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* Economista y estudiante de Maestría en Gerencia Ambiental de la Universidad de Los Andes, Colombia. ** Ph. D. Abogado Pontificia Universidad Católica del Perú.

Aunque nos guste pensar que somos muy racionales, nuestro comportamiento en decisiones tan sencillas como el uso de bolsas plásticas parece indicar que no pensamos cuidadosamente en las consecuencias que tiene.

La mala disposición de los residuos de plástico ocurre en tierra y en fuentes de agua. Según el diario español El País, en los mataderos de Nairobi (Kenia) se encontraron hasta 20 bolsas en los estómagos de algunas vacas destinadas al consumo humano. Por ello, hoy en día, en esta ciudad africana se deben revisar los intestinos de los animales.

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Mientras tanto, unos 8 millones de toneladas de plástico llegan a los océanos cada año. Estos residuos constituyen entre el 60 y el 80% de la basura marina, particularmente como fragmentos inferiores a 5 milímetros llamados microplásticos. El 70% de estos queda en el fondo marino, el 15% en la columna de agua y otro 15% en la superficie. Según Greenpeace, así se han generado cinco islas de basura flotante en los océanos: dos en el Pacífico, dos en el Atlántico y una en el Índico.

Por eso la pregunta es: ¿Si hoy se conocen todas estas terribles consecuencias, por qué sigue siendo tan difícil dejar de usar el plástico? En el informe Mente, Sociedad y Conducta que publicó el Banco Mundial en 2015 dice que las decisiones humanas se basan en tres principios. Uno de ellos  es el  pensamiento automático, es decir, actuar mediante el primer pensamiento que se tiene. Y ese es justamente el que dirige las acciones que tomamos en torno a este material.

En la mente del consumidor

Sin duda este suele ser el principio que actúa cuando se está frente a la  decisión personal de obtener una bolsa gratis en el supermercado. Las personas toman tantas decisiones diariamente que es imposible procesar toda la información necesaria para que cada una de ellas sea analítica y reflexiva.

Cuando la bolsa plástica es la opción por defecto, lo que termina por suceder es que en automático se presentan dos sesgos para la toma de decisión: el de confirmación y el de interés personal.

Según el sesgo de confirmación, las personas tienden a subestimar la información presentada en términos de probabilidades. Es decir, la posibilidad de que la bolsa acabe contaminando el agua, la tierra o incluso los alimentos de los que dependemos, tiende a rechazarse de manera automática frente a la certidumbre absoluta de la inconveniencia de no tener cómo cargar la compra. Como no estamos seguros de que en efecto habrá un mal manejo en la cadena de disposición, visualizamos solamente la comodidad de tener en qué cargar lo comprado.

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Que los seres humanos seamos egoístas no resulta sorprendente. Por eso, tendemos a preferir lo que beneficie nuestros intereses personales. Esa preferencia es la base del segundo sesgo. Mientras que sentimos directamente la desventaja que representa no poder usar una bolsa, sentimos que el medioambiente es una cosa lejana y nos cuesta mucho trabajo tomarnos la contaminación como algo personal. Si no lo sentimos o vemos, es difícil tomar medidas que nos causen incomodidad en  la vida diaria.

La regulación

En Colombia las decisiones que se han tomado para enfrentar ambos sesgos corresponden a la realidad aparente de que los individuos actúan como agentes egoístas y autónomos. Por ello es útil recurrir a incentivos materiales externos, como los precios, que en últimas influyó enormemente para que el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia, en su intención de prevenir los impactos nocivos de las bolsas, creara el impuesto nacional al consumo de estos elementos.

Más que el inicio, esta ley fue parte de una serie de medidas del gobierno colombiano para reducir el uso de las bolsas plásticas. Este paquete inició con la Ley 0668 del 2016 que reguló los empaques menores de 30 x 30 centímetros y ordenó la inclusión de mensajes alusivos al reciclaje y al cuidado del ambiente. Por ello no es posible identificar el efecto que tuvo la inclusión del impuesto como si fuera una única medida. Ambas acciones lograron, según Acoplásticos, que el uso de bolsas plásticas se redujera en 25% entre enero y abril de 2017.

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Las acciones que se tomen para cambiar comportamientos de consumo pasan por la blanda persuasión, la capacitación, la publicidad, el precio y, finalmente, la drástica sanción penal.  ¿Cuál de estas opciones es la más efectiva? ¿Cuál es la más conveniente y más eficiente en costos para producir los resultados? Eso depende de la población objeto, los medios disponibles y la predisposición del entorno social.

En el caso colombiano cobra fuerza la idea de aplicar políticas transversales que induzcan a un cambio en el comportamiento de los consumidores utilizando, en primer lugar, información que contenga elementos psicológicos que influyan en el comportamiento de los compradores y en segundo lugar, medidas económicas. Al invertir en campañas y regular el uso de las bolsas, la política pública señala que, en efecto, los daños provocados por el material son graves. Además, el precio permite que la persona los individuos asuman el costo personalmente. El bolsillo, sin duda, es uno de los caminos más cortos para llegar al pensamiento.

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