“Cada cosa que haces en la Antártida tiene un riesgo muy alto, incluso las actividades más elementales”, recuerda Natalia Jaramillo, una historiadora e investigadora que regresará por tercera vez al continente blanco este fin de año.  Junto a ella, las biólogas Rosa y Lizette, se someterán nuevamente a temperaturas de hasta 93,2 grados centígrados bajo cero (la más baja registrada en 2013), con un único pretexto: continuar con sus informes en el lugar menos acogedor de la tierra durante la expedición a la Antártida Almirante Tono 2017-2018.

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Natalia Jaramillo, historiadora y candidata a magister en Geografía pasará las celebraciones de navidad y fin de año a bordo del buque ARC 20 de Julio que partirá de Cartagena el 16 de diciembre. Realmente es poco común que investigadores en ciencias sociales lleguen a la Antártida, pero Natalia ha logrado hacerse un campo entre las ciencias duras gracias a su experiencia como historiadora, piloto e investigadora.

Rosa Leonor Acevedo es otra de las mujeres invitadas a esta expedición. Además de ser bióloga de la Universidad del Atlántico, magister en Microbiología de la Universidad de la Habana, Cuba, y candidata a doctora en Toxicología Ambiental de la Universidad de Cartagena, es madre. Asegura que antes de sus dos viajes a la Antártida ha tenido que explicarle la importancia de su presencia en este continente a Emanuel, su hijo de nueve años, a sus amigos de clase y a su profesor.

En esta aventura científica también estará Lizette Quan, bióloga del Instituto Tecnológico de Chetumal en el sur de México, magister en Recursos Naturales y Desarrollo Rural del Colegio de la Frontera Sur y doctora en Ecología y Desarrollo Sustentable de la misma institución. Ella es la única extranjera que representará a Colombia en la Antártida. Su particular acento paisa-mexicano es un indicio de que Colombia, además de ser su hogar por más de 10 años, también ha sido su laboratorio para importantes investigaciones.

Lizette es de las pocas investigadoras que asegura que Colombia está cerca de hacer parte del Tratado Antártico, el cual entró en vigor en 1961 y fue suscrito por 12 países, con la intención de regular lo que se puede y no se puede hacer en el continente blanco. En su criterio, el país desarrolla hoy investigaciones científicas de calidad, las cuales son requisito fundamental para tener voz y voto en el Tratado.

Una de las decisiones más importantes de este acuerdo internacional es que la Antártida debe permanecer libre de cualquier actividad militar y que solo puede visitarse para desarrollar investigación o para fines recreativos. Solo los países miembros del Tratado pueden construir su propia base científica y esta es la razón por la que Colombia debe aliarse con ellos para realizar investigación en esta región del planeta.

A pesar del atraso, en 2015 el país dio un gran paso. Después de haber transformado un barco militar en un buque resistente a los choques de los icebergs, a las bajas temperaturas y con espacio suficiente para desarrollar las investigaciones de los científicos a bordo, Colombia logró llegar a la Antártida en su propio navío. Desde ese momento, la Comisión Colombiana del Océano (CCO) que coordina y lidera el programa Antártico Colombiano, hace una convocatoria para que los científicos puedan hacer trabajo de campo en la Antártida. En la primera expedición de 2015, viajaron siete mujeres y para 2018 ese número ya asciende a diez. Natalia, Rosa y Lizette están en la lista.

Natalia Jaramillo

El 16 de diciembre, en su tercera expedición, Natalia zarpará desde Cartagena, atravesará el Océano Pacífico, llegará a Punta Arenas en Chile y de allí se volverá a enfrentar a Drake, el cruce más peligroso que existe en el mar, donde las olas alcanzan más de 10 metros de altura. Una vez atraviese este paso, según sus cálculos, podrá pisar la península Antártica a mediados de enero.

Su historia ha estado llena de cambios. Inició su carrera profesional como piloto de aviación, pero terminó dedicada a la historia y la investigación en la CCO. Ese paso, que nunca calculó, la llevó a tener una conversación muy seria con sus compañeros, “¿por qué no formular un proyecto para la Antártida desde las ciencias humanas?, todo el trabajo que se hace está muy enfocado hacia las ciencias básicas y naturales”, recuerda Jaramillo.

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Recopiló toda la información que existe sobre los esfuerzos que ha hecho el país a nivel institucional para ser miembro consultivo del Tratado Antártico. Por la reconstrucción histórica que hizo, obtuvo un cupo entre los científicos colombianos seleccionados para viajar a la Antártida en la segunda expedición. “En noviembre saldrá un libro que registra todo ese esfuerzo que Colombia ha hecho para pertenecer al Tratado”, asegura.

Ahora, como historiadora y geógrafa encabezará un nuevo proyecto con el apoyo de la Armada argentina en la base Teniente Cámara. Con drones realizará un levantamiento cartográfico de algunas zonas de la Antártida. Con su equipo de trabajo tiene la idea de hacer un mapa digital que ayude a conocer la geografía de ese territorio para futuras investigaciones nacionales e internacionales. Aún con los riesgos que implica el viaje, esta joven de 32 años está decidida a viajar cuantas veces sea necesario. “En la Antártida tienes un riesgo muy alto de morir. El clima cambia drásticamente y de repente no puedes ver nada a unos 100 metros. Luego, de un momento a otro, puedes estar en una tormenta con vientos de 60 kilómetros por hora. Aun así, voy a regresar”.

Rosa Leonor Acevedo

Hace más de 30 años, en Corozal, Sucre, una niña dedicaba horas a observar el comportamiento de las hormigas en su patio, para ella eso era más divertido que cualquier otro juego. De lejos, su padre la miraba y pensaba que tendrían una veterinaria en la familia. Pero se equivocó, Rosa se decidió por la Biología y está a dos meses de salir por segunda vez hacia la Antártida para estudiar las bacterias y los tardígrados u osos de agua, los animales más resistentes del planeta.

“Como bióloga, para mí la Antártida es un sueño de toda la vida. Es la oportunidad de experimentar algo tan mágico como que en verano oscurece a las doce de la noche y a las tres de la mañana el sol brilla nuevamente como si fuera mediodía”, dice Rosa.

En febrero de 2017, hace menos de un año, fue la primera vez que conoció el continente blanco. Aunque no viajó a bordo del buque colombiano, pudo ir en el buque español Bio-Hespérides. En su recorrido por el mar tomó muestras de musgos y líquenes (algas y hongos que viven en asociación) de diferentes islas de la península antártica. La idea de esta nueva expedición es tomar nuevas muestras para hacer una comparación espacio-temporal de lo que encontraron este año con lo que puedan encontrar en febrero de 2018.

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Su vinculación con la Antártida también está muy relacionada con el proyecto tardígrados, una especie muy interesante para la biomedicina y la biotecnología por su capacidad de resistir la radicación, vivir sin oxígeno hasta 15 días y sobrevivir en estado de criptobiosis (hibernación) solo con un 3 % de agua en sus cuerpos. “El objetivo de este proyecto junto con la profesora Eliana Beltrán y Jaime Bernal, rector de la Universidad Tecnológica de Bolívar, es identificar las especies de tardígrados y cómo están distribuidas en diferentes puntos. Posterior a esto haremos una serie de ensayos para conocer qué tan resistentes son a la radiación y qué aplicaciones biomédicas pueden tener”, explica Rosa.

Aunque conoce varias mujeres que han estado en la expedición, cree que el papel de la mujer científica debe ser más representativo. “No nos pueden mirar como bichos raros, tenemos las mismas capacidades, incluso estamos dispuestas a dejar nuestros hijos y nuestras familias para poner el nombre del país en alto”. Rosa se refiere a su niño de nueve años, a quien volverá a dejar por más de dos meses para continuar con su vida científica. Y no ha sido fácil, Emanuel ha tenido que buscar vídeos para ver cómo es el lugar donde estará su mamá y lo importante que será su trabajo en uno de los lugares más fríos de La Tierra.

Lizette Quan

“En la Antártida se hace ciencia de una manera muy bonita. Los científicos están dispuestos a ayudarse entre ellos en todo”, recuerda esta bióloga mexicana que trabaja como docente investigadora en la Universidad CES.

Antes de conocer la Antártida, la ansiedad era enorme y la zozobra se apoderaba de Lizette.“Las expectativas son muchísimas, empezando por la cantidad de exámenes que nos hicieron para conocer nuestras condiciones de salud y cómo estaban pendientes hasta de la ropa que teníamos que comprar, pues debíamos usar hasta cuatro capas y trajes mustang especiales para estar cómodos y abrigados en la intemperie. Se deben soportar temperaturas muy extremas”.

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El mustang lo usó la última vez que salió en un barco pequeño a tomar muestras de las especies que viven en el fondo marino. Con una draga que tiene forma de un gran cucharón extrajo algunas especies de invertebrados y luego los conservó en alcohol para traerlos hasta Colombia.

Lo mismo espera hacer en esta ocasión, en su tercera expedición a la Antártida, para probar una hipótesis: “la temperatura, más que cualquier otro factor ambiental, es la que regula el ensamblaje de los invertebrados que habitan estas partes del mundo. Para comprobarlo vamos a comparar los invertebrados del Pacífico colombiano profundo con los del Antártico superficial”, explica Quan.

Para Lizette, la Antártida, un continente que ha sido reservado para la ciencia y la paz, le enseñó algo que va más allá del conocimiento. “Los países que van cada año a investigar mantienen una relación muy estrecha. La base chilena Julio Escudero está cerca de la rusa Bellingshausen y esta a su vez de la base china la Gran Muralla y de la uruguaya Artigas. Al otro lado de Bahía Fildes se encuentra la base coreana Sejong. Era muy interesante que en un espacio tan pequeño pudiéramos pasar de un país a otro en cuestión de minutos”.

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