Muchas veces los científicos se encuentran a años luz de la cotidianidad de los ciudadanos y no es posible hallar una relación directa entre sus investigaciones y las aplicaciones prácticas, útiles para el ciudadano de a pie. No obstante, el ‘Código de Barras de ADN’ para identificación de especies comercializadas de pescado es el matrimonio perfecto entre ciencia y la cotidianidad.

El ADN (ácido desoxirribonucleico) contiene una huella única con la que cuenta cada especie, ha sido utilizado por los taxónomos desde hace muchos años para caracterizar y describir cada especie vegetal o animal en nuestro planeta y determinar a qué familia y grupo pertenece cada individuo; pero el profesor Paul Hebert, de la Universidad de Guelph en Ontario (Canadá), lanzó hace unos años una novedosa iniciativa.

El profesor Hebert dio el primer paso en la creación de una gigantesca base de datos en la que se inscriben cada uno de los códigos genéticos contenidos en el ADN de cada especie vegetales y animal para poder identificar unas de otras.

Bajo este protocolo el consumidor puede saber si el producto que está comprando es efectivamente el que le están ofreciendo o si le están metiendo ‘gato por liebre o basa por róbalo’.

Quien logró ‘ponerle el cascabel al gato’ fue el profesor Howard Junca, microbiólogo de la Universidad de Los Andes, M.Sc. Genética de la Universidad Complutense de Madrid, España y Ph.D en Ciencias Biológicas de la Universidad de Brunswick, Alemania. Este científico colombiano de 40 años se dio a la tarea, junto con el grupo de investigadores de Corpogen y con el apoyo del laboratorio de microbiología de la Universidad Nacional, de hacer el primer muestreo de pescados comercializados en la ciudad de Bogotá.

El profesor Junca salió a la calle con su equipo de investigadores por plazas de mercado, restaurantes, supermercados y almacenes de grandes superficies a comprar pescado de todas las clases y usando el código de barras logró identificar cada una de esas muestras y descubrir si efectivamente correspondían a lo que habían comprado.

Los resultados fueron escandalosos y sorprendentes, “uno de cada tres pescados que compramos bajo una etiqueta no corresponden a su verdadera especie, corresponden a una especie cuyo valor es tres y cuatro veces inferior al producto que nos están vendiendo”.

Cerca del 40 por ciento de las muestras de la investigación resultaron no ser la especie que se compró lo que se considera como fraude. “Podría ser que en la cadena de distribución esté el ‘cambiazo’, uno de los casos que nos encontramos fue el de un restaurante muy conocido y prestigioso de Bogotá que vende una especie de bagre y resultó siendo el conocido pez basa, cultivado en el sudeste asiático, pero el restaurante no lo sabía; por el contrario, se mostró muy interesado en que le ayudáramos a identificar si lo que estaban comprado a su proveedor, correspondía con lo que estaban pagando por el producto”, afirmó Junca.

En el caso de esta investigación, el profesor Howard asegura que los resultados se obtuvieron a partir de un moderado número de muestras, 300 en total, cantidad que arroja derivaciones supremamente concluyentes respecto al fraude que sistemáticamente se viene cometiendo en detrimento de los consumidores.

Estos engaños, trampas y fraudes se presentan ante la indolencia de la autoridad, pues “el INVIMA no está utilizando esta tecnología, que en realidad es supremamente sencilla, más aun teniendo en cuenta que hace un año y medio, la FDA, Food and Drug Administration de los Estados Unidos, aprobó esta tecnología como el protocolo estándar adecuado para identificación de especies de pescados”, afirma con vehemencia el profesor.

A esta investigación se suma la de la profesora Susana Caballero de la Universidad de Los Andes, que ha logrado determinar que en repetidas ocasiones se vende al consumidor el popular viudo de capaz, pero que al ser analizado resulta ser un bagre amazónico conocido como pez mota, cuya práctica de captura se lleva a cabo dando muerte a delfines rosados para usar su carne en descomposición, rica en grasa, y así atraer al mota y darle captura.

Adicional al fraude existe un agravante: la investigación de la profesora Caballero determinó que esta especie que consumen los bogotanos sin la menor sospecha, es bioacumuladora de altos contenidos de metales pesados como el mercurio, nocivo para la salud humana, en especial para niños y madres gestantes.

Algunas personas toman la decisión de consumir ciertos productos que ofrecen una calidad nutricional superior y la ausencia de componentes potencialmente nocivos para la salud; es el caso de quienes consumen atún de la variedad ‘aleta amarilla’ cuyo precio en el mercado es de un 30 a un 40 por ciento superior al atún tradicional bajo el argumento que asegura ser más sano por los bajos contenidos de mercurio; sin embargo, este es otro caso de fraude, pues según los resultados de la investigación que lideró Howard Junca, el 50 por ciento de las latas que se venden como Atún Aleta Amarilla no lo eran en realidad.

Dos conclusiones prácticas que arrojó la investigación del Código de Barras de ADN son que existe un gran espacio para la implementación y utilidad de la técnica y de investigación. Por otra parte, deja al descubierto el inmenso vacío que permite indolente la autoridad que en este caso es el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (INVIMA).


*Director de Blu Verde

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