En 2011, de acuerdo con la Organización de Naciones Unidas (ONU),en Colombia habían 64.000 hectáreas de coca sembradas.

 Aquí cerca está el paraíso. Allá, entre la manigua, está el infierno. Aquí corren tranquilas las aguas diáfanas de Caño Cristales, sobre un lecho de cinco colores como si se tratara del arco iris derretido. Allá, detrás del espeso follaje están 242 soldados y policías secuestrados por las Farc. El cálido sol de junio del año 2001 ilumina la sucesión de rápidos, cascadas, correones y pocetas. Es un espectáculo sublime ver bajar aguas de este río desde la serranía de La Macarena, en el departamento del Meta. Allá los árboles son tan altos que las copas impiden que al menos un rayo de sol acaricie a los cautivos. Nunca una distancia tan corta mostraba dos países tan distintos.

“Es el mismo país”, me dijo un comandante guerrillero de las Farc que por aquel año solía venir con sus combatientes a bañarse. “La gente de la ciudad viene a tomarse fotos aquí y piensan que podrían venir más seguido si la guerrilla no existiera”, me aseguró. “Se equivocan porque aquí nacimos. Aquí siempre hemos estado.”, sentenció.

Me contó que no lo decía por alardear ante las centenares de cámaras que en ese momento llegaron a cubrir la liberación de los plagiados en el municipio de La Macarena, uno de los cinco que incluía la zona de 42.000 kilómetros cuadrados despejados por el gobierno de Andrés Pastrana en el intento de alcanzar un acuerdo de paz con los insurrectos sino que lo consideraba una verdad de a puño.

En sus palabras, lo resumía con brevedad. Tras el 9 de abril de 1948, cuando asesinaron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, muchos descamisados emprendieron el éxodo para evitar que los chulavitas –los paramilitares de la época– también los mataran. Atravesaron la cordillera Oriental, alcanzaron el Llano y a punta de machete abrieron trochas, ascendieron al lomo de La Macarena y desde allí empezaron a bajar para diseminarse por las selvas. Algunos decidieron apostarle a la revolución y así nacieron las guerrillas liberales, al mando de Guadalupe Salcedo. Este dirigente negoció la paz, entregó las armas pero también lo mataron. Los descendientes de estos guerrilleros entonces volvieron a alzarse en armas en esta ocasión al mando de Manuel Marulanda Vélez. Estos no estaban para poesías por lo que dejaron de contemplar a Caño Cristales y se internaron en la selva a través del río Guayabero.

De aquí volvieron a salir en aquel mes de junio de 2001 cuando los entrevisté. En ese momento se mostraban soberbios, poderosos, creían que la toma del poder estaba a la vuelta de la esquina. Unas 500 mujeres y otro número igual de hombres exhibían sus uniformes recién desempacados y sus armas bien lustradas. Estaba al mando de Jorge Briceño, el Mono Jojoy. Por aquel entonces se ufanaba y decía: “Aquí en la selva solo quedarán ratones, dantas, pavas y paujiles porque los guerrilleros vamos para la ciudad”. Y precisaba: “Siempre hemos pensado llegar a Bogotá y ahora estamos muy cerquita”. En medio de su euforia permitió a los periodistas una visita a las jaulas que él había hecho construir para mantener encerrados a los 242 soldados y policías.

Atrás quedaba el paraíso y se abrían las puertas del infierno. A través del follaje, iban apareciendo uno a uno los guerrilleros encargados de su vigilancia. Nadie hablaba pero se escuchaba el ruidoso bullicio de la selva. Ecos de pájaros, chillidos de animales, sonidos inéditos hasta que de pronto aparecieron los alambres de púas. Allí estaban pálidos y con la mirada perdida algunos de los hombres que llevaban hasta diez años de cautiverio. Algunos estaban cogidos de la mano de su pareja, otro cautivo. El único afecto que allí se encontraba era entre ellos mismos porque los guerrilleros tenían prohibido hasta saludarlos. Otros, por su parte, se abrazaban de algún animal exótico. Algunos estaban rapados.

Unos más tenían el pelo casi hasta la cintura. La ropa estaba raída, hecha jirones. Al vernos, callaron. Nadie se atrevía a hacer una pregunta. Un halo de profunda tristeza lo embargaba todo. Hasta que un secuestrado vio a un camarógrafo con una camiseta del Atlético Nacional y le gritó: “Oíste yo también soy del verde”. Esas palabras rompieron de tajo el silencio. Hubo aplausos. Algarabía. Algunos periodistas lloraron. “Esto no puede ser”, exclamó alguien. “¿Cómo pueden mantener en estas condiciones a un ser humano?, preguntó. En respuesta Germán Briceño Suárez, Grannobles, hermano del Mono Jojoy dijo: “¿Se dan cuenta? Están bien. Y los vamos a devolver como símbolo de paz”.

