World Bicycle Relief ha donado más de 200.000 bicicletas en diez años. La compañía distribuye en Angola, Botswana y Malawi y exportan a otros países vecinos.

Ethel aparenta tres o cuatro años más de los que realmente tiene. A sus 15 años, sus 1,75 metros de estatura, su mirada penetrante y sus manos gruesas, marcadas por el trabajo duro de cortar y cargar leña o de llevar el agua del pozo a su casa, que está a casi medio kilómetro, todavía hay una niña que aún juega con sus hermanos a patear una pelota o a ser grandes empresarios.

En su natal Zambia, muchos dirán que desde hace por lo menos dos años está lista para casarse y comenzar su propia familia, pero ella tiene otros planes. Le gusta la ciencia y quiere ser enfermera, una aspiración que en gran parte de América, Europa o Asia está al alcance de la mano, pero no para Ethel, quien vive en una zona rural escondida de África, con precarias o nulas vías de acceso y aislada del resto del mundo. Incluso ir a la escuela para terminar los años que le faltan de la secundaria, ya es complicado. (Vea: Las 10 mejores ciudades del mundo para andar en bicicleta)

Hasta el año pasado, ella caminaba dos horas todos los días para recibir clases de química, física o historia. “Todos los días llegaba tarde a las clases. Y como llegaba tan cansada, me dormía mientras el profesor nos explicaba un tema en el tablero. De vuelta a mi casa no era diferente, tardaba otras dos horas. Me cansaba mucho y, como era tarde, el camino era más inseguro”.

Casos como el de Ethel abundan en África. Los niños se ven obligados a abandonar los estudios por las enormes distancias que hay entre sus casas y las escuelas, así como por la ausencia de medios de transporte que las acorte. Pero la problemática va mucho más allá. Como un efecto dominó, ese aislamiento hace que la deserción escolar, unida a las fuertes costumbres, los lleve a casarse y a tener hijos muy jóvenes. Esa salida también es la forma en que sus padres transfieren la responsabilidad económica de su manutención a un esposo o esposa. (Vea: “El uso de la bicicleta trae beneficios económicos”)

Desafortunadamente esa nueva familia tampoco cuenta con los recursos para garantizar condiciones de vida aceptables, pues debido a la precaria formación no pueden acceder a trabajos formales, no reciben ningún tipo de cobertura en salud –lo que explica las enfermedades virales y epidémicas-, y no tienen acceso a programas de planificación familiar. Así, los hijos vienen uno tras otro sin ningún control, así como las enfermedades de transmisión sexual, que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) pueden afectar a por lo menos una persona por familia.

Una oportunidad

De esa realidad se dio cuenta Frederick Día KW a mediados de la década pasada. Este alto ejecutivo de Sram Corporation, una de las compañías de piezas y repuestos de bicicletas más grandes de Estados Unidos, visitó por entonces -y junto a su esposa-, algunas regiones apartadas de Zimbabue donde la historia de Ethel se repetía en cada niño y joven que entraba a un salón de clase. Cuando regresó a su país decidió promover una solución: conseguir que la gente donara bicicletas usadas y ellos se encargarían de hacerlas llegar a estudiantes en África.

Pronto se dio cuenta de que la idea en el papel era mejor que en la práctica. “Las condiciones geográficas y económicas de Estados Unidos y de África son muy distintas –cuenta-, así que una bicicleta enviada a Zimbabue, Suráfrica o Zambia podía durar un par de días”. (Vea: Ciclovías y pasos peatonales subterráneos para mejorar la movilidad)

Su estrategia entonces tuvo que cambiar. Para hacerla realidad creó en 2005 World Bicycle Relief (WBR), una fundación internacional con la que empezaron a trabajar, en el terreno y con talleres en África, en el diseño y desarrollo de una bicicleta que respondiera específicamente a las exigencias del día a día de miles de africanos. Y lo más importante, debía tener una vida útil de varios años. Tras muchos experimentos y pruebas nació Buffalo, “una bicicleta diseñada y hecha para ser tan dura como el búfalo africano feroz, un símbolo de fuerza y poder; de ahí el nombre de la marca. Y en los países de habla suajili, las bicicletas son marca Nyati, que quiere decir búfalo”, explica el empresario.

La Búfalo es una máquina de una sola velocidad, que pesa 50 libras, tiene un freno de pedal -que es más seguro y durable-, una parrilla y un guardabarros traseros, y puede cargar hasta 100 kilos de peso. Las bicicletas actualmente son fabricadas directamente en África, en tres sedes de WBR, ubicadas en Lusaka (Zambia), Kisumu (Kenia) y Harare (Zimbabue). Y para asegurar su mantenimiento, no solo a cada usuario le entregan una bolsa de herramientas básica y una bomba de aire, sino que la organización desarrolló un Programa de Mecánica de Entrenamiento de Campo, con el que se capacita a más de 900 mecánicos en el montaje y reparación de la Búfalo, así como en temas de mercadeo y gestión de negocios. Estos están en Suráfrica, Zambia, Kenia y Uganda. Lo importante es que en cada región, los usuarios tengan disponibilidad para acceder a todos los repuestos que necesiten.

Más que educación

WBR ha donado, en una década, más de 200.000 bicicletas. Y ya no solo lo hace para los estudiantes, sino que como buscan terminar con ese círculo vicioso de no educación, pobreza, desempleo y enfermedad, también ha entregado las Búfalo a profesores; personal médico, para visitar a más enfermos; a pequeños empresarios para la distribución de sus productos, a madres cabeza de familia para que vayan a su trabajo y lleven a los niños a las jornadas de vacunación, y a familias y voluntarios que trabajan en programas ambientales como reforestación de bosques.

La iniciativa de Frederick Día KW y su esposa ha sido posible gracias a las donaciones de empresas y personas alrededor del mundo y hoy es autosostenible gracias a la venta de Búfalo y sus repuestos, en muchos países de África. Curiosamente, una parte importante de sus clientes también son otras organizaciones sin ánimo de lucro que usan las bicicletas para acceder más fácil y rápido a las comunidades donde trabajan. “Tenemos acuerdos de distribución en Angola, Botswana y Malawi, y exportamos a otros países vecinos. Las ventas de bicicletas ayudan a cumplir nuestra misión de llegar a más personas con el transporte asequible y fiable de lo que podemos hacer solo a través de donaciones”, concluye el empresario.

La joven Ethel hoy está más cerca de ser enfermera. En 2013 recibió una Búfalo y hoy tarda 45 minutos en llegar a la escuela, por lo que tiene garantizado el transporte hasta que se gradúe de bachiller. Y ya no se duerme en clase.

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