Una falla geológica resquebrajó a Inga de Aponte y hoy pocos viven allí. Los que quedan obtienen su sustento de cultivar de café especial de altura y esperan la ayuda del gobierno. (*Periodista)

7:30 a.m. Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá. Una de las auxiliares de vuelo llama a abordar el avión que se dirige al aeropuerto Antonio Nariño de San Juan de Pasto. Sin embargo, esta historia no comienza aquí, ni siquiera en París, un año antes, durante la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 21) donde esta organización internacional le otorgó a la comunidad indígena Inga de Aponte, Nariño, el Premio Ecuatorial por su fortaleza, resiliencia y búsqueda de un desarrollo sostenible.

Todo empezó en los años noventa, cuando el auge de la amapola se tomó no solo las montañas del sur de Colombia, sino el país entero.

9:30 a.m. Por primera vez piso tierra nariñense. Cadenas de montañas se alzan ante mis ojos mezclando un sinnúmero de verdes que me hacen evocar mi natal Santander. Pero, esta no es mi historia, sino la del resguardo Inga ubicado en Aponte, un apartado lugar en el municipio de El Tablón de Gómez a tres horas de Pasto. Un territorio de casi 23.000 hectáreas que desde 1994 y hasta1996 se convirtió en el principal productor de amapola.

“Limpiábamos cada milímetro de tierra hasta que quedaba como polvo para cultivar la semilla, de la que más adelante sacábamos la goma o el látex que se convertía finalmente en morfina y heroína”, cuenta Hernando Chindoy mientras avanzamos por una carretera polvorienta y llena de curvas que llevaría hasta su territorio.

Hernando es, quizá, el líder más importante y recordado por los inga. Este hombre de piel morena, no más de 1,60 metros de estatura, voz suave y paso lento, es el responsable de que hoy el resguardo tenga un título de propiedad y esté libre de amapola.

A través de la ventana de la camioneta blindada que maneja Javier, también indígena y encargado de la seguridad de Hernando, se ven las montañas que durante años se pintaron de rojo, no solo por la flor de la amapola, sino por la sangre que ingas, campesinos y colonos derramaron a manos de las Farc, paramilitares y narcotraficantes.

“A mediados de los noventa tuvimos el pico más alto de producción. El kilogramo de goma, es decir, el producto bruto, llegó a valer más de 1 millón de pesos.  Teníamos sembradas 1.800 hectáreas con amapola y producían semanalmente entre 6.000 y 8.000 millones de pesos. Era una locura. Una persona se podía hacer, en un par de días, hasta 10 millones de pesos. Muchas veces no les pagaban en efectivo sino con armas, casi todos tenían una, hasta Mini Uzis”, recuerda Hernando.

La fertilidad de los suelos les daba hasta tres cosechas al año. El negocio era tan atractivo que pasaron de ser 1.400 habitantes en 1991 a 35.000 en 1994. Era un territorio sin Dios ni ley, que había perdido cualquier rastro de ancestralidad.

12:45 p.m. Llegamos a El Tablón de Gómez. Cada vez nos acercábamos más al resguardo, así como al momento de la historia en que Hernando decidió regresar e iniciar el proceso de recuperación del territorio y erradicación de la amapola.

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En enero de 2003 lucharon para que el territorio de 22.283 hectáreas les fuera titulado como resguardo y presentaron la solicitud ante el antiguo Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora). A la par comenzaron las mingas de pensamiento, unas reuniones en las que los mayores (abuelos), hombres, mujeres, jóvenes y hasta niños, se sentaban a hablar y reflexionar sobre lo que estaban haciéndole a su madre, la tierra.

“Este proceso fue necesario para entender nuestra existencia, nuestra historia como ingas, donde la tierra nuestra madre. Parte de nuestra responsabilidad era cuidarla, no podíamos seguir siendo cómplices de tanto sufrimiento. Conversar con los abuelos de comunidades hermanas como los sionas y los cofán del Putumayo, volver a conectarnos con la naturaleza a través de las plantas sagradas y escuchar lo que ella nos decía, fueron momentos fundamentales para sensibilizar al resto de compañeros y dejar nuestro territorio libre de cultivos de uso ilícito”, manifiesta Hernando.

El 22 de julio de ese año el Incora expidió la resolución 013 y constituyó el resguardo. Ese fue el primer paso. Ahora que tenían titulado su territorio podían ejercer la soberanía.

Buscaron a los diferentes actores y comenzaron a pedirles, o más bien, a exigirles salir del terreno que legalmente, ahora les pertenecía. Pasaron dos largos años en los que muchos se desplazaron y otros más murieron antes de lograr que los alzados en armas abandonaran el resguardo.

La amapola se fue en febrero de 2004, un año antes que los ilegales. Cerca de 400 personas hicieron mingas durante una semana para erradicarla manualmente. “Muchos lloraban mientras la arrancaban, era difícil pensar qué vendría ahora”, recuerda Javier,  el indígena que condujo la camioneta que nos trajo a Inga de Aponte.

3:10 p.m. Un letrero y una grieta en el suelo de por lo menos dos metros  nos dan la bienvenida al Resguardo Inga de Aponte. Una fisura en el piso empieza a contar otra historia.

Desde 2015 este territorio, por el que tanto lucharon miles de ingas, empezó a partirse en mil pedazos. Una falla geológica vino a recordarles, diez años después, que probablemente la tierra había sufrido más de lo que ellos mismos se imaginaban.

Lo de Inga de Aponte parece otro Gramalote. Conforme avanza la camioneta las aberturas se hacen más grandes. Muchos ya dejaron sus casas y se trasladaron a las de familiares o amigos. Dos y hasta tres familias ocupan la misma vivienda sin importar el hacinamiento, huyen de un desastre latente que amenazaba con destruirlo todo.

5:00 p.m. La noche se acerca. El recorrido continúa pero esta vez con la compañía de María Lourdes Jansasoy, consejera mayor en el Tribunal de Pueblos y Autoridades Indígenas del suroccidente colombiano, una mujer clave en todo el proceso del pueblo inga. En una de las calles nos cruzamos con un niño y su padre. El pequeño de 5 años le pregunta: “Papá, ¿cuándo van a dejar de partirse las casas?” Un silencio absoluto es la respuesta.

Al cierre de esta edición llamé a Hernando para saber qué pasaba con el pueblo, casi cinco meses después de conocer su tragedia. La respuesta comenzó como la de aquel hombre con su hijo. Primero un silencio y luego, “ya no queda nada”, dijo. “Algunos viven en sus casas agrietadas porque no tienen para dónde irse. Hemos recurrido a Naciones Unidas, al Ministerio del Interior y a la Defensoría del Pueblo buscando ayuda. No hemos encontrado avances, así que pusimos una acción de tutela contra casi 17 instituciones”. Hoy solo esperan el fallo de la corte, mientras construyen nuevas casas cerca al antiguo pueblo.

Siguen a la espera de soluciones y no dejan de cultivar café y criar peces. Desde que dejaron la amapola esos han sido sus principales ingresos. Confían en que el Kusny, un café especial de altura y que dicen tomaban los dioses ingas, alcance en poco tiempo los mercados internacionales. 

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