El hambre oculta es uno de los padecimientos a los que se enfrentan millones de personas en el mundo, muchas veces sin saberlo.  Y es que la carencia de vitaminas y minerales como el hierro y el yodo, no siempre se evidencian a simple vista. Sin embargo, niveles bajos de estos micronutrientes causan desnutrición, especialmente en niños, niñas, adolescentes y mujeres en estado de embarazo.

El problema no es fácil de identificar pues no produce las mismas sensaciones que el hambre tradicional. La falta de micronutrientes puede traer gran variedad de consecuencias. Por ejemplo, en niños y niñas impide que alcancen un pleno desarrollo de su potencial físico, intelectual y social; su capacidad cognoscitiva es deficiente y a menudo es grave e irreversible. Además, el sistema inmunológico se compromete y en casos extremos se puede llegar a la ceguera e incluso a la muerte. 

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En América Latina y el Caribe el gran problema es que no se sabe cuánta comida consumen las personas y mucho menos si lo ingerido aporta el valor nutricional óptimo para el buen funcionamiento físico y mental.  Sin embargo, datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), estiman que al menos 22,3 millones de niños en edad preescolar y 33 millones de mujeres en edad fértil tienen deficiencia de zinc, yodo y vitamina B12, componentes importantes en las etapas de desarrollo y crecimiento. Además, se estima que al menos 51 millones de personas en la región no consumen las cantidades necesarias de zinc.

De acuerdo con el director regional en América Latina y el Caribe del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Miguel Barreto, “en ocasiones las personas comen lo que parece suficiente en cantidad, pero si nos fijamos en la calidad de los alimentos que consumen, en realidad  no están comiendo bien. Por eso, paradójicamente nuestros países hoy enfrentan algo conocido como la doble carga: obesidad y sobrepeso que coexisten con una deficiencia de micronutrientes”.

La clave para superar esta carencia es concentrarse en ayudar a los más vulnerables a mejorar la diversidad y la idoneidad general de su alimentación. América Latina tiene una particularidad y una ventaja debido a que la dieta de sus pobladores es diversa, en comparación con países en África donde se consumen grandes cantidades de un único alimento.

Estrategias para la cura

Asegurar que la población mundial tenga acceso a la cantidad suficiente de comida puede convertirse en una utopía. Por eso, una alternativa para tratar de cerrar la brecha de la malnutrición es la fortificación de algunos de los alimentos que están más a la mano del bolsillo de la gente.

La estrategia de biofortificación para combatir el hambre oculta, y de paso la desnutrición, busca cruzar varios ejemplares de semillas y mejorarlas de manera convencional, es decir, sin intervenciones en laboratorios, para así obtener cultivos que aporten mayores micronutrientes y que a la vez sean resistentes a condiciones climáticas adversas y plagas. Por esta razón existen desarrollos e investigaciones que tienen en cuenta las condiciones agroclimáticas y de fertilidad en los suelos donde se espera cultivar, ya que las características de cada país son diferentes.

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De acuerdo con Marilia Nutti, directora de América Latina de Harvestplus, organización internacional que trabaja en temas de biofortificación, el hambre oculta representa la deficiencia de micronutrientes y por eso desde hace más de 30 años vienen trabajando en el mejoramiento de semillas de yuca, fríjol, maíz y camote, para adicionarles vitaminas y minerales como hierro y zinc. 

Esta organización realizó estudios controlados en Uganda y Mozambique para comparar  a un grupo de personas  que consumía cultivos biofortificados con otro que no lo hacía.  Los resultados arrojaron que el consumo de fríjol mejorado aumentó los niveles de vitamina A en la población.

En África también se aplicaron estudios a poblaciones en Ruanda, donde los cultivos biofortificados aportaron niveles de hierro que aumentaron el desempeño cognitivo de niños y niñas. En el caso de Kenia se intervinieron los cultivos de yuca, lo cual incidió en mejores niveles de visión.

“La biofortificación en América Latina y el Caribe nació en 2004, cuando el gobierno de Canadá  financió  la iniciativa a través de investigación y mejoramiento de semillas”, indicó Nutti.  Los principales beneficiados de este mejoramiento en cultivos de maíz, yuca y fríjol, son los niños menores de 5 años y las mujeres en estado de embarazo.

Las corporaciones nacionales, centros de agricultura  y universidades son los que reciben la asistencia técnica para el mejoramiento de sus cultivos y semillas. Por ejemplo, en el caso de Colombia, el Centro de Agricultura Tropical (Ciat), cuenta con estrategias de biofortificación de fríjol para combatir la desnutrición. Estos avances tecnológicos se aplican actualmente en seis departamentos del país: Valle del Cauca, Cauca, Nariño, Meta, Santander, Cundinamarca y próximamente en Caquetá.

Seguir trabajando en diferentes herramientas que permitan mejorar la calidad nutricional de los más vulnerables debe ser una prioridad para el país, más cuando según datos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), solo en  2015 más de 17.000 niños se encontraban en situación de desnutrición aguda en primera infancia.  

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