El reencuentro con Fernando Savater fue la oportunidad de compartir, por un momento lo que había sido la vida después de conocerse.

Cuando Fernando Savater se reunió de nuevo con los primeros niños que participaron en el ‘Hay Festivalito’ comunitario, no fue él quien les enseñó algo. Ellos le demostraron que leer puede cambiar el destino de una persona.

“¿Te acuerdas de que hace ocho años lo conocimos?”, pregunta Gregorio a su hermana Bleidis, mientras termina de arreglarse antes de salir a la calle. “Claro que me acuerdo. Pero ¿será que él se acuerda de nosotros?”, responde la joven. Esa pregunta no la podía responder Gregorio, porque solo Fernando Savater, el escritor y filósofo español, sabía si en su memoria había algún recuerdo de su visita en 2004 al barrio Nelson Mandela en Cartagena.

Cuando  Gregorio tenía 15 años, vio llegar a un hombre de grandes gafas y barba blanca. Vestía pantalón blanco y camisa azul, pero lo que más llamó su atención fue un piercing que tenía en la oreja. Era Savater, quién habiendo venido al ‘Hay Festival’, fue convencido por Gabriela Bucher, presidenta de la Fundación Plan, para que visitara una de las zonas más pobres de esta ciudad y fuera el primer escritor que participaba en el ‘Hay Festivalito’ comunitario.

‘Hay Festivalito’ Comunitario es un programa de actividades literarias dirigidas al público infantil y juvenil de las comunidades más vulnerables de Cartagena y hace parte del ‘Hay Festival’.
Los niños, niñas y jóvenes fueron reunidos en el colegio del barrio para recibir a una personalidad de la que todos hablaban. Savater llegó, se sentó y empezó a indagar si alguno sabía algo de sus libros. En las caras de esos niños había asombro, porque era real que él estaba a pocos centímetro de distancia .

“Allí sólo llegaba el polvo”, cuenta una de las colaboradoras de la fundación. El barrio Nelsón Mandela fue fundado hace 23 años por familias desplazadas que llegaron a la zona y empezaron a construir sus casas con o sin el permiso del gobierno. Esta situación unida a la corrupción, ha llevado a que hoy en día servicios públicos como alcantarillado, acueducto y luz eléctrica sean todavía un sueño para muchos de los que habitan allí.

El 25 de enero Gregorio recibió una llamada de Plan. “Conseguimos que Savater se reúna con ustedes otra vez. Vente de una pa’ el Santa Clara y acá se ven”, le dijo la mujer que le llamó. Ante semejante oportunidad, Gregorio y su hermana no dudaron ni un segundo en cambiarse y llegar al lugar. Mientras tanto, Heidin y Katrina, otras dos jóvenes cartageneras que habían estado en el primer encuentro buscaban un vestido apropiado para la ocasión.

Las puertas del hotel Santa Clara estaban abiertas de par en par, decenas de personas buscaban con sus miradas a Mario Vargas Llosa o Herta Müller, los huéspedes más reconocidos. A punto de cumplirse las 4.30 de la tarde, hora del encuentro, los jóvenes pasaron entre las personas, subieron al segundo y piso y allí lo vieron. “Aja, sí es él”, dijo una de ellas.

Algunos lo llamaron maestro y alguien don Fernando. Al final, Savater les dio la mano a todos y los invitó a sentarse junto a él, y Bucher en la sala que daba al oriente del jardín principal. Después de una breve introducción, para romper el hielo Gregorio dijo: “Ya no tiene el arete de la otra vez. A partir de ahí cada uno empezó a recordar cómo fue el día en que se vieron por primera vez y cómo había cambiado.
“Fue como meter los dedos en un enchufe, me energizó”, dijo Savater y añadió: “Yo recuerdo mucho esa visita al barrio Nelson Mandela. Guardó, aún con mucho cariño, los dibujos y escritos que me obsequiaron. Para mí fue muy estimulante esa visita hace ocho años; este reencuentro es muy emocionante porque los veo ya convertidos en mujeres y hombres de bien para la sociedad colombiana.

“Nosotras éramos muy pequeñas, pero esa experiencia fue increíble y nos marcó por siempre. Bueno, pero también le aportamos mucho a Fernando Savater, porque tuvo la oportunidad de conocernos”, dice Bleidis.
Estos cuatro jóvenes fueron líderes dentro de su barrio. No solo se involucraron en proyectos que apoyaban a los más pequeños a escribir e involucrarse en el mundo de las letras, sino que se vincularon en proyectos centrados en los adolescentes para impulsar  un cambio  al interior de las familias y la comuniadad.

“Gracias a ese encuentro con el maestro me enamoré de la lectura; yo leo cada año en promedio tres libros”, dice Gregorio. Sin embargo, él no fue el único que tuvo cambios en su vida después de la visita de Savater. Actualmente, dos de ellas estudian comunicación social, porque creen que desde los medios el impacto de sus ideas puede ‘sonar’ más duro.

Savater responde: “Muchas personas se quejan de que los niños no leen, que solo les gusta la televisión o los videojuegos. Es importante, a través de estos festivales, contagiar del vicio de la lectura a los niños, las niñas y los jóvenes. La cultura es como una semilla de cualquier planta que se siembra y demora en germinar, hay que tener paciencia.

Al igual que en el primer encuentro, el tiempo no fue suficiente. La literatura, el mundo de los valores de Savater, los recuerdos y la promesa de otro reencuentro fue lo que quedo de esa ocasión, en la que los cuatro jóvenes vieron al maestro a los ojos.

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