Fotos: Álvaro Cardona.

En los últimos cinco años, en el mundo se viene hablando del peligro que corre la seguridad alimentaria de su población. Si no se hace algo en las próximas décadas, para mediados del siglo XXI, más de la mitad de sus habitantes estarían en riesgo de desnutrición, por lo que es necesario, según la FAO, ampliar la tierra cultivable en más de 120 millones de hectáreas y aumentar las inversiones de esta actividad en casi el 50 por ciento.

Colombia, más que preocuparse, ha encontrado en este escenario la oportunidad para consolidarse como una potencia mundial en la producción de alimentos, capaz no solo de satisfacer la demanda interna, sino de abastecer las exigencias de otras naciones.

Es uno de los pocos países que se pueden dar el lujo de ampliar sus fronteras agrícolas, es decir, de poner al servicio de la producción de alimentos más hectáreas de las que hoy tiene cultivadas o destinadas a la ganadería y a la pesca.

Sin embargo, al correr esa cerca, el país debe tener en cuenta varios aspectos. El primero, de acuerdo con los ambientalistas, es que las nuevas tierras que se van a dedicar a producir alimentos deben tener una vocación intrínseca para esta actividad y no deforestar bosques o invadir fuentes hídricas como los páramos; de lo contrario, Colombia no sufrirá por desnutrición o hambre, pero sí lo hará por los desastres naturales, pues los embates del cambio climático serán más duros que hasta ahora.

Hay voces incluso más radicales como la del codirector del Banco de la República Carlos Gustavo Cano, quien desde hace varios años ha llamado la atención sobre la necesidad de que el país cierre su frontera agrícola porque con la extensión de la agricultura se ponen en riesgo otros recursos naturales. “No podemos permitir que la frontera agrícola se extienda a los páramos porque sería arruinar las fábricas de agua, que son precisamente el elemento por el cual vive la agricultura y se hace sostenible. En los casos de la selva tropical húmeda y del bosque amazónico, tenemos que cerrar no sólo la frontera agrícola, sino la de la minería porque los cambios del uso de suelo son los mayores emisores de dióxido de carbono en el trópico húmedo y es ese fenómeno el responsable de más de una tercera parte del calentamiento global”, indicaba el funcionario en una entrevista que le dio al diario La Nación, de Neiva.

Pero además del tema ambiental y de acuerdo con Fedesarrollo, si el país quiere consolidar una verdadera política comercial agrícola, debe incrementar la productividad agropecuaria y la transferencia tecnológica, así como la consistencia entre el uso del suelo y la vocación; debe promover los encadenamientos y el valor agregado de los productos, es decir, centros de acopio, cuartos de frío y centros de procesamiento, y debe ampliar y diversificar los mercados interno y externo.

Así, se hace necesario un plan de trabajo coordinado, que involucre al gobierno nacional, a los entes territoriales y municipales, al sector privado, a los gremios del sector, así como a los pequeños y medianos productores y comercializadores, en el que se establezca el papel que cada uno de estos actores debe desarrollar y donde las metas de producción, consumo y exportación sean claras y alcanzables.

La apuesta

Estas son las tres regiones principales con las que Colombia pretende ampliar sus fronteras agrícolas, garantizar la suficiencia de alimentos en todo el país, convertirse en una potencia agraria mundial y jugar un papel protagónico en la seguridad alimentaria del planeta, que de aquí a 2050, según la FAO, requiere aumentar su producción de alimentos en 70 por ciento:

La Orinoquia

El 12 de enero de 2014, el Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes) expidió un documento que dicta los lineamientos para el desarrollo económico y social de esta región, que equivale al 33 por ciento del territorio nacional y donde por lo menos tres millones de hectáreas tienen vocación para producir alimentos. Su desarrollo es una gran oportunidad para el sector agropecuario si se tiene en cuenta que hoy el país tiene un total de 4,7 millones de hectáreas sembradas.

El objetivo es replicar el modelo aplicado en Brasil, con el que ese país es actualmente potencia mundial agrícola. Se busca, además, que las casi 140.000 personas que habitan en la región garanticen su subsistencia económica y su desarrollo nutricional, y que en menos de diez años, la Altillanura aporte el 0,4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.

La primera inversión será de 9,6 billones de pesos, enfocada en los municipios ubicados en la ribera del río Meta, como son Puerto Carreño, La Primavera, Santa Rosalía y Cumaribo, en Vichada, así como Puerto Gaitán, Mapiripán y Puerto López, en Meta.

La idea es desarrollar la región bajo un modelo económico de asociatividad entre productores e inversionistas, que ponga en marcha proyectos productivos a gran escala de arroz, sorgo, plátano, soya, yuca, cacao, pastizales, palma de aceite y ganadería.

Sin embargo, la Orinoquia debe asumir tres retos para lograr su objetivo: instrumentar tecnología para aprovechar bien el suelo y los recursos hídricos; definir la propiedad de la tierra y un modelo de administración de la misma, donde se establezca el uso de los baldíos, y redistribuir la propiedad de áreas ocupadas ilegalmente y, en muchos casos con violencia, y desarrollar infraestructura vial, fluvial y aeroportuaria que le permita conectarse con eficiencia con el resto del país y los mercados internacionales.

El Caribe

Los ocho departamentos que integran esta región tienen un total de 4,4 millones de hectáreas con vocación agrícola, beneficiadas en gran medida por su variedad ecológica y por contar con ecosistemas de selva húmeda y bosque seco, lo que facilita producir distintos alimentos.

En la región Caribe se produce principalmente arroz, banano, plátano, yuca, palma de aceite, maíz, sorgo y frutas como coco, mango y patilla. La ganadería y la pesca también ocupan uno de los principales reglones de la economía local. Para una región cuyos sectores agrícola y ganadero generan el 47 por ciento del empleo de los departamentos que la conforman y representan casi el 30 por ciento del PIB agropecuario nacional, los retos para ser competitiva en producir alimentos pasan por ordenar su cadena de comercialización, en la que no participen numerosos intermediarios que solo encarecen los precios de los productos hasta cuando llegan al consumidor final.

Además, la industria se debe encaminar hacia producir alimentos con altos estándares de calidad, donde se implementen las normas sanitarias internacionales y se genere empleo formal, para ser competitivos en los mercados de Europa, Asia y Norteamérica, principalmente.

La región Andina

La variedad de climas y de suelos ha convertido esta en la zona agrícola del país por excelencia. En sus siete departamentos se cultiva yuca, maíz, papa, café, arroz, sorgo, cacao, caña, fríjol, legumbres, algodón, trigo, cebada, soya y frutas como naranjas, mangos, mandarinas y guayabas. La ganadería y la pesca de río también contribuyen de manera importante a la producción de alimentos en Colombia.

Para ser más competitiva, la región Andina debe apostar por industrializar la producción de varios de esos alimentos, por organizar y destinar las tierras para que generen los mayores rendimientos con un cultivo o con otro –tanto en cantidad como en beneficio económico–, así como por conectar eficientemente la región con los centros de consumo y los principales puertos de exportación.

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