| 2012/11/21

Basura Cero

Cerca de 50.000 familias en Colombia viven del reciclaje. El trato que ellas han recibido en Bogotá y Cali ha motivado que la Corte Constitucional se pronuncie y ordene a los gobiernos locales crear modelos inclusivos de recolección de basura. La capital del país está a un mes de incursionar con uno nuevo y no hay claridad entre los ciudadanos sobre cómo operará.

Nohra Padilla levantó a punta de esfuerzo y liderazgo una de las asociaciones de recicladores más poderosas del mundo.
Nohra Padilla levantó a punta de esfuerzo y liderazgo una de las asociaciones de recicladores más poderosas del mundo.

El próximo 18 de diciembre, las 6.300 toneladas de basura que producen a diario los bogotanos serán recogidas por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB). En bolsas transparentes se pondrá el material que puede ser reciclado (vidrio, cartón y plástico) y en bolsas negras, el que no lo es.

Un día antes, el 17 de diciembre, terminará el contrato que el Distrito tiene con los actuales operadores, situación que el alcalde Gustavo Petro aprovechó para darle un vuelco a este tema que Colombia tiene entre sus pendientes, pues está bastante atrasada con respecto a la región. Si lo logra, pasará a la historia. La decisión del alcalde mayor ha generado todo tipo de reacciones. Para algunos es monopolizar la recolección e impedir la libre competencia; para otros es un acto de justicia social con los recicladores.

Precisamente, él defiende su propuesta con ese argumento y con uno más: el modelo evitará un colapso ambiental. Se estima que en un año el relleno de Doña Juana llegará a su límite.  Según el director de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp), Henry Romero, el programa Bogotá Basura Cero incluye la apertura, en seis meses, de diez plantas de aprovechamiento de residuos verdes que el Distrito creará en asocio con los proyectos de agricultura urbana que existen en las 20 localidades. En ellos se convertirá en compost y abono natural el 60 % de los residuos de la ciudad, los cuales son orgánicos.

Estos, dice, al ser enterrados, son los que terminan produciendo los lixiviados que tanto daño hacen al planeta. “No hemos tenido el colapso ambiental gracias a los recicladores, que recuperan a diario 1.200 kilos de desechos que no van a parar al relleno sanitario y entran al circuito económico”, aseguró a los medios.

Los recicladores lo tienen claro. Desde 1986, cuando comenzaron a organizarse, han estudiado su oficio y el impacto que este tiene en el medio ambiente. Por eso saben que no cuentan con los recursos y las posibilidades para encargarse 100 % de la recolección y quieren hacerlo en asocio con la empresa privada y las entidades oficiales. Piden que los empresarios inviertan sus utilidades en tecnología de punta que convierta los desechos en materia prima y en investigaciones que determinen las implicaciones del enterramiento de la basura.

Adriana Ruiz-Restrepo, directora de la Fundación Civisol y quien ha sido asesora de los recicladores y líder de este tema, asegura que antes de tomar cualquier decisión, los gobiernos locales deben tener un plan jurídico para convertir a los recicladores en empresarios. Esto porque deben serlo para poder ser contratados.

La abogada pone a Cali como ejemplo de lo que no se debe hacer. Durante la alcaldía de Jorge Iván Ospina los convirtieron de la noche a la mañana en empresarios, y el modelo fracasó. Les dieron puestos de emergencia (como dicen los mismos recicladores) que solo funcionan por cortas temporadas. “No se puede hacer experimentación social, debe haber toda una planeación”, asegura.

SEMANA SOSTENIBLE conversó con recicladores de las dos ciudades para saber cómo es el mundo de los desechos y qué piensan sobre este tema y sobre el papel que pueden y deben tener en el sistema de recolección que en corto y mediano plazo cambiará el país.

La dama de hierro

Nohra Padilla levantó a punta de esfuerzo y liderazgo una de las organizaciones de recicladores más poderosas del planeta: la Asociación de Recicladores de Bogotá, que hoy dirige. Su lucha, que logró frenar la multimillonaria licitación de recolección de basuras de la administración Moreno, es hoy un ejemplo en el mundo.

Ella alcanzó esos méritos por estar toda su vida en el reciclaje. Aún recuerda como uno de los días más felices de su vida aquel en el que encontró una tortuga en la basura. Estaba pataleando boca arriba en el fondo de una caneca, en medio de una decena de cáscaras de fruta. En todos los años que llevaba ayudando a su mamá en este oficio nunca se había topado con algo semejante.

