Rara vez asociamos a las ciudades de los países desarrollados con el cambio climático. Y cuando lo hacemos, es partiendo de la premisa de que son las causantes del calentamiento global.
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DW


Islas que se hunden, glaciares que se derriten, regiones costeras que se inundan o suelos que se secan son la evidencia de que el cambio climático ha llegado a los países emergentes y en vías de desarrollo.

Sin embargo, rara vez asociamos a las ciudades de los países desarrollados con el cambio climático. Y cuando lo hacemos, es partiendo de la premisa de que son las causantes del calentamiento global. Las ciudades consumen dos tercios de la energía en el mundo; son responsables del 60 por ciento del consumo de agua y del 70 por ciento de la emisión de gases que causan el efecto invernadero.

Sin embargo, los habitantes de las ciudades se ven también severamente afectados por el calentamiento global. “Las ciudades densamente urbanizadas se calientan muy rápido, ya que producen un calor residual proveniente de las viviendas y las plantas industriales que, a su vez, se suma al calor solar. Esto produce en el ser humano gran estrés por el calor. Muchas personas duermen mal si la temperatura alcanza más de 20 grados por la noche” sostiene Heike Schlünzen, catedrática del Instituto de Meteorología del KlimaCampus en Hamburgo.

 Hamburgo: todo un laboratorio

Heike Schlünzen y su equipo han hecho de la ciudad de Hamburgo un centro de investigación climática. Han colocado estaciones de medición en diferentes partes de la ciudad que monitorean la temperatura del aire, registran permanentemente la humedad, las precipitaciones, el viento y el contenido de agua del suelo, así como su temperatura. Las estaciones, colocadas en diversos puntos de la ciudad, transmiten estos datos climáticos periódicamentea una base de datos central del KlimaCampus. El objetivo es determinar cómo el nivel de las aguas subterráneas y las características del suelo afectan la evaporación del agua, el enfriamiento y el clima urbano local en general. Los modelos resultantes son lo suficientemente precisos como para comprobar el efecto de los edificios, los parques e incluso grupos de árboles en el clima urbano.

Cambio de perspectiva

Para el meteorólogo Andreas Matzarakis, del Instituto de Ciencias Forestales y Ambientales de la Universidad de Friburgo, conocer los valores de medición y las bases estadísticas de la ciudad de Hamburgo no es suficiente. Lo importante es determinar cómo el clima afecta al ser humano. La meteorología médica es la rama que se encarga de estudiar estos efectos.
 Andreas Matzarakis sostiene “en lugar de concentrarnos únicamente en la recolección de datos, debemos considerar al ser humano como un sistema que está en constante intercambio con su entorno. La temperatura y la humedad son difíciles de modificar, y afectan mucho menos al bienestar y la calidad de vida de una persona de lo que se cree” añadió. Pero una brisa fresca en el rostro de una persona o la sombra de un árbol sí influyen en la calidad de vida, sostiene Matzarakis.

En Friburgo, una de las ciudades más cálidas de Alemania, los expertos asesoraron al equipo en el rediseño de un lugar donde antes se encontraba una antigua sinagoga rodeada de césped y de árboles. Inicialmente, el nuevo diseño planteaba colocar terrazas de piedra en vez del césped. Andreas Matzarakis y su equipo advirtieron de que las terrazas se calentarían demasiado, porque la piedra conserva el calor, y esto resultaría insoportable para las personas.

Investigar a nivel local y actuar a nivel global

Independientemente de que el enfoque de la investigación del clima sean los datos o el efecto del mismo en el ser humano, lo importante es que la información confluya y se comparta, sostiene Lydia Dümenil Gates, coordinadora de un proyecto piloto para la creación de redes de instituciones de investigación sobre el clima urbano. A pesar de que existen esfuerzos como el del “Joint Programming Initiative” - JPI (“Iniciativa de Programación Conjunta“),una plataforma que apunta a concentrar la información climática de toda Europa, todavía no se puede hablar de un intercambio de experiencias y soluciones para las ciudades en el marco del cambio climático. Las universidades no incentivan la cooperación, ni los políticos se preocupan por fomentarla. Sin la cooperación y el apoyo mutuo, los desafíos para frenar el cambio climático tanto en las zonas rurales de los países de economías emergentes como en las megaciudades todavía se encuentran en un futuro muy lejano, concluye.                                                            

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