Filas de personas que buscan alimento en un campamento de refugiados en Mogadiscio, Somalía.
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DW

Según el Índice Global de Hambre 2014, dos mil millones de personas en el mundo padecen el “hambre oculta o escondida”, una carencia de micronutrientes originada por una alimentación deficiente. Un manojo de arroz quizá alcance para sobrevivir, pero no para mantenerse sano física y mentalmente a la larga.

Un tema ignorado

Hans Biesalski es nutriólogo en la Universidad de Hohenheim. Desde hace treinta años, investiga los micronutrientes. El “hambre escondida”, asegura, es un tema que durante mucho tiempo fue ignorado incluso por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). (Lea: 2015 es el año internacional de los suelos)

No obstante, algo está cambiando: el año pasado, el Índice Global de Hambre, publicado por la organización humanitaria alemana “Welthungerhilfe”, se centró en el tema de la carencia de micronutrientes.

Por segunda ocasión, Biesalski ha invitado a expertos de todo el mundo a una conferencia internacional sobre el “hambre escondida”, que se celebrará en Alemania, en marzo de 2015. “La alta repercusión nos muestra que el tema del hambre oculta por fin recibe la atención global necesaria”, comenta Biesalski al respecto.

El hambre ciega

El nutriólogo alemán insiste en que no basta con proveer de alimentos básicos a las personas que padecen hambre para combatir el “hambre oculta”. Biesalski explica que el arroz, el maíz y el trigo contienen muy pocos micronutrientes como el cinc, yodo y hierro. Esto es un problema, advierte, puesto que una tercera parte de la población mundial se alimenta casi exclusivamente de estos alimentos básicos.

Las consecuencias de una alimentación deficiente son desastrosas: la carencia crónica de vitamina A, por ejemplo, lleva a la pérdida de la visión. “Cada año, hasta medio millón de niños se quedan ciegos antes de alcanzar los dos años de edad”, dice Biesalski.

En muchos casos, las enfermedades y los casos de muerte no se atribuyen a una alimentación deficiente. La falta de cinc, por ejemplo, debilita el sistema inmunológico. Por ello, científicos suponen que la carencia de micronutrientes es indirectamente responsable de un sinnúmero de enfermedades mortales. “Cada año, dos millones de personas mueren por desnutrición”, señala Biesalski. Una causa de muerte muy común es la diarrea, porque impide que el cuerpo absorba importantes micronutrientes.

Los primeros 1000 días de vida

El nutriólogo alemán explica que los primeros mil días en la vida de un ser humano, desde la fecundación del óvulo en el seno materno hasta cumplir los dos años de edad, son decisivos: “Si en ese tiempo, primero la madre y después el niño se alimentan deficientemente, esto puede tener graves consecuencias para la vida del niño”.

Biesalski está convencido de que también en Alemania y otros países industrializados existe el “hambre escondida”. Esta afecta sobre todo a los niños de familias de bajos ingresos, donde el dinero no alcanza para asegurar una alimentación equilibrada.

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