| 2013/02/22

Cuando el amor altera los sentidos

El amor no sólo enceguece. Según un grupo de científicos alemanes, es posible que, en la fase inicial del enamoramiento, las personas no perciban los sabores con la misma intensidad que antes de ser flechados por Cupido.

¿A quién le interesa si la comida le resulta insípida a los enamorados? A la industria de los alimentos, por ejemplo.
¿A quién le interesa si la comida le resulta insípida a los enamorados? A la industria de los alimentos, por ejemplo.
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DW

Se suele decir que si el cocinero le pone demasiada sal a la sopa es porque está enamorado. Algo de cierto tiene ese mito. Y es que el sentido del gusto parece atrofiarse cuando uno acaba de ser flechado por Cupido. La culpa de todo la tienen las hormonas, sustancias que están involucradas en casi todas las funciones corporales. Ellas regulan el metabolismo, el sistema inmunológico y la propensión al estrés, entre otros procesos físico-químicos. La sensación de estar enamorados no escapa a su influencia.

“Las hormonas juegan un papel protagónico en nuestras vidas. Todo lo que perciben nuestros sentidos y nuestra mente está condicionado por nuestras hormonas”, explica el investigador Carsten Harms, del Centro de Transferencia Tecnológica de Bremerhaven (TTZ). “Cuando atravesamos una situación excepcional, como la de estar enamorados, la producción de ciertas hormonas se intensifica y esta alteración puede afectar al sentido gusto”, agrega el científico, cuyo equipo constató ese cambio en un experimento con 46 personas.

La Escala del Amor Apasionado

En el estudio participaron sujetos descritos como “recién enamorados” y, como grupo de control, otros que tenían mucho tiempo viviendo solas o en pareja. Los elegidos tuvieron que aprobar un examen psicológico basado en la Prueba de la Escala del Amor Apasionado (Passionate Love Scale Test), desarrollado por Elaine Hatfield y Susan Spencer en 1986. Las personas dispuestas a tomar parte en el experimento debieron responder preguntas detalladas en torno a su vida amorosa y la intensidad de sus sentimientos.

Como muestra, un botón: “¿Con qué frecuencia piensa usted en el objeto de su afecto o con qué frecuencia lo extraña?”. Durante el estudio en cuestión, los participantes debieron olfatear, saborear y entregar muestras de saliva para que los investigadores del TTZ determinaran si había habido cambios notables en el cuerpo. Dos hormonas, la oxitocina y la testosterona, sirvieron como biomarcadores, es decir, como indicadores del estado biológico de los sujetos estudiados.

La “hormona de los mimosos”

La oxitocina, conocida como la “hormona de los mimosos”, nos vuelve cariñosos y ávidos de ternura. Los resultados apuntan a que los altos niveles de producción de esta hormona en las personas que atravesaban la primera fase del enamoramiento sí afectaban su sentido del gusto. Harms señala que ellos necesitan efectivamente más sal o azúcar en los alimentos para reconocer lo salado o lo dulce que las personas que tenían mucho tiempo viviendo en pareja. Estas últimas, a su vez, presentaban mayores concentraciones de oxitocina en la saliva que quienes no tienen pareja.

Los hombres suelen presentar una mayor concentración de testosterona que las mujeres; pero los sujetos bajo el influjo de la diosa Venus exhibieron niveles de testosterona similares: el de los hombres se redujo y el de las mujeres aumentó. Los niveles de testosterona más bajos fueron presentados por los hombres que llevaban mucho tiempo viviendo en pareja; el equipo de investigadores de Bremerhaven interpretan esa alteración hormonal como el indicio de que los sujetos en cuestión llevan una vida más tranquila y equilibrada.

El futuro: ¿alimentos para enamorados?

No obstante, Harms aclara que el sentido del gusto no sólo se ve afectado por las alteraciones hormonales que acompañan al proceso de enamoramiento. La alta producción de adrenalina o el estrés también pueden haber determinado los resultados obtenidos en este experimento. “Es necesario trabajar con otros biomarcadores porque las situaciones extremas no sólo afectan la producción de la oxitocina y la testosterona, sino a todo un coctel de hormonas”, comenta el científico. Este estudio es sólo el principio, acota Harms.

Pero, ¿a quién le interesa si la comida nos resulta insípida cuando estamos enamorados? A la industria de los alimentos, por ejemplo. Si se consideraran más hormonas y más sabores en los experimentos, el estudio del amor y sus efectos sobre nuestro sentido del gusto le permitiría a los empresarios del sector de los alimentos crear líneas de productos dirigidos tanto al corazón como a la panza. Barriga llena, corazón contento… y viceversa.




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