(Este artículo es una colaboración periodística entre Mongabay Latam y Semana Sostenible)

A las Sabanas del Yarí nunca antes había entrado un funcionario del Estado. En esta zona del departamento del Caquetá, a la que se llega tras conducir seis horas desde San Vicente del Caguán, siempre estuvo claro que la autoridad provenía de las Farc. Pero los tiempos han cambiado, y el viernes 24 de noviembre, en la escuela comunitaria, representantes de las principales entidades ambientales del país se reunieron por primera vez con los líderes campesinos de las ocho veredas que conforman esta inmensa llanura, ubicada entre las montañas de Los Andes y la selva amazónica, para buscar la manera de frenar la deforestación que la devora poco a poco.

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El camino que condujo a las autoridades hasta el lugar de la reunión transcurrió las primeras cuatro horas a través de una carretera de tierra roja pisada, que se mantiene en un estado aceptable gracias al esfuerzo de los habitantes del lugar, que recaudan dinero con la ayuda de casetas rudimentarias instaladas en los bordes para cobrar peaje. El paisaje ganadero domina el recorrido. Extensos potreros con algunos árboles y pocas vacas. En un punto, la ruta se desvía obligando a los vehículos a seguir el camino por una selva tupida de árboles altos y delgados. El entorno no es lo único que cambia. El trayecto se convierte en una pista de barro en la que los carros se hunden y las ruedas de las motos se saturan hasta quedar atascadas.

Al final de la travesía, la selva se abre en una planicie verde que abarca toda la mirada. Las Sabanas del Yarí son un lugar único en el mundo: un ecosistema llanero típico del Orinoco enclavado en plena selva amazónica colombiana. Un capricho de la naturaleza que, por si fuera poco, sirve de puerta de entrada al Parque Natural Chiribiquete, uno de los pocos rincones del planeta que se mantiene prácticamente intacto. Pero la presencia inédita de los funcionarios allí no era para admirar un prodigio, sino para intentar revertir su destrucción acelerada.

Ese era justamente el tema de la reunión: el año pasado en las Sabanas del Yarí se talaron 8.000 hectáreas de bosque (casi la tercera parte de la cifra de todo el departamento y la más alta de todos los municipios del país) y durante los primeros seis meses del presente han encabezado las alertas de deforestación que emite Ideam. Eso explicó con mapa en mano Edersson Cabrera, director de monitoreo de esa entidad ante los líderes campesinos. También dijo que esta práctica tiene efectos negativos para el planeta porque emite gases contaminantes que, al acumularse en la atmósfera, influyen en los fenómenos climáticos, volviéndolos más extremos e impredecibles.

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Pero pronto la cifra y el discurso aterrizaron en la escuela veredal de una forma rotunda: “Cuando empiece a llegar la inversión, nosotros dejamos de talar”, simplificó Roberto* un habitante de la zona. En pocas palabras, el líder campesino resumió el núcleo del problema: la persistencia de una deuda histórica, postergada por décadas de violencia, que hoy ante el fin del conflicto armado con las Farc el Estado tiene una nueva oportunidad de salvar. Detener la deforestación en las Sabanas del Yarí implica sacar del aislamiento a las 540 familias que las habitan.

Es cierto que en la zona aún se registra la presencia de una disidencia de esa guerrilla y que en la desaparición de los bosques del Yarí también están participando mafias que financian las talas para acaparar posteriormente las tierras. Pero tras esa coyuntura emerge un llamado de los campesinos para que les abran la puerta de un país en el que ellos también importen. “Para dejar de tumbar el bosque necesitamos títulos de las tierras, asistencia técnica, créditos y vías para poder sacar los productos de las veredas”, dijo Gilberto*, líder de una organización que agrupa a más de 300 familias que están dispuestas a trabajar con el gobierno en el control de la deforestación.

Este es el paisaje típico ganadero en el Caquetá. Extensos potreros con algunos árboles y pocas vacas. Estas últimas son la “vanguardia” de la deforestación. Acá se ve cuán próximas están a la frontera del bosque amazónico. Foto: Diana Rey Melo / SEMANA.

