El brote de ébola de 2014 se inició debido al consumo de animales de monte, como murciélagos.

El ébola, como todos los virus, busca colonizar el organismo al que ha entrado y reproducirse para migrar a otro cuerpo y repetir el proceso. Como el sida, ataca el sistema inmunológico. La diferencia consiste en que estropea de tal manera el cuerpo infectado, que muy pocos logran sobrevivir al contagio.

Esa letalidad extrema, que casi lo convierte en una sentencia de muerte, es paradójicamente una de sus debilidades. Mata demasiado pronto y no da tiempo a que se produzcan nuevos contagios. Si se le compara con la viruela, la difteria o el VIH, su tasa de contagio es baja, lo que determina una cifra total de muertos moderada. Entre 1976 y 2012, durante las 24 epidemias anteriores, esta enfermedad condujo en total al deceso de 3.000 personas, que es apenas el uno por ciento de las víctimas mortales al año que produce la influenza.

Pero en 2014 la situación se ha agravado. Según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicado a mediados de noviembre, la actual epidemia de este patógeno ha logrado infectar a más de 14.000 personas, la mitad de ellas en las últimas cinco semanas. Y según advirtió a principios de octubre la misma entidad, si no se hace nada por detener su avance, ese número podría multiplicarse por 100, con la devastación social, política y económica que se desataría, no solo a nivel local. Los recientes contagios en España y Estados Unidos –y las crisis político-sociales que desataron– muestran sin ambages que se trata de un problema mundial.

 Para el microbiologista belga Peter Piot, uno de los descubridores del virus en 1976, el brote de 2014 surgió en una ‘tormenta perfecta’. Es decir, gracias a una serie de circunstancias individuales cuya combinación llevó al desastre actual. “Algunos de los países afectados acababan de salir de guerras civiles, muchos de su médicos se habían ido y sus sistemas de salud colapsaron”, afirmó en una entrevista publicada por el semanario alemán Der Spiegel. A esos factores, los expertos han sumado los cambios ecológicos que han traído las intervenciones humanas en las selvas de África occidental o el calentamiento climático a escala global.

Según se ha podido establecer, el brote de 2014 se inició debido al consumo de animales de monte como murciélagos o gorilas en las zonas interiores de Guinea, cerca de la frontera con Liberia y Sierra Leona, los tres países más afectados por la epidemia. Esa región hasta hace poco estaba cubierta por selvas, pero durante la última década ha sido ampliamente deforestada. Según datos de Naciones Unidas, desde 1990 estos países han perdido entre el diez y el 15 por ciento de sus bosques tropicales, a lo que se añade la construcción de carreteras, la expansión de las zonas de explotación agrícola y la creación de nuevas poblaciones humanas.

Como le dijo a esta revista Richard Kock, profesor de Salud de la Fauna Silvestre y Enfermedades Emergentes en el Royal Veterinary College de Londres, “los cambios en el paisaje humano pueden estar afectando la distribución de las especies salvajes infectadas con el virus. Hoy, las probabilidades de que entren en contacto con el hombre se han vuelto frecuentes, y también las de que una persona infectada entre en contacto con otros humanos. Esos cambios han hecho crecer las posibilidades de que un humano contagiado le pueda transmitir el virus a otros”.

De hecho, una de las mayores diferencias del brote de 2014, con los anteriores, es que en esta ocasión los contagios llegaron a las capitales de los países, centros urbanos comunicados por vía aérea y marítima con el resto del Planeta. No obstante, debido a las guerras civiles, a las dictaduras y a otros lastres del subdesarrollo, esas ciudades tienen infraestructuras precarias y, según Naciones Unidas, los peores sistemas sanitarios del mundo. A su vez, hay sectores enteros donde el hacinamiento es tal, que resulta imposible hacer el seguimiento de las personas que hayan estado en contacto con un enfermo de ébola, una de las claves para contener la epidemia. “La urbanización es crucial para que la enfermedad aparezca en grandes poblaciones humanas”, dice Kock.

Los cambios en la temperatura terrestre y sus efectos sobre las estaciones de lluvia han sido asociados con el impacto de la actual epidemia. Un estudio publicado en 2002 por la revista Photogrammetric Engineering and Remote Sensing ya señalaba que los datos meteorológicos de satélite “muestran que los cambios térmicos fuertes y repentinos de condiciones secas a húmedas están asociadas con los brotes de los años noventa”. Y preveía que “la extensión de los marcados cambios climáticos sugieren que las epidemias de ébola son posibles en áreas más amplias de África ecuatorial”.
 
Y eso es lo que está sucediendo hoy en Liberia, Sierra Leona y Guinea, cuyas estaciones climáticas se han hecho más marcadas. Esto produce repentinos e intensos periodos de floración y fructificación de las plantas, que propician grandes concentraciones de diferentes especies en áreas pequeñas. “Esto les permite a microbios como el ébola saltar de una especie a otra”, explica la periodista científica Sonia Shah en un artículo publicado por la Universidad de Yale, en el que enfatiza que “cuando comienza a haber grandes cantidades del virus circulando en nuevas especies, este se puede transmitir rápidamente a través de la sangre o de otros fluidos a los seres humanos”.

Si bien las repercusiones de las acciones humanas en la naturaleza tendrán a corto plazo efectos visibles –como el ascenso del nivel de los océanos o la desertificación de ciertas zonas del planeta– otras consecuencias serán más silenciosas, pero no menos catastróficas. Para el ébola hay en curso vacunas y tratamientos, que pueden o no funcionar. Pero el grueso del problema se halla en nuestra relación con el ambiente, donde las consecuencias de nuestras acciones son difíciles de prever y afectan a varias generaciones.

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