148 personas viven el proyecto y esperan llevar lo mejor de él a sus regiones.

Son las 5:20 de la mañana, el sol salió tímidamente y, gracias a eso, el clima está fresco. De un lado y
otro terminan de llegar los estudiantes calzados con sus botas pantaneras para dirigirse a los cultivos. En el grupo están Sebastián Padilla y Octavio Vargas. El primero es de Tauramena, Casanare. Dos años después de que los grupos paramilitares ACC y AUC se disputaron a sangre  fuego su pueblo, se graduó de bachiller.

Tanto en la escuela rural como en el colegio de su vereda, Piñalito, a dos horas de Tauramena, le habían
inculcado el amor por el campo y la necesidad de trabajarlo, pero no tenía cómo hacerlo. La violencia que azotó la región dejó pocas ganas de cultivar y las petroleras atrajeron con sus salarios a unos cuantos campesinos.

Sebastián se negaba a doblegarse al ‘ventiochazo’ de las petroleras, como llaman sus coterráneos a la posibilidad de trabajar 28 días y ganar dos millones de pesos. “Uno es un número en una lista. Esa plata le tiene que alcanzar seis o siete meses hasta que lo vuelven a llamar, cuando pasan todos los otros números”, explica.

Durante un año trabajó en cultivos de arroz ganando poco mientras seguía pensando cómo llegar a la
universidad para ser ingeniero agrónomo o administrador de empresas agropecuarias. El segundo muchacho, Octavio, es de la zona rural de Tame, Arauca. Estaba en una situación similar a la de Sebastián cuando apareció Utopía en su vida. El bachillerato se lo pagó amansando ganado cebú para que su patrón obtuviera buena plata en concursos de exposición. Siempre pensaba en cómo estudiar Veterinaria o Agronomía. “Cuando me gradué, me dijo que lo ayudara un año y que después de ese tiempo me pagaba la Veterinaria, pero me puse a pensar que al ver plata, después no estudiaba nada.

Yo no quería seguir siendo jornalero y me fui para el pueblo”. Llegó a trabajar a una vidriera después de que dejó su casa para que disminuyeran los gastos; la familia, con nueve hijos y las pocas finanzas
que resultaban de haber abandonado la finca por la situación de orden público, no daba abasto. A los dos jóvenes, una persona que sabía de las ganas que tenían de estudiar les contó que estaban haciendo una especie de audición para un proyecto llamado Utopía. “Me dijeron que la Universidad de La Salle iba a abrir un programa en El Yopal para preparar ingenieros agrónomos de alto nivel que se devolvieran a sus
regiones a liderar proyectos productivos. Tenían que vivir cuatro años juntos para aprender con la práctica. Uno, que es desconfiado y tiene la malicia, piensa que de eso tan bueno no dan tanto, pero sí es así”, recuerda entre risas Octavio.

Un 'reality' que busca estudiantes

Hace 30 años el hermano Carlos Gómez, hoy rector de La Salle, pensó en una propuesta educativa estructurada a la medida de quienes están en la “Colombia profunda”, como él llama a esa parte del país que está lejos, en medio del conflicto, donde no hay infraestructura ni oportunidades. Retomó la idea cuando lo enviaron a un colegio en San Vicente del Caguán, durante la época de la zona de distensión,
y una vez más cuando la universidad pensó en abrir el programa para ingenieros agrónomos.

El 22 de mayo de 2010, dos años después de que el Consejo Superior dio su bendición a dicho programa y el Ministerio de Educación lo aprobó, su propuesta se materializó. Un total de 64 jóvenes de municipios golpeados por el conflicto llegaron al Campus Universitario Utopía, en la hacienda de San José de Matepantano, a 13 kilómetros de la zona urbana de El Yopal, Casanare.

La propuesta es tan novedosa que la universidad busca a los estudiantes. Como si fueran Marc Anthony
y Jennifer López ‘pescando’ jóvenes talentosos, el coordinador del programa y otros profesionales recorren
durante seis meses los sitios señalados como riesgosos por la situación de orden público. Obispos, párrocos, rectores, profesores, líderes comunales y emisoras locales ayudan en la convocatoria.

Después de ofrecerles sangre, sudor y lágrimas, y de verificar su vocación por el campo y la capacidad
para soportar cuatro años de intenso estudio lejos de sus casas, seleccionan a 64 muchachos para cursar toda la carrera. El alojamiento, la alimentación y la formación de cada uno cuestan 79 millones de pesos, de los cuales 72 son subsidiados por la universidad con ayuda del sector productivo, cooperación internacional y ONG, y los seis millones restantes los pone el joven en cuotas cada cuatrimestre (son 12 en total) con préstamos del Icetex.

Sebastián y Octavio son del primer grupo (cohorte) que ingresó a Utopía. Hoy están juntos en la línea de producción fruticultura, el área que seleccionaron para especializarse y montar el proyecto que desarrollarán en sus respectivos municipios. El joven de Tauramena ha hecho los cálculos de que con dos hectáreas de cultivos de maracuyá dará trabajo constante y bien pago a sus vecinos, varios de los cuales serán mujeres cabezas de familia porque tienen menos oportunidades laborales. Octavio quiere abrirle en su región mercado a la piña y darles asistencia técnica a los habitantes.

Ya lo ha hecho durante las vacaciones, cuando ha aprovechado para hablar en la Gobernación y la Alcaldía sobre su proyecto, con el fin de conseguir ayuda.Precisamente esta parte de la metodología de Utopía es la que tiene inquietas a las directivas de la universidad. No niegan que les genera un poco de angustia pensar en que los estudiantes deben contar con ‘ángeles inversionistas’, créditos blandos y el respaldo de su comunidad para tener éxito en sus proyectos productivos.

El otro gran desafío de las directivas es convencer a más empresarios de que las apoyen financieramente.
Hoy, 148 hombres y mujeres de Tolima, Chocó, Cundinamarca, Antioquia y Caquetá, entre otros, viven allí
las 24 horas del día, los siete días de la semana. Un total de 44 han abandonado los estudios por bajos promedios académicos, enfermedades o faltas al reglamento. Como dicen algunos estudiantes
que se mantienen, este es el único reclutamiento que respaldan en sus zonas.

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