“Yo he vivido entre la basura desde que nací”, cuenta desde una de las bodegas de la asociación, en la que están afiliadas 18.000 personas dedicadas a este trabajo. Cuando se enteró de la propuesta del alcalde puso el grito en el cielo y dijo que no estaban preparados para tamaña misión, pero después de conversar con él vio la propuesta de otra manera. Eso sí tiene claro que en un principio se pueden seguir haciendo cargo del mismo 25 % de recolección de basura que han venido manipulando desde hace años, y solo si los apoyan pueden aspirar a recoger el 35 o 40 %, pero no más. El resto, como le entendió al alcalde Petro, lo puede asumir la EAAB con operadores privados o de manera directa.

La primera conquista de esta emprendedora no tuvo nada que ver con el reciclaje, pero la hizo entender que el éxito para cualquier cosa consiste en organizarse. Un principio que de cierta forma sabía por ser la sexta de doce hermanos. La distribución del trabajo de los Padilla podría haber sido admirada por un estudiante de un MBA. Organizaban cuadrillas de tres o cuatro hermanos, se repartían los barrios y se ponían horarios de 4 a 10 de la mañana para alcanzar a llegar al colegio. Después de esas jornadas de trabajo, los niños iban a estudiar a la iglesia del barrio Las Cruces, acondicionada como escuela debido a que no había planteles suficientes. Con el paso del tiempo, el sacerdote les comunicó a los alumnos que no podría seguir prestando la iglesia.

Desde ese momento, los estudiantes y sus papás tenían una cita imperdible: pararse con letreros y pancartas todos los viernes, a las 3 de la tarde, con el fin de que el Distrito les construyera un colegio. Esa rutina la mantuvieron durante tres años seguidos, hasta que finalmente lo lograron. Hoy el producto de la primera batalla de Nohra es el colegio Antonio José Uribe, ubicado en la carrera décima con segunda.
A pesar de esas experiencias, ella era feliz. Sentía que tenía todo, miles de cosas para hacer e incluso un caballo en casa, todo un lujo para un niño. Pero ese idilio de vida se acabó de tajo. Como salía a trabajar a la madrugada, solía ponerse dos o tres pantalones y sacos.

Un día que volvía con el material se encontró a sus amigas de curso y las saludó efusiva. Cuando llegó a clase, ya con el uniforme, una de esas amigas dijo inocentemente: “Profe, me encontré a Nohra esta mañana. Iba disfrazada de gamina”. Esa imagen la tiene viva en la memoria. “No me dio ni rabia ni tristeza. Ese día entendí mi realidad”, dice.

Igual le ocurrió cuando cumplió 13 años. Su padre, que había salido a hacer unos trabajos a Acerías Paz del Río, tuvo un accidente en una bomba de gasolina. Quedó herido por una explosión. Parte del combustible llegó a sus pulmones. Ella y sus hermanos dejaron de salir a buscar lo de la comida del día y se pusieron a trabajar hasta el cansancio para recoger lo que se necesitaba para mantenerlo con vida: un inhalador, una pastilla y la cuenta del hospital.

Cuando el señor falleció, meses después, las cosas en la casa se complicaron más. Nohra pasó a estudiar de 6 a 10 de la noche para trabajar todo el día y, a pesar de ello, era de las mejores. Sus buenas notas la hicieron ganarse un cupo para estudiar Ingeniera Forestal en la Universidad Distrital, privilegio que tuvo que abandonar porque le resultaba difícil reciclar y trabajar. “Si conseguía para la casa, no conseguía para el estudio”.

Por esa época la política de basuras de la ciudad vivió una de sus principales transformaciones. La administración del alcalde Jaime Castro decidió cerrar los botaderos y construir el relleno sanitario Doña Juana. “Muchos se sentían más seguros en los botaderos porque estaban solos. Les daba pena trabajar en la calle porque la gente los despreciaba”, cuenta. Nohra recordó su experiencia con la escuela y pensó que había llegado el momento de organizarse. Montaron una cooperativa y diseñaron un esquema de trabajo en equipo para distribuirse las rutas, el transporte y el trabajo de separación, que es como funcionan hoy.

Ahora,  cuando el reciclaje es uno de los puntos más álgidos del debate sobre el futuro de la ciudad, para esta mujer la asociación es la clave. Ella está segura de que el lugar que se han ganado los recicladores en los espacios de concertación se debe a que cuando el tema se volvió un asunto público, ellos ya estaban organizados. “Nos preparamos para el debate, nos preparamos para ganarlo”, sostiene.

Los empresarios de Cali

Se nota que han estudiado a profundidad su oficio. Saben, por ejemplo, que al recuperar una tonelada de cartón se evita la tala de diez árboles y se ahorran mil  litros de agua. “En Navarro no sabíamos eso, pero ahora para pelear nuestros derechos hemos aprendido todo sobre la labor ambiental que hacemos. Soy una convencida de que si mi organización sale adelante yo voy a salir adelante y mi familia va a salir adelante”, explica Gloria.

La mañana del 25 de junio de 2008, esta mujer y las cerca de 300 familias que vivían del basurero de Navarro, corregimiento al suroriente de Cali, llegaron al lugar muy temprano, como de costumbre, para empezar su jornada de trabajo. Pero para su asombro, el basurero había sido cerrado para siempre, dejándolos sin qué hacer.

 “Cuando se cerró Navarro todos nos fuimos a protestar, porque el 23 de junio había habido unos compromisos del municipio de que antes de cerrarse nos iban a emplear, nos iban a ubicar en la economía formal. Metimos una serie de tutelas por el derecho a la vida digna, porque nos estaban quitando nuestro único sustento. Se llegó a unos acuerdos y se adquirieron algunos compromisos. Desde ahí nos han tenido unos días sí y otros no, pero desde ese momento hemos estado en la lucha, creando una unidad de negocios de recicladores”, cuenta Gloria.

Cuatro años más tarde, tras una lucha incansable, lograron que la Corte Constitucional, con la sentencia T-291 de 2009, los reconociera como empresarios de la basura y le exigiera a la ciudad incluirlos en toda licitación de aseo público. Pero ese triunfo no les ha dado trabajo constante ni bien pago.
En el botadero un reciclador lograba obtener 50.000 pesos diarios. Hoy gana un salario mínimo. Sin embargo, ahora sabe manejar el dinero y ahorrar. La Fundación Carvajal capacitó a los recicladores en temas contables y administrativos. Gracias a ello, Gloria maneja los asuntos financieros y administrativos de la Asociación de Recicladores de Navarro.

“Tenía compañeros que no sabían leer ni escribir, y hoy, como yo, se han superado. El cierre de Navarro trajo cosas malas, pero también buenas. En Navarro no necesitábamos nada, todo nos lo daba el basurero. En la ciudad tuvimos que superarnos para encontrar otras alternativas de trabajo”.
Eso la entusiasma porque gracias a ello es el orgullo de su hija y tiene deseos de estudiar Contaduría Pública. Pero la situación no es nada fácil porque el municipio solo la emplea por temporadas. “Este año solo hemos tenido dos meses de trabajo, pero igual, hay que buscar alternativas. Yo sigo trabajando en la Asociación sin salario y me toca rebuscarme el trabajo los fines de semana”.

La suerte de Hipólito Murillo no es muy diferente. De pequeño sus padres lo sacaban de la cama en la madrugada para montarlo en la carreta. Su habilidad para correr era importantísima. “A los niños nos llevaban porque éramos los atletas del grupo. Corríamos más rápido detrás de un pedazo de cartón que detrás de cualquier cosa”.

Por cuenta del cierre del basurero de Navarro, hoy habla de flujo de caja, comportamientos de mercado y proyectos, como el que tiene con sus compañeros de demostrarle al Estado que ciertos materiales que ellos recogen, y que por tanto no son enterrados, le significan a la ciudad un importante efecto positivo en el medio ambiente. Por ejemplo, las botellas de jugo Hit contienen ciertos componentes químicos que impiden que puedan ser reciclados.  

Hispólito aprendió a leer y escribir cuando tenía 10 años, gracias a la dueña de la casa en la que vivía. Le cogió gusto al estudio y logró una beca en el Instituto Colombo-Venezolano Adventista de Medellín, donde cursó el bachillerato y aprendió artes gráficas. Regresó a Cali y, tras insistir sin mucho éxito en encontrar un trabajo, compró una carreta y se puso nuevamente a reciclar.

En 1986, convocado por la Cámara de Comercio de Cali, comenzó a organizarse con sus compañeros. La Cámara se hizo a un lado y ellos continuaron solos su proceso. Desde entonces, Hispólito forma parte de la junta directiva de la Asociación de Recicladores de la que es representante y vocero. También ayudó a crear la Red Latinoamericana de Recicladores.

Cuenta que el impulso lo han sabido canalizar los recicladores de Brasil, quienes además contaron con el apoyo del presidente Lula. Hoy espera que él y los suyos puedan seguir sus pasos, porque se están capacitando. “Antes teníamos la contabilidad en un libro que estaba en la casa de cualquiera. Hoy tenemos sistemas contables y cumplimos los requisitos de la Dian, aunque sean desbordantes los impuestos porque los pagamos sobre una materia prima por la que ya se han pagado”.

Su lucha actual es por lograr que el gobierno ponga las maquinarias y los insumos para que él y los otros recicladores puedan recoger, dividir y procesar los desechos. “Queremos procesos integrados para que podamos proteger el planeta, para que podamos mejorar las condiciones ambientales no solo de Cali, también de toda Colombia”.                                                              

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.