Édgar Gaitán, un indígena de 48 años, es uno de los más de 20 vendedores de la improvisada plaza de mercado del resguardo El Paujil, un sitio conformado por chozas de madera con techos de paja construidas sobre una calle polvorienta, ubicada a pocos metros del casco urbano de Inírida

Antes de llegar a su sitio de trabajo, Édgar sale de su casa a las cinco de la mañana y se dirige hacia el muelle del municipio, por donde pasan las aguas negras y amazónicas del río Inírida, un cuerpo de agua de 1.300 kilómetros de longitud que nace en la serranía de Tuhaní y que desemboca en el carmelito río Guaviare.

Le puede interesar: La Reserva, una segunda oportunidad para los animales víctimas del tráfico de fauna

Poco a poco, decenas de chalupas y lanchas llegan al muelle cargadas con peces como mojarras, pavones, cuchas, bocones, sierras, palometas, payaras, bocachicos, cachamas y amarillos, los cuales son cazados con mallas y anzuelos en los ríos Inírida, Guaviare y Atabapo por los indígenas que habitan en los 14 resguardos del departamento.

Luego de negociar el precio de los peces ellos, Edgar coge un tuk tuk (un moto carro de tres ruedas) para transportar en costales la mercancía que exhibirá hasta las cuatro de la tarde en la mesa de madera que tiene en su kiosko.

“Le vendo a todo el que llegue, es decir tanto a los más de 1.400 indígenas de El Paujil como a los dueños de los restaurantes del pueblo y a los turistas. De esta actividad he vivido desde los 20 años. Yo no pesco en el río, ya que los peces se sacan de sitios lejanos”, afirma este hombre de pelo negro y piel color melaza.

Sin embargo, dos veces por semana, Édgar compra en el muelle una especie silvestre que por años ha servido de alimento a los más de 20.000  habitantes del departamento de Guainía: la babilla, un reptil que en edad adulta puede alcanzar un metro de longitud.

“Las babillas, que acá conocemos como cachirres, son cazadas en los ríos. Casi siempre llegan los martes o jueves al puerto. Solo compro una por día (dos a la semana), como a $25.000 pesos. En la plaza la corto en seis partes: cabeza, cola, las dos patas traseras y las dos delanteras. Cada pieza la vendo como a $10.000, para así sacarle un poco más del doble de lo que pagué por todo el reptil. A veces también adquiero tortugas, como morrocoy, mata mata y cabezón, y lapas, un tipo de roedor”, asegura.

Es decir que en promedio, Edgar vende en su puesto de trabajo dos babillas cada semana, ocho al mes y 96 al año, las cuales exhibe totalmente cortadas por partes en una carretilla de color negro. Pero estas cifras se vuelven mucho más escandalosas si se le suma que en la plaza de mