Lo ideal sería crear una cadena productiva alrededor de las plantas medicinales.

Si el Estado centra sus esfuerzos y recursos en apoyar los estudios; si la empresa privada hace su aporte financiero para apoyar la biotecnología en el país; si las autoridades departamentales promueven en sus regiones la siembra de las plantas estudiadas; si se logra cumplir con todos los requerimientos legales aplicables a los medicamentos; si se puede avanzar en las fases 1 y 2 para prueba en pacientes, entonces será una realidad tener a comienzos del 2017 en el mercado nacional el primer fitomedicamento contra el cáncer producido por científicos colombianos.

Aunque parecen demasiados condicionantes, son mayores los que han superado los investigadores que hacen parte del Grupo de Inmunobiología y Biología Celular de la Universidad Javeriana.

Dirigidos por la doctora Susana Fiorentino, el grupo de jóvenes científicos de la Javeriana han estudiado y probado durante 11 años los efectos antitumorales de dos plantas que se dan silvestres en muchas regiones colombianas: el anamú y el dividivi, usados ancestralmente por los indígenas, pero que solo hasta ahora, en nuestro país, podrán ser convertidos en una pastilla que actuaría como coadyuvante en los tratamientos contra el cáncer.

La ‘magia’ del anamú

El anamú (Petiveria Alliácea), llamada también ‘hierba de ajo’, es una planta que crece como maleza en áreas tropicales y cuyas hojas y tallos han sido aprovechados por comunidades indígenas de Centro y Suramérica, el Caribe y África para tratar la diabetes, artritis, como antiinflamatorio y para fortalecer el sistema inmunológico.

A pesar de que estudios botánicos hechos en el país dan cuenta de las propiedades de esta planta, la doctora Fiorentino y su equipo han investigado desde 2004 los efectos antitumorales del anamú. Desde el laboratorio de Inmunobiología de la Javeriana, y con el apoyo financiero de Colciencias y el respaldo y la experiencia de la Universidad Juan N. Corpas y el laboratorio farmacéutico Labfarve, han adelantado estudios científicos para ver los efectos que podría tener en pacientes con cáncer.

Como comenta Fiorentino -doctora en Inmunología de la Universidad de París-, “las pruebas en laboratorio con una pequeña extracción de la hoja muestran que algunas de sus moléculas hacen que disminuya el consumo de azúcar en el tumor. Es decir, se daña el metabolismo glicolítico de este, y la célula cancerígena comienza a morirse de hambre”. Adicionalmente, otra molécula de la planta va a la mitocondria y le daña una de sus proteínas, por lo cual la célula no puede producir energía. Así, la célula queda bloqueada y el tumor, poco a poco, muere.

Los experimentos hechos en laboratorio con ratones permiten suponer que sería igualmente efectivo en el tratamiento del cáncer en humanos, especialmente en pacientes con leucemia y cáncer de seno, sin los efectos tóxicos de los medicamentos biológicos, según Fiorentino.

Para producir el fitomedicamento, que ya cuenta con la patente para Colombia y Estados Unidos se necesitan recursos financieros que permitan comprar el material vegetal, los reactivos, producir el medicamento en grandes cantidades, hacer los estudios de toxicidad en animales y de ahí proceder a hacer el estudio clínico de fase 1 en pacientes.

Las semillas del dividivi

Por su parte, el dividivi (Caesalpinia spinosa), es un árbol leñoso que crece especialmente en La Guajira y Boyacá, y se usaba anteriormente para la obtención de taninos en la industria del cuero.

Este produce unas semillas que una vez secas y maceradas permiten que se extraiga de ellas una gran cantidad de derivados del ácido gálico. Tales derivados contienen unas moléculas que, probadas en el laboratorio, permiten observar la disminución de venas alrededor del tumor e impidiendo la oxigenación del mismo. “Esto hace que el tumor se muera más fácil en el sitio donde está y que no pueda migrar a otros órganos, es decir. Además, activa la respuesta inmune es decir que el tumor se muere y le da señales al sistema inmune para que este se active, mate las células que quedaron y a las que producen metástasis”, asevera la científica.

Para adelantar este proyecto con el dividivi, que se encuentra más adelantado que el del anamú, el Grupo de Inmunobiología ha contado con una financiación de 5.500 millones de pesos. Gran parte de estos dineros provienen del Distrito Capital, y cuenta también con aportes del Hospital San Ignacio, la Universidad Javeriana y la Universidad del Valle y el apoyo de laboratorios Labfarve. Se necesitan aún más recursos financieros que permitan posteriormente establecer una estructura productiva estable que conlleve al mercadeo del medicamento inicialmente en Colombia y posteriormente en el mercado latinoamericano.

El escenario ideal, según Fiorentino, sería crear una cadena productiva alrededor de las plantas medicinales, donde los agricultores siembren en condiciones de buenas prácticas; una industria que les compre la materia prima y la trasforme en el fitomedicamento con y un POS que los suministre a los pacientes con cáncer a costos viables.

Para Susana Fiorentino el trabajo con estas dos plantas, más allá de sus alcances en el tratamiento contra el cáncer, abre numerosas expectativas sobre lo que hace el país en materia de biotecnología.




Como señala enfáticamente, “en Colombia no existe ninguna legislación con respecto a las ‘spin off’, que son las empresas que se crean en el país con base en el conocimiento. No existe ninguna normativa que permita a los académicos sacar sus conocimientos y volverlos producto. Estamos en un valle de la muerte tanto legislativo como económico”.

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