A aquel acto asistió en pleno el Secretariado de las Farc. Marulanda Vélez, Raúl Reyes, Alfonso Cano, era el principio de lo que ellos creían sería el canje y la exhibición de fuerza y de dominio territorial más cercana a la capital. Para ellos, La Macarena era la puerta de entrada al corazón del país. Luego de los actos algunos se devolvieron hacia San Vicente del Caguán en sus camionetas que habían robado en las ciudades los jaladores de carros que en ese momento ganaron millones atravesando esta olvidada geografía con todo terreno y cuatro por cuatros.

Los jefes de las Farc se fueron a través de una vía polvorienta que ellos habían hecho con buldóceres y maquinaria también hurtada. Por aquel entonces este era su santuario. Otros se internaron por las aguas anchas del río Guayabero, la más grande autopista fluvial de esta zona. Por sus aguas, por ejemplo, se iba hasta El Borugo. La historia dice que en este punto Jojoy y sus hombres instalaron el campamento madre del poderoso bloque Oriental, es decir el verdadero musculo militar de las Farc, construyeron las jaulas para los secuestrados y habilitaron un amplio campo de entrenamiento que horrorizaron al país. “Se podría decir que durante los tres años de despeje, el 70 por ciento de los guerrilleros de las Farc pasamos por ahí para hacer curso y rentrenarnos” dijo en un testimonio periodístico una guerrillera desmovilizada. Los diálogos de paz se rompieron en febrero de 2002 y volvieron los tiros y las bombas.

Entonces hasta aquí, hasta esta esplendida serranía de La Macarena, descrita por los científicos como “aislada, extraña e inquietante”, de “riqueza natural excepcional”, que da la espalda a los Andes y mira hacia la Amazonia llegaron los soldados de Colombia con la misión de quedarse para siempre. En esta década de batallas, centenares de ellos entregaron su vida o fueron mutilados en su propósito de devolverle este estratégico punto geográfico al estado colombiano. En las filas del Ejército hay satisfacción porque sienten –y así lo demuestran todas las cifras- que la victoria está cerca, que el enemigo está debilitado y jamás volverá a tener ese poder de años atrás. En compensación ahora ven la llegada de más turistas. Hombres de negocios que miran sorprendidos la exuberancia del paisaje. A pesar de los esfuerzos, el acceso sigue siendo extremadamente difícil.

En efecto, la comunicación terrestre entre La Macarena y la capital del departamento, Villavicencio, es una simple quimera. Es más fácil salir de Villavicencio, llegar a Bogotá, bajar a Neiva, ir hasta San Vicente del Caguán y de allí alcanzar La Macarena. Esta imposibilidad hace que los muchachos carezcan de alternativas reales para educarse. De 65 jóvenes que se gradúan de bachillerato, solo uno llega a la Universidad. Los demás quedan a la deriva.

En este escenario, los actores armados ilegales se mueven como pez en el agua. Es frecuente, por ejemplo, que desde los nueve años los estudiantes sean buscados e internados en los cultivos de coca para que sirvan de raspachines en vacaciones o en Semana Santa. Los niños reciben 10 mil pesos diarios y se ven satisfechos con una ayuda para la casa. A medida que van creciendo, les asignan tareas de mayor responsabilidad como el cuidado de los campamentos. Les dan armas de las cuales es difícil que luego se desprendan. De esta manera, cuando crecen y sin haberse dado cuenta ya pertenecen a la guerrilla.

En particular a la guerrilla de las Farc que en esta zona de influencia –departamentos de Caquetá, Meta y Guaviare- aglutina al 45 por ciento de militantes que tiene en el país. Eso lo sabe bien la Fuerza de Despliegue Rápido, Fudra, que hace parte de la Fuerza de Tarea Omega, la estructura militar que acosa día y noche a la subversión. Pese a sus éxitos, hay un desequilibrio enorme entre el aporte de los militares y la ausencia casi total de otras entidades del Estado. Así mientras, es evidente la confianza reinante ahora entre la población civil y los militares, en otros indicadores de desarrollo son pueblos que parecen detenidos en el tiempo. Además de la presencia de la fuerza pública, ¿qué más hacer? “Vías, vías, vías”, claman los pobladores. Para sacar sus productos, para tener acceso a artículos tan elementales como una pastilla para un dolor de cabeza.

Ángela María Londoño, directora del programa Presidentes de Empresa de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, que desde hace cuatro años lleva empresarios a la zona para mostrarles la realidad del país y así entiendan los retos y desafíos que tenemos como nación y el papel determinante que ellos juegan en esta ecuación, explica que la construcción de las vías sería de enorme trascendencia para la consolidación de las fuerzas armadas.

 “Permitirían y facilitarían la presencia permanente de la Fuerza Pública en zonas de asentamiento de grupos armados ilegales y con ella, una más ágil y económica movilidad para ejercer su responsabilidad en la defensa y el control territorial; a la ilegalidad le conviene la inaccesibilidad”. En conclusión, se hace camino al andar. Para que el infierno quede en el olvido y las nuevas generaciones disfruten serenas este paraíso.

                                                            

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