Milena Pedroza, una indígena embera nacida hace 25 años en el municipio chocoano de Bajo Baudó, es una de las más de 8,3 millones de víctimas que ha dejado el conflicto armado en Colombia.

En 2005, cuando apenas tenía 12 años, una toma paramilitar obligó a los más de 50 miembros de su comunidad, llamada La Unión, a abandonar sus tierras sin más equipaje que sus conocimientos ancestrales.

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Decidieron irse a Bahía Solano, un municipio ubicado en el noroccidente del departamento que es conocido en Colombia por la llegada de cientos de ballenas jorobadas en el mes de agosto; pero también porque allí se pueden encontrar delfines y aves, practicar la pesca deportiva y comprobar la riqueza inaudita de la Ensenada de Utría con sus caminos selváticos, playas, cascadas, ríos, quebradas y manglares.

“Desde que llegamos no hemos tenido un sitio fijo. Andamos como animales de aquí para allá. Cuando nos ubican en algún terreno, aparecen los dueños y nos sacan. Ya estamos cansados de eso”, asegura Milena, hoy madre de dos niños.

Hace cinco años, la Alcaldía del municipio los ubicó en un terreno ubicado a seis kilómetros del casco urbano, a 10 minutos en carro, en donde han construido cerca de 15 chozas en donde duermen en hamacas y colchones, pelan plátanos y cocinan en leña. También levantaron una pequeña escuela para los niños, quienes corretean descalzos durante todo el día persiguiendo a un mono araña que les sirve como mascota.

Sin embargo, el hogar actual de Milena y de los cerca de 70 indígenas que ya suma la comunidad tiene un vecino incómodo: un botadero a cielo abierto que se ha convertido en un foco de proliferación de enfermedades y contaminación.

“Nuestra comunidad está a solo 100 metros del botadero, un sitio a donde todos los días llegan volquetas repletas de la basura que se genera en el casco urbano y en el corregimiento del Valle. Vivimos entre moscas, gallinazos, ratas y olores insoportables. Los niños están enfermos, llenos de brotes y granos, con constantes diarreas y vómitos”, denuncia Milena, quien funge como gobernadora de la tribu.

Según esta mujer, además de convivir con las plagas y soportar los penetrantes olores, los lixiviados generados por la basura descargan directamente en la quebrada Jeya, un cuerpo de agua del cual se surte la comunidad para sus actividades diarias y que luego desemboca en el océano Pacífico.

Nos toca coger el agua de la quebrada para cocinar, bañarnos y lavar las ollas y la ropa. Sabemos que está contaminada y que nos está enfermando, pero no contamos con otra opción, ya que no tenemos servicio de acueducto. Estamos en medio de la podredumbre”.

El rostro de Milena se entristece al contar los casos de enfermedades que han padecido por culpa de la cercanía del basurero. “Los niños de la comunidad están flacos, desnutridos, con las barrigas hinchadas por los parásitos, y la piel y las cabezas llenas de granos por los excrementos de las moscas. Mi madre está muy enferma, ya casi no come. Hace poco uno de los pequeños murió de leucemia, derivada por tomar el agua de la quebrada contaminada con los lixiviados del botadero”.

Elio Conde, otro de los indígenas desplazados de la comunidad, es padre de uno de los niños más afectados por la proliferación de basura. “En 2015, a los pocos meses de nacido, me tocó llevarlo a Quibdó para ver qué le pasaba. Los médicos me dijeron que tenía una bacteria en la cabeza, producto de la contaminación. Lo operaron y le metieron una válvula para sacársela. Pero no funcionó, porque el niño perdió la movilidad, quedó incapacitado y no camina. Tengo que llevarlo a controles, pero no cuento con los recursos para hacer el viaje hasta la capital”.

Luis Fernando Papeleto, un joven de 19 años, ha vivido su adolescencia en medio de los vómitos y las diarreas. “Desde que llegamos acá, hace cinco años, me he enfermado constantemente por las moscas y las ratas que vienen todos los días desde el botadero y por las aguas ya contaminadas de la quebrada. Me han salido granos y me la paso con fiebre y diarrea. Ojalá quitaran toda esa basura o nos ubicaran en un sitio mejor”.

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Por su parte, Jairo Villamar, de 33 años, relata que comer es una actividad casi que imposible de realizar por causa de los insectos. “Acá comemos y soplamos moscas. Cuando llueve el mosquitero es insoportable, al igual que todos los vertimientos que empiezan a salir desde el botadero hasta nuestras casas, líquidos que han contaminado todo el suelo y los pocos cultivos que tenemos”.

Los 70 habitantes de esta comunidad se sienten maniatados con la problemática. “No tenemos para donde irnos, por lo cual estamos obligados a quedarnos acá. Por eso le pedimos al Gobierno Nacional que haga algo para mover ese botadero, que se pongan la mano en el corazón y comprendan que los indígenas sentimos el mismo dolor que todos. Tratamos de sobrevivir en medio de la basura”, enfatiza Milena.

Una luz de esperanza

Hace un año, Harley Liliana Ortiz, Alcaldesa de Bahía Solano, declaró la emergencia sanitaria por el colapso del botadero a cielo abierto, el único sitio con el que cuenta el municipio para disponer las 240 toneladas de basura que se generan en promedio cada mes en el casco urbano.

“Las afectaciones a la salud de nuestros habitantes y los impactos negativos en los ecosistemas son pruebas suficientes que demuestran que el botadero ya colapsó. Necesitamos de forma inmediata una planta de aprovechamiento de residuos sólidos, razón por la cual hemos tocado varias puertas para crear alianzas y conseguir recursos para su construcción”, dice Ortiz.

Dicha planta tiene un costo estimado de $2.500 millones, un monto con el que no cuenta el municipio: al mes solo le ingresan por parte del Gobierno cerca de $33 millones, un capital que es invertido en su mayoría para el saneamiento básico.

Ekoplanet, una corporación que lleva más de 15 años trabajando en temas relacionados con el aprovechamiento y disposición de residuos, fue la única organización que atendió el grito de auxilio de la Alcaldesa.

“Como el municipio no cuenta con los recursos suficientes para montar una planta de aprovechamiento, decidimos crear la campaña Ekonectados con Bahía Solano, que cuenta con el apoyo de la Armada Nacional y que pretende reunir fondos de diversos sectores, tanto nacionales como extranjeros, para poner fin a la problemática y evitar que la población y los recursos naturales sigan viéndose afectados”, cuenta Jorge Eliecer Luna, Presidente de Ekoplanet.

La campaña tiene como meta recaudar $5.000 millones, dinero que sería destinado en la intervención ambiental y el tratamiento de las basuras del botadero a cielo abierto, la construcción de la planta de aprovechamiento de residuos, y la sensibilización a la ciudadanía del municipio.

“Primero es necesario hacer una biorremediación en la zona afectada por las basuras. De nada serviría montar una planta que va a solucionar el futuro si nos quedamos con el pasado que va a seguir generando problemas. También es necesario sensibilizar a la comunidad sobre la responsabilidad que tiene en el manejo adecuado de los residuos, y no solo a nivel nacional. A las playas de Bahía Solano llegan botellas y plásticos de otros países que son arrastrados por las corrientes oceánicas”, explica Luna.

Ekoplanet y la Alcaldía han intentado hacer acercamientos con las diversas entidades del Gobierno Nacional para que se involucren con la campaña. “Lamentablemente, el llamado que le hemos hecho a los ministros y a los directores de los entes descentralizados no ha tenido ninguna respuesta”, afirma.

“Mi grito de auxilio es para que nos ayuden con inversionistas que puedan aportar a esta campaña y que el Gobierno Nacional y el sector privado se vinculen. Esperamos que Bahía Solano tenga una respuesta positiva e inmediata para mitigar la problemática que hoy nos aqueja, y que a su vez tiene en riesgo al turismo, la principal actividad económica en la región”, dice Ortiz.

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Mientras se consiguen los recursos, el botadero a cielo abierto sigue recibiendo toda clase de residuos sólidos, los cuales son recolectados a diario por una volqueta que recoge las bolsas de basura que los habitantes del casco urbano disponen en las calles.

Entre tanto, los niños embera de la comunidad de La Unión siguen bajo el acecho de las moscas, plagas y enfermedades, las cuales poco a poco van borrando su sonrisa. “Queremos que Bahía Solano sea el municipio más limpio de Colombia, pero con el botadero activo y sin la planta de aprovechamiento será imposible lograrlo. Invitamos a toda la sociedad a que se una a la campaña, ingresando a la página www.ekoplanet.co, y así podamos salvar a la ensenada natural más hermosa de Colombia, la cual fue visitada el año pasado por cerca de 7.000 turistas extranjeros de 34 países”, concluye la alcaldesa.