Las basuras se están convirtiendo en un verdadero caos en el país. No solo para las familias que viven cerca de los rellenos sanitarios y que deben aguantar plagas, malos olores y enfermedades, sino para casi todos los colombianos. El ejemplo más reciente está justo en la capital del país: a inicios de este año, las calles de la capital estuvieron atiborradas de bolsas de basura que no pudieron llegar a su sitio de disposición final.

Y no solo es Bogotá. En septiembre del año pasado, el prestador del relleno sanitario de Sogamoso (Boyacá), que recibía residuos de más de 40 municipios, decidió no prestar más el servicio hasta que hicieran obras de adecuación para ampliar la capacidad, pues ya estaba llegando a su tope máximo y su vida útil estaba a punto de cumplirse. Ante la emergencia, tocó hacer uso del relleno de Tunja.

Pero estas no son las únicas preocupaciones que generan estos sitios. En Bucaramanga, por ejemplo, el pasado 6 de febrero se presentó un incendio en el relleno sanitario El Carrasco, el cual, según han dicho las autoridades, se produjo por una posible fuga de gas metano.

El país necesita medidas al respecto, pues según ha manifestado el Departamento Nacional de Planeación, “se estima que en los próximos 10 años la
generación de residuos crecerá en un 20 %”. De acuerdo con esa entidad, actualmente se producen 11,6 millones de toneladas de basura al año y solo se recicla el 17 %. Una cifra que el Ministerio de Ambiente espera que aumente, al menos, al 20 % para este 2018. Aun así, el país está lejos de cumplir con una meta que esté al nivel de otras regiones del mundo. En la mayoría de países de la Unión Europea, por ejemplo, se aprovecha hasta el 67 % de los residuos generados.

“En 2016, Colombia tuvo el mismo comportamiento en crecimiento de la producción de residuos per cápita que China, pero con la mala noticia de que eso no estaba respaldado por el mismo incremento en industrialización y PIB. Eso es insostenible”, explica Julián López, superintendente delegado para Acueducto, Alcantarillado y Aseo, quien resalta que a pesar de esto, el gobierno ha dado pasos para alinear al sector público con el privado y lograr una economía circular donde los residuos retornen al ciclo productivo.

“La solución no es crear más rellenos y alargarles la vida útil, sino que produzcamos menos residuos”, añade. Y es que en el país ya hay suficientes. De acuerdo con un informe de la Superservicios, Colombia cuenta con 275 sitios para depositar la basura (entre adecuados e inadecuados). De estos, 158 son rellenos sanitarios, seis plantas de tratamiento, trece celdas de contingencia, 54 botaderos a cielo abierto, 34 celdas transitorias, siete sitios de enterramiento y uno un sitio de quema. Si se habla solo de los rellenos sanitarios se puede decir que: al 7,5 % ya se le acabó su vida útil, a un 15 % le queda menos de tres años, un 28,1 % podrá durar entre tres y 10 años, y solo un 35,6 % podría permanecer durante más de una década.

Manejar bien el tema de los desechos es trascendental. Una mala disposición de los residuos sólidos no solo ocasiona daño al medioambiente, sino también a la salud humana. De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud, esto puede generar daños en el sistema respiratorio y propagar enfermedades como dengue y cólera entre las personas que habiten cerca de los rellenos. De igual manera, el biogás que se produce puede ser nocivo y causar problemas toxicológicos.

Y ni qué decir en el tema ambiental: se contamina el suelo, el agua superficial y subterránea, el aire y se contribuye al efecto invernadero. El mismo Ministerio de Ambiente demostró que, reduciendo la cantidad de basura en los rellenos sanitarios y aprovechando el biogás generado, se pueden alcanzar reducciones significativas en la producció de gases de efecto invernadero.

¿PONERLES FIN?
Acabar con los rellenos sanitarios es lo ideal, pero no es cosa fácil. Según Andrés Jensen, experto internacional en gestión y valorización de residuos, lograrlo requiere de un proceso paulatino de modernización con base en tecnologías limpias y eficientes. Este debe convertirse en pilar fundamental de la política pública en el país.

Jensen, quien ha sido asesor del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y de organismos internacionales como la Agencia de Cooperación Alemana GIZ y KFW, tiene claro que no solo el reciclaje es una forma de aprovechar las basuras. Según cuenta, en países de Europa también se ha implementado la denominada “Responsabilidad Extendida del Productor”, que exige a productores de ciertos bienes recuperar los residuos que generan en la etapa de postconsumo. Es una medida vigente en ese continente, y que ahora Chile intenta implementar. Esto no es todo. También está el coprocesamiento en hornos cementeros, que se refiere a una tecnología que valora los desechos como fuente de energía. Estos hornos, dice, “ofrecen características
operativas ideales para el aprovechamiento térmico y mineral de residuos, al mismo tiempo que son eliminados en forma segura”. Y agrega que, entre las bondades, se destaca un impacto positivo en la disminución global de emisiones de CO2, lo que evita riesgos para el medioambiente y la salud humana.

“En países como Alemania, Suiza, Holanda, Suecia, Dinamarca y Bélgica, solo por nombrar algunos, más del 50 % de la energía térmica que demanda la industria cementera proviene de residuos que son valorizados en ella”, explica Jensen. Una cifra que contrasta notoriamente con Latinoamérica donde, según un informe de la Federación Internacional del Cemento (Ficem), el coprocesamiento aún no supera el 10 %. “Será la implementación y consolidación de
estos sistemas los que permitan acabar con la existencia de rellenos sanitarios, tal como ya lo lograron países desarrollados”, asegura el experto.

Aunque las soluciones parecen estar a la vista, es claro se requiere de una gran inversión y un esfuerzo técnico, político y normativo a largo plazo, donde no solo se mejoren procesos en determinadas industrias, sino que se aporte notablemente a la disminuciónde gases de efecto invernadero y al mejoramiento de la calidad de vida de personas que, por años, tuvieron que aprender a vivir con la basura al lado.