Cuando Jorge Rodríguez compró su finca en San Juan de Arama, hace 14 años, la hoja de coca gobernaba la tierra y apenas tenían una vaca que ordeñaban para hacer café con leche. Era la época del fallido intento de paz en el Caguán y las Farc dominaban toda esa región del sur del país. “Nosotros nos ganábamos la plata vendiéndole pasta base a la guerrilla, pero nadie se imagina todo lo que nos tocó pasar ni mucho menos lo que vino después”, recuerda Rodríguez.

Lo que vino después fue la guerra total, el repliegue de los guerrilleros, la llegada del Ejército y de los paramilitares, la angustia de estar en el medio de una balacera en donde lo que menos importaba era la vida de las personas que todos los grupos juraban defender. Y luego, para los que se quedaron por fe o porque no tenían para dónde más agarrar, la incertidumbre del futuro, pues el triunfo militar del Estado trajo consigo con la desaparición de la economía cocalera de la que dependían miles de campesinos como Rodríguez.

“Lo primero que tuvimos hacer fue organizarnos para que el gobierno nos pusiera cuidado. Pero eso fue muy difícil porque ni siquiera sabíamos quiénes eran nuestros vecinos”, recuerda Yoleni Piedrahita, la esposa de Rodríguez. Además de la presencia militar, el Estado llegó con un plan de consolidación en el que la producción lechera debía sustituir los cultivos de coca. Así fue como algunos campesinos recibieron sus primeras vacas, se construyó un centro de acopio y Nestlé se convirtió en el aliado que aseguraba la comercialización de la leche.

Al poco tiempo, sin embargo, esta empresa se retiró porque la producción era muy escasa y no compensaba los costos logísticos de su recolección. “En ese momento quedamos a la deriva, la leche se perdía porque nadie la compraba. Eso hizo que muchos retrocedieran y volvieran a sembrar coca porque con eso está fija la plata, pero nosotros no quisimos echarnos para atrás y decidimos seguir intentándolo”, cuenta Piedrahita.

A principios de 2010, luego de un prolongado periodo de conversaciones, Alquería decidió vincularse como aliado comercial del proyecto. En ese entonces la empresa ya tenía operaciones en algunos municipios del Meta como Villavicencio y Acacías, por lo que su expansión hacia San Juan de Arama y otros pueblos de la región de la Macarena fue relativamente sencilla. Carlos Fuentes, director de fomento lechero de la compañía, cuenta que dado el carácter de la iniciativa, “no queríamos solo comprarles la leche a los productores sino acompañarlos en su transformación en empresarios del campo”.

Mediante programas como Plan Finca, en el que los campesinos recibían asistencia para sacar más leche en menos área, o Herederos de Tradición, que certificó a 127 jóvenes de la región como tecnólogos en producción ganadera, logró que las personas vinculadas duplicaran la cantidad de leche producida con respecto a los que no hacen parte del mismo. Mientras que en esa zona las vacas producen en promedio tres litros diarios, las de los participantes alcanzan hasta 7 en el mismo lapso.

Por ejemplo, las ocho vacas de Jorge Rodríguez y su esposa producen 45 litros de leche diariamente. Como es de buena calidad, entre otras razones porque gracias al Plan Finca dividió su finca de 14 hectáreas en 29 potreros que le permiten darles pasto fresco todos los días, recibe 980 pesos por litro. Eso significa que cada mes reciben cerca de dos salarios mínimos por ese trabajo, algo que en medio de la crisis del campo colombiano muy pocos cultivos pueden asegurar.

Actualmente, Alquería cuenta con una red de cerca de 1.100 productores en el Meta. De ellos, más de 600 han participado de los programas que financia la compañía. “Gracias a este modelo pasamos de 12.000 a 60.000 litros de leche recolectados diariamente. Pero lo más importante es que tenemos una cadena de suministro estable gracias a que logramos consolidar relaciones a largo plazo con nuestros proveedores. Esto es una relación beneficiosa para todas las partes y esperamos replicar este sistema por todo el país”, explica Fuentes.

Rodríguez cree que el éxito de la iniciativa radica en que, más que un aliado comercial, Alquería ha facilitado la reconstrucción del tejido social que la guerra había destruido. “Gracias a esta alianza mejoramos las relaciones con nuestras familias, con nuestros vecinos y con el medio ambiente. Y aunque los ingresos nunca van a ser iguales que cuando cultivábamos coca, tenemos la tranquilidad de que estamos trabajando legalmente y podemos llevar la cabeza en alto”. 

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