Los colombianos se escandalizaron con los terroríficos descubrimientos que dejó la toma del llamado ‘Bronx’ por parte de la Policía esta última semana. Dentro de cinco cuadras a pocos metros de la Casa de Nariño había venta de drogas, crueles torturas, abuso infantil, asesinatos, secuestros y esclavitud. Una triste realidad que deja un sentido de deja vu con eventos del pasado.

Probablemente el alcalde Peñalosa y muchos bogotanos encontraron la similitud con lo ocurrido hace 20 años, cuando el mismo funcionario derrumbó El Cartucho con promesas de renovación urbana. El Parque Tercer Milenio que se construyó en ese antiguo ‘Bronx’ no hizo sino correr un par de cuadras el eje del crimen. Los paisas también deben tener presente la movilización policial que intentó acabar con las ‘zonas de tolerancia’ que se habían tomado los alrededores del Museo de Antioquia hace unos meses y los vallecaucanos no encontrarán muy distintos los operativos que se hacen regularmente para “recuperar” la zona de El Calvario.

Es indudable que se necesitaba una firme acción policial en los tres casos, pero pareciera que esta se queda corta ante la profunda crisis social que allí se vive. La resistencia de las ‘ollas’ y su reaparición en nuevos escenarios debe ser vista desde su relación con la que puede ser la población más vulnerable de la sociedad: los habitantes de la calle.

El estigma que acompaña a este grupo le impide superar los innumerables obstáculos que enfrentan diariamente. La administración Peñalosa les ha ofrecido albergues temporales, pero muchos se han negado a aceptarlos. Al respecto, el padre José González; director de la Fundación Samaritanos de la Calle, que trabaja con esta población, es enfático sobre la ineficacia de esta medida. “Los habitantes de la calle necesitan mucho más que un plato y una cama para salir de su grave situación.  Las soluciones tienen que ser integrales porque estamos hablando de una problemática que afecta personas y su humanidad nos exige tratarlos dignamente”, explica.

“Hay que buscar a quiénes están detrás de los ‘Bronx’. Hay unas mafias que necesitan vender e incluso la misma fuerza pública se ha visto involucrada. La toma de las ‘ollas’ no puede ser un proceso de meses, sino una política permanente y estable que vaya más allá de los colores políticos y los cambios de gobierno”, dice.

Para él, es clave identificar que su situación de indigencia está relacionada es con el consumo de drogas. “Un habitante de calle es un ser completamente dependiente debido a su adicción”, cuenta González. Para él, esta dependencia es una condición médica. Por lo tanto, el Estado debe responder por ellos y garantizar su derecho a la salud. Esto incluye atención psicológica, trabajo social, ayuda médica y condiciones de vida dignas.

Sin este tipo de apoyo, los habitantes de la calle quedan a expensas de los criminales, como sucedía en el ‘Bronx’. A cambio de suplir su dosis diaria pueden ser manipulados para cometer los actos más atroces. Para el padre González, las alternativas que ofrecen el Estado y fundaciones para la rehabilitación suelen quedarse cortas y ser muy radicales. Se centran en cortar el suministro de sustancias en vez del bienestar personal del adicto.

“El proceso de rehabilitación es lento y gradual. No se puede esperar que solo con quitarles el acceso a las drogas se acabará la dependencia”, cuenta. Para él, la adicción tiene mayor relación con la falta de lazos afectivos con los demás. “El habitante de la calle llega a su condición porque no le queda nada más que el consumo, ha cortado todo vínculo emocional”.

El periodista Johann Hari, que hizo una extensa investigación de tres años sobre el tema de las drogas, tiene una visión similar. Su encuentro con cientos de historias de adictos lo llevó a concluir que lo que todos tenían en común era la falta de motivación para vivir. Su conclusión fue que, en un mundo en el que cualquiera está expuesto a comportamientos y sustancias adictivas, es la conexión con la sociedad la que determina la vulnerabilidad ante la adicción.

Ante esto, el compromiso no debe recaer enteramente en el Estado. La sociedad misma debe estar dispuesta a entender que el habitante de la calle es parte de ella. El castigo y el rechazo no hacen sino confirmar su fragilidad y aislarlo aún más. “Si hoy no hay tanta radicalidad respecto al consumo mínimo, tampoco debería haber tanta radicalidad a la hora de ayudar a los adictos”, dice González. Esto los deja a merced de intereses criminales.

El surgimiento del ‘Bronx’ demostró el fracaso a largo plazo de la acción militar como única respuesta a los centros de expendio y crimen en las ciudades. Finalmente, las estructuras criminales encuentran nuevos espacios para fortalecerse y lo hacen a costa de los habitantes de calle. El cierre del ‘Bronx’ los pone en búsqueda de nuevas víctimas para fortalecerse.

“Yo preveo que la población de calle aumentará en el futuro cercano, a menos que se encuentre una forma de resocialización. Se debe abrir a esta población los espacios educativos, culturales y de salud, de manera que pueda resarcir el daño que los llevó a convertirse en adictos”, concluye el religioso. Al fin y al cabo, no se está pidiendo más que el reconocimiento de los derechos básicos que tienen como seres humanos. 

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