Entre tanto, para ellos va a seguir siendo una prioridad reemplazar los árboles por cultivos de pancoger, así como  ocupar las sabanas con las reses lecheras que son el sustento de su economía. “Los campesinos somos conscientes de que hacemos un daño ecológico, pero se trata de nuestro sostenimiento. Si no tumbamos, entonces no tenemos maíz, plátano, arroz y yuca para comer”, dijo Martín*, otro de los líderes veredales.

En el Yarí las matemáticas de la subsistencia son las siguientes: cada año un campesino tiene que tumbar entre 10 y 20 hectáreas de árboles para abrir nuevos cultivos y potreros. “Hay que pensar en poner unas diez de maíz y créame que los loritos se comen seis. Toca sembrar para todos porque usted les tumba el arbolito que les da frutos y ellos tienen que venir a robarle. Además hay que tener de a dos hectáreas para el plátano, la yuca y el arroz. Cuando cosecha eso, pues tiene potrerito para las vacas”, explicó Roberto.

El motor de la expansión de la frontera ganadera es la falta de productividad de los suelos. Como las sabanas son poco fértiles y tampoco hay recursos para abonarlas, las vacas necesitan cada vez más espacio para alimentarse. Aún en nuevas tierras, apenas entregan dos litros diarios de leche, cuando en promedio deberían llegar a ocho para ser rentables. “Y si los potreros están acabados o enmalezados, pues menos producción va a haber. Eso sin contar con que muchos de nosotros tenemos que ordeñar en sitios donde la leche se llena de barro y se nos pierde”, continuó Martín.

La deforestación va avanzando sobre los bosques amazónicos. En el Yarí desaparecieron cerca de 8000 hectáreas en 2016 y este año ha encabezado las alertas tempranas de deforestación que emite el Ideam. Foto: Archivo.

Estos relatos de la cotidianidad en el Yarí fueron escuchados por José Yunis, el director de Visión Amazonía, el programa del Ministerio de Ambiente que tiene como objetivo reducir a cero la deforestación en esa región del país para el 2020. En la práctica, él es la cara del gobierno en la zona. Y aunque su plan de acción incluye un fuerte componente de inversión en la transformación productiva para cerrar la frontera agropecuaria, la implementación no corre a la misma velocidad que las necesidades de los campesinos.

Por eso, Yunis llevaba preparado un plan de choque para la reunión. Iba a ofrecer un incentivo provisional mensual para cada familia que se comprometiera a no tumbar más árboles de ahí en adelante. El monto dependería de la cantidad de bosque existente en cada finca y la continuidad del pago, del monitoreo constante. Este acuerdo tenía un sentido de urgencia, pues se acercan los meses en los que comienzan las talas en la región.

Pero la intención naufragó en la avalancha de demandas de los campesinos. “Lo que proponemos es que nos ayuden a conseguir una ganadería no extensiva que sea productiva y que nos permita devengar un salario. Estamos a la expectativa de que las entidades del Estado lleguen a nuestra región con algo que sea realidad, no que empecemos de reunión en reunión porque ya estamos cansados. Queremos llegar a acuerdos. En el momento en que nos den garantías de tener una vida digna, hasta nos comprometemos a reforestar”, sentenció Martín.

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Pese a la voluntad de las dos partes, la reunión se cerró sin un acuerdo formal entre ellas. Una solución de esta magnitud requiere una acción conjunta y articulada de todas las instituciones del Estado que hasta ahora no se concreta. Los campesinos comenzaron el retorno a sus veredas y los funcionarios a sus oficinas. Durante el recorrido de regreso por la trocha y por las carreteras autogestionadas, una sensación de frustración impregnaba el entorno. Y una frase pronunciada por Roberto durante la despedida parecía flotar pesadamente sobre las cabezas de los funcionarios: “Nosotros también estamos interesados en que la deforestación disminuya. No queremos seguir dependiendo de tumbar los árboles para sobrevivir”.

En el Caquetá una vaca ocupa en promedio una hectárea. Los suelos son poco fértiles y por ello los animales cada vez necesitan más espacio para alimentarse, lo cual se logra mediante el derribamiento de los bosques amazónicos. Foto: Diana Rey Melo / SEMANA.

*Nombres cambiados por petición de las fuentes