Comunidad La Magdalena en Esmeraldas (Ecuador). (Fotos: cortesía caemba.com)

Por: Andrés Piñeros / periodista independiente

En la época de los dinosaurios, el bambú era una especie de pasto gigante. Esta gramínea, que tiene un rápido crecimiento, sirve ahora como material de construcción para albergues, casas y diferentes lugares de habitación. En Colombia este material forma pequeños bosques que son característicos de la zona cafetera, que han servido para que el arquitecto Simón Vélez realice hermosas obras en nuestro país y alrededor del mundo.

Sin embargo, es en Ecuador, luego del terremoto ocurrido en la zona de Esmeraldas en abril del 2016, que un grupo de creativos quiteños, decidieron dejar de lado sus importantes empresas para dedicarse a ayudar a las personas que habían caído en desgracia.

A partir de una finca, de propiedad de la familia Pallares, comenzó una empresa de construcción, un negocio que, más allá de ser lucrativo, buscó ayudar a quienes lo perdieron prácticamente todo, a causa del movimiento telúrico. Los habitantes de esta zona costera ecuatoriana quedaron, de un momento para otro, sin casas, sin escuelas, sin hospitales, es decir en la calle.

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Como esos ángeles que caen del cielo, Cristina Latorre y Manuel Pallares, encontraron que la solución a este desastre natural estaba en la construcción de casas y edificaciones que fueran de fácil y rápida elaboración; de construcción sencilla y resistente a probables réplicas.

Además de eso, el bambú o también conocido como guadua, resultó un material económico y de fácil transporte. A lo que se sumó una serie de creativos diseños y el uso de otros materiales que convirtieron esta naciente empresa en una pujante actividad, donde la ganancia no ha sido en dinero sino en la alegría de ver que un ser humano, que una comunidad, logre salir adelante, superando una incalculable tragedia.  

Esta familia de origen ecuatoriano encontró en la industria del bambú una forma de retribuir lo que esa sociedad le había brindado. “Claro que he pensado en ir a ayudar a Colombia”, dice Cristina Latorre, quien ha dedicado parte de su vida a la meditación yogui, y quien en estos pocos meses ha encontrado el valor del bambú, no solo para reconstruir las viviendas de sus coterráneos sino para darles una nueva esperanza de vida.

“En el momento no tenemos donaciones, pero si el gobierno colombiano nos quiere contratar podríamos ayudar”, precisa esta mujer que se ha convertido en una importante empresa de un material que hacía parte de su finca, pero el que hasta ahora no tenía un especial valor. También están buscando una conexión para trabajar con el gobierno peruano para colaborar con la tragedia, producto de la inundación que trajo el llamado fenómeno de El Niño. “Quisiéramos ver la posibilidad de trabajar con la organización World Vision, con quienes hicimos trabajos en Esmeraldas, donde construimos 33 casas y estamos por construir 13 más”.

Ya que la materia prima de la finca está prácticamente acabada, han localizado otros tres terrenos, donde hay bastante bambú gigante. “Acabamos de localizar tres fincas cerca a nuestra hacienda, donde tenemos como 6.000 matas de bambú, lo que da para un montón de casas”.

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Por eso Cristina considera que “la labor en Ecuador va de largo”. Precisando que tienen un contrato para construir mil casas, partiendo de una licitación donde proponen viviendas más baratas que cualquier otro sistema de construcción.

“Manuel fue el creador de esta idea”, recuerda su esposa, quien el día del terremoto se reunió con Antonio Bermeo, administrador del hotel en Esmeraldas, propiedad de la familia Pallares Latorre. “Como era de noche no nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia”, dice la mujer convertida en empresaria de la construcción.

La estrategia de Manuel Pallares para movilizar las largas varas de bambú se centró en las medidas del camión, que era de seis metros de largo y que se acogía a la ley que permite que el material salga tan solo 2,50 metros. Fuera de la caja del vehículo, lo que determinó que la casa fuera de siete metros fue que era necesario dejar espacio para el polisombra, es decir el plástico que protegería la estructura de bambú, “teniendo una altura hasta de tres metros, se añadió un plástico reflectivo, que era blanco por fuera y negro por dentro, lo que permitía reflejar el sol”.

Más allá del tema puramente reconstructivo, se dio el tema emocional, “era importante sacar a esta gente de su lugar de luto, generarles esperanza y entregarles este espacio íntimo de su sistema familiar”, dice Cristina, quien entiende que la realidad tiene un componente afectivo de gran valor. 

Otra situación, que fueron descubriendo, fue que estas mismas estructuras podrían servir para casas permanentes, “lo que hicimos fue adicionar unos latones, para con el tiempo añadir bambú picado o madera a las paredes, e ir cerrando y haciendo su casa, para luego ajustar el techo y convertirlas en casas permanentes.

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