*Por: Juan José Toro

Río Magdalena

me abrazó

me protegió

y muchas cosas me quitó.

Nueve mujeres repiten una y otra vez la estrofa, como si invocaran algo, como si hicieran un conjuro. Casi todas son canosas. Unas son delgadas, con los huesos ceñidos a la piel. Otras son morenas y rollizas. A algunas les faltan dientes, les sobran arrugas. Todas recitan a destiempo como niños de jardín.

—Arranquemos de nuevo— grita William, un hombre gordo y de voz potente. Están en el zaguán de una casa en Puerto Wilches, en el occidente de Santander, a la derecha del río. Es la sede de la Organización Femenina Popular, un proceso de mujeres que nació en Barrancabermeja en los años setenta con el apoyo de la Iglesia Católica.

Dos semanas más tarde, las nueve mujeres y otras decenas de campesinos, pescadores y mineros de todo el Magdalena Medio se presentarán en una tarima del barrio 1 de mayo en Barrancabermeja, durante el cierre del Cuarto Festival del Río Grande de la Magdalena.

***

Falta poco para las seis de la mañana. Desde Aguachica y San Martín, en el sur del Cesar, llegan delegaciones al puerto de Gamarra. El cielo se pone gris oscuro y amenaza lluvia. Cerca de cincuenta personas se amontonan en el muelle a la espera de indicaciones para embarcarse en siete chalupas. Alejandro, el hombre a cargo del transporte, da indicaciones de seguridad y encomienda a Dios el recorrido, que doce horas después deberá llegar a Barrancabermeja, unos 150 kilómetros más abajo.

Llueve sobre el río crecido. Las siete chalupas arrancan en caravana y se enrutan por el Magdalena. Entre Gamarra y Barranca, se sumarán cientos de habitantes de pueblos de Cesar, Bolívar y Santander: Mico Ahumado, Río Viejo, Moralito, Cerro de Burgos, San Pablo, Puerto Wilches. En el camino habrá danza y canto, consignas y discursos, recuerdos dolorosos y anécdotas de cuando el río era otro.

El cuarto festival llega nueve años después del tercero y veinticinco años después del primero. Durante los noventa y principios de este siglo, la violencia causada por paramilitares, guerrilleros y Fuerza Pública cortó de tajo la posibilidad de hacer una gran reunión como las dos primeras, en 1992 y 1994. Apenas en el primer semestre de 2008 se pudo planear el tercer festival, que hizo un llamado sobre la violación a los derechos humanos en la región y sobre el daño a los recursos naturales. En agosto de ese año, entre Magangué y Barrancabermeja, volvieron a sonar la tambora y el acordeón.

“Comunidades campesinas y mineras del Magdalena Medio recorrieron el río y llegaron a reencontrarse en Barrancabermeja. Al son de la tambora reflexionaron sobre la memoria, sobre la verdad, sobre la justicia y sobre el territorio —explican la Federación Agrominera del Sur de Bolívar y la Corporación Sembrar, que organizan el evento junto al Centro Nacional de Memoria Histórica—, y volvió la alegría, esa que se hace resistencia incontenible y que nos da la fuerza para convocar el Cuarto Festival del Río Grande de la Magdalena, para juntarnos de nuevo, para continuar preguntándonos si ese río hablara qué nos diría, para reflexionar sobre cómo ha sido impactado por los diversos intereses económicos, políticos y sociales,  cómo ha impactado a las comunidades, para resignificarlo, para sacarlo de la muerte y traerlo a la vida, para recuperarlo como territorio”.

A 70 kilómetros por hora, las siete primeras chalupas toman el río hacia Moralitos, corregimiento de Morales, en el sur de Bolívar. Deben ir en dirección contraria a Barrancabermeja para rodear una gran isla y coger un brazo en la dirección correcta. El río no es una sola gran autopista sinuosa, como el Cauca o algún pedazo del Caquetá: mirado desde arriba, parece más bien una ciudad angosta y larga, con brazos que salen de los brazos, con islas y ciénagas, con callejones cerrados, tramos gordos, casi hinchados, y líneas delgadas y bien definidas.

***

Luis Santiago de la Rosa se ve tranquilo, contento. Disfruta el viaje por el río y se pasea saludando por los corrillos que se arman entre los que se preparan para embarcar las chalupas en Río Viejo, apenas el segundo pueblo del recorrido. Es pequeño, canoso y de piel curtida. Recostado sobre un tronco a la orilla del río, habla con nostalgia sobre su infancia ribereña, los grandes remolcadores que paseaban despacio de un lado a otro, y los caimanes y manatíes que se veían de vez en cuando.

También habla de la violencia que partió su vida en dos. A finales de los noventa, Luis Santiago era alcalde de Río Viejo. La violencia paramilitar en el Magdalena Medio, que había crecido imparable de la mano de Ramón Isaza, estaba llegando a su peor momento. Las cifras de desapariciones forzadas, asesinatos selectivos y masacres subían a niveles inesperados. Las tristemente célebres escuelas de formación y sicariato, financiadas por narcotraficantes, habían graduado temibles paramilitares en los años ochenta, y eran esos hombres los que ahora ejercían control en la zona.

En abril de 1997, los rumores que le habían llegado a Luis Santiago durante meses se hicieron realidad. Sesenta hombres de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio llegaron armados al pueblo. A todo el que vieron en la calle lo patearon y le dieron latigazos. Reunieron a los que pudieron en la plaza y le cortaron la cabeza a un vendedor para sembrar terror.

Veinte años después recuerda que al primero que iban a matar era a él. Fueron a buscarlo a su casa pero llegaron tarde. Primero apareció una niña que lo alertó, un ángel fortuito. Luis Santiago salió por la puerta de la cocina y de escondite en escondite, de casa en casa, de cómplice en cómplice, se fue hasta Cartagena. Llegó aterrado. Oculto detrás de un monte había escuchado cómo maltrataban mujeres, amenazaban con desmembrar gente, mataban inocentes. “No vuelvo a Río Viejo”, dijo desde su cercano exilio. Por varios años cumplió su promesa.

Muchos más también se fueron. Un pueblo donde el alcalde tenía que huir a rastras entre matorrales no era garantía para nadie. Según la Unidad Territorial de Víctimas de Magdalena Medio, en los últimos treinta años se desplazaron más de 145 mil personas de esa región.

***

Aunque el festival nace en un contexto de resistencia, por momentos el ambiente se siente más ligero, como una reunión de amigos sin agenda política. La gente baila al ritmo de una papayera, hace fila detrás de una olla de sancocho, saluda a lo lejos a los pescadores que pasan en canoas, grita y silba cuando se escucha el nombre de su pueblo en un parlante. Alguien que no esté enterado podría pasar por alto el contexto, el verdadero motivo de esa gran caravana: decir que aunque hubo miedo ahí están todavía, y de esa tierra no se van. Esa papayera es su música, ese sancocho es su comida, ese pescador es su hermano y ese nombre es el de su pueblo. No abandonan más.

A veces, como un fantasma, aparece la palabra miedo. No siempre es mala. “Es mejor ser con miedo que dejar de ser por miedo —dice Gloria Amparo, líder de la Organización Femenina Popular, sentada en un parque de Barrancabermeja—. Nosotras empezamos a hablar del miedo como una fortaleza, hablamos de juntar los miedos”. “Lo que nos mueve es el miedo —dice también Edward, un joven miembro del Congreso de los Pueblos—. El miedo a perder lo que nos corresponde, el miedo a que nos quiten el agua. El miedo es algo que todo revolucionario debe tener”.

El miedo ha estado ahí por décadas. En las inconclusas cifras de desaparecidos. En las torturas y las masacres planeadas para amedrentar. En los desembarcos de hombres sospechosos que entran por el muelle sin pedir permiso. En los cadáveres que tantas veces nadaron por el río, bajo el agua, para no revelar culpables.

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El río ya no es como antes. Todos los que conocieron ese antes están de acuerdo con que es distinto ahora. El Magdalena actual a veces es más ancho y otras veces es menos profundo. Varios animales en él se extinguieron. Los peces que lo habitan se encogieron. Hay menos árboles a sus orillas. El verano lo golpea más duro. Es más difícil de navegarlo para los grandes remolcadores de cincuenta o cien metros.

El deterioro no es reciente. Lo advertía incluso Gabriel García Márquez, desde 1985, en “El amor en los tiempos del cólera”, donde narró el viaje del enamorado Florentino Ariza por el río Magdalena.

“Florentino Ariza, en efecto, estaba sorprendido de los cambios, y lo estaría más al día siguiente, cuando la navegación se hizo más difícil, y se dio cuenta de que el río padre de La Magdalena, uno de los grandes del mundo, era solo una ilusión de la memoria. El capitán Samaritano les explicó cómo la deforestación irracional había acabado con el río en cincuenta años: las calderas de los buques habían devorado la selva enmarañada de árboles colosales que Florentino Ariza sintió como una opresión en su primer viaje. Fermina Daza no vería los animales de sus sueños: los cazadores de pieles de las tenerías de Nueva Orleans habían exterminado los caimanes que se hacían los muertos con las fauces abiertas durante horas y horas en los barrancos de la orilla para sorprender a las mariposas, los loros con sus algarabías y los micos con sus gritos de locos se habían ido muriendo a medida que se les acababan las frondas, los manatíes de grandes tetas de madres que amamantaban a sus crías y lloraban con voces de mujer desolada en los playones eran una especie extinguida por las balas blindadas de los cazadores de placer”.

Teresa Badillo, una mujer ronca y fumadora, cuenta que creció en Gamarra, y que a los gamarrenses les dicen pacoreros por un pez llamado pácora. Señala desde la comisura detrás del codo hasta la punta del dedo corazón y dice que así de grandes eran. “Tampoco hay ya cazón ni coroncoro. Y se han secado las ciénagas y los brazos. Ahora uno ve troncos salidos de lo seco que está el río. Los chaluperos tienen que aprender por dónde quedan aguas hondas para ir por ahí. Es que han desviado muchas aguas”. Le gustaría que el río volviera a ser como en su niñez pero no lo cree.

***

Este río para mí significa todo, todo, todo. A mí me criaron mis padres con el producto del río. El río para nosotros es una fuente de vida. Donde estamos ubicados, si no tuviéramos el río, este sería un pueblo desolado. El Magdalena representa toda la condición del campesino y el pescador. Decir que no soy ribereño y no amo el río sería faltarle al respeto a nuestra cultura. Todo empieza y termina en el río.

Cada frase la dijo alguien durante los dos días que duró el festival.

La conexión con el Magdalena es un hilo que jala desde las entrañas. Con ese hilo se teje la resistencia de los que en medio de un aguacero se embarcaron en un recorrido de dos días por su hogar. El hilo se tensa cuando el río sangra, cuando se seca, cuando se desvía, cuando se mancha. Esa tensión dio vida a todo lo que más de 300 ribereños prepararon para mostrarse entre ellos mismos. Los cantos, los discursos, los símbolos, las danzas. Asienten cómplices cuando otro cuenta una anécdota que parece propia o baila una canción que todos conocen o pone una queja que pudo haber dicho cualquiera.

***

Cuatro mujeres se paran detrás de una baranda que no las deja caer al agua. Tienen en sus manos barcos hechos con hojas de plátano. Dentro de los barcos hay pergaminos con mensajes escritos al río. Le agradecen lo que les dio, le reclaman lo que les quitó. Mary Luz, una viuda alta y rubia, toma la palabra. Respira profundo. Se le corta la voz.

—Querido río: durante mucho tiempo te odié. Pero hoy te doy gracias por llevarlo dondequiera que lo tengas. Gracias por cuidar de él.

Las mujeres sueltan los barcos río abajo.

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