscientes de la necesidad de conservar.

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