| 2017/09/28

Los bebés de la paz

Mujeres de Bogotá y Cali les entregaron a madres gestantes de las Farc artículos imprescindibles para el nacimiento de sus hijos. Crónica de la arquitecta Mariana Restrepo sobre el acercamiento con lo más humano del posconflicto: la oportunidad.

Los bebés de la paz

Hace unas semanas estuve repartiendo morrales y corrales en La Francia, Cauca, como parte de la campaña Criando la Paz. Diana Rodríguez, creadora de la iniciativa, me llamó al final de enero para invitarme a participar y de una le dije que sí. A todo este proceso le he dicho sí de una. La idea era entregarles a las exguerrilleras una pañalera con productos básicos para el cuidado del bebé.

Diana solo pensaba en que ojalá la iniciativa fuera bien recibida, teníamos que ser prudentes. Yo no había pensado que una idea como esta pudiera generar resistencia. A mí la sola posibilidad de paz me daba ganas de abrazar al mundo. Participé en este proyecto porque la paz es prematura.  La paz está en una incubadora en cuidados intensivos neonatales. Hay que cuidarla y confiar. Reconocer nuestra humanidad y la de los otros. ¿Qué más humano que la maternidad?

Los viajes de ida siempre son inciertos. Empezamos a andar por las carreteras del Valle: infraestructura subsidiada por la caña. Rotondas, orejas, trencitos cañeros y buena señalización. Una hora después cambiaron las vías y cambió la vegetación. Montaña, bosque, un valle abajo con su río. Aparecieron unos campos verdes fluorescentes que dedujimos serían mandarinas del Cauca.

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En el primer puesto de control nos esperaba Fernando, el enlace del gobierno. Es emocionante oírlo con su lenguaje optimista: tenemos, estamos, podemos… “Este campamento es de los grandes, hay 320 personas.  Tenemos ocho gestantes. Una acaba de dar a luz esta semana. Hay otra, Evelyn, que está abajo en Buenos Aires porque tiene un tema de riesgo. Los nueve morrales están bien”.

Seguimos por la carretera destapada. Para ese día estaba programada la cedulación, pero la Registraduría estaba retrasada. Fernando seguía explicando, “Todos tienen seudónimo, ellos lo llaman nombre de guerra. Todos lo tienen, hasta el más raso. Pero yo los empiezo a llamar por su nombre, un poco para naturalizarlos. Estuve tres años en la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) y uno va viendo el proceso, cómo se va desmilitarizando el lenguaje, la cabeza, el saludo, el trato con los otros. Mirar a los ojos y dar la mano”.

Nos contaba que las mujeres se reintegran con mayor facilidad. Si tienen niños puede ser difícil estudiar, pero justamente se conectan con la necesidad de proveer y arrancan. Además son las que montan negocio: costura, alimentos, manejo de alimentos o aseo, que es lo más rápido.

Con el registro entran a la Nueva EPS por dos años y ya pertenecen al sistema. Viene un salario mínimo y a pagar agua, luz, teléfono, gas, comida, transporte.  Muchas de ellas, que en su vida se han tenido que preocupar por estas cosas, entran a sentir la impotencia que genera la burocracia de cualquier trámite. Frente al poder que alguien debe sentir después de cargar un fusil, adaptarse a esto tiene que ser muy duro.

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Estamos a dos horas y 13 minutos de Cali, en la vereda inmediatamente anterior a la zona. Preguntamos qué tal han reaccionado los habitantes de la región con la zona transicional. “Pues no ha sido tan emotivo como uno quisiera, ¿vieron todos los cultivos ilícitos que hay?”. Nuestra mandarina resultó ser coca.

Al llegar a La Francia nos reciben Cristina y otro par de cabecillas.  Habían dispuesto una mesa para panelistas, con mantel, botellas de agua, gaseosa y frutas. Por un momento pensé que si mi historia hubiera sido distinta, podría ser yo la que estuviera del otro lado de esa mesa con manteles y bananos.  Saludamos, nos sentamos e hicimos énfasis en que esta no era una iniciativa del gobierno. “Estamos acá para conocerlas, porque queremos mostrarles nuestro deseo de vivir en paz. Muchos colombianos salieron de sus casas a comprar pañales y juguetes que ahora les traemos a ustedes”.

Yo estoy incómoda. ¿Cómo les voy a dar ilusiones a estas mujeres? Cómo decirles que sus hijos son los hijos de la paz y que son bienvenidos, cuando realmente no sé a qué país están llegando. Aquí se siente aún más la fragilidad del proceso. 

Empiezo por hablarles de lo que yo conozco: la neura, las hormonas que son muy duras, que da mucho miedo ser responsable por otra vida, que uno no sabe qué hacer. Que los hombres tienen que tener paciencia y ellas también.

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Una persona de la oficina del Alto Comisionado nos decía que estaba muy conmovida con que estas mujeres tan listas para la guerra estuvieran tan abrumadas con la maternidad. Yo miraba a los papás que las acompañaban y que reían tratando de armar los corrales.  Las Farc han logrado sostenerse durante 52 años y ellas viven como en familia, son prácticas, flexibles y saben cómo organizarse. Cada una tiene un rol en la región. 

Vamos sacando colonias para bebé, sonajeros, pijamitas lindas que dicen lunes a viernes, gorros de niña o de niño, repelente y crema para la cola. Son cosas que sobre todo les dan dignidad. Como mínimo uno debería llegar al mundo y tener un techo, una alimentación digna, acceso a la salud y ojalá a la educación. Pero no. No se puede porque somos pobres de alma, de espíritu y de billetera. El Estado no tiene ni siquiera cómo acceder a las zonas que más lo necesitan.

Nos despedimos de Cristina. Con cariño en su voz nos pide que volvamos, ojalá con nuestros hijos para que jueguen con los suyos. Cómo me gustaría honrar esta invitación. Me subí al carro emocionada, agradecida y también con la cabeza dando vueltas, reconociendo las secuelas de la guerra y los retos de la paz.

Los que no vivimos el conflicto votamos sí o no. Opinamos con un pulgar para arriba, corazón, sonrisa, llanto, rabia o cualquier otro emoticón y sentimos que ejercemos nuestro derecho como ciudadanos. Pero no participamos, no nos estamos viendo.  Duele mucho y exige mucho vernos los unos a los otros en toda nuestra complejidad. Escasamente tenemos cabeza para nosotros y los nuestros.  Puede que esa lejanía e incapacidad  hagan inviable la paz, pero si la asumimos desde la empatía de pronto hay algo que salvar.  Nacen sus bebés y nacen los nuestros, y con cada vida la ilusión de una nueva oportunidad, como esta, que nace con miles de guerrilleros que se incorporan a la sociedad voluntariamente. Criando la Paz se propuso con la esperanza de que los colombianos nos encarguemos de criar esta paz neonata e imperfecta, tal como lo fueron todos nuestros hijos alguna vez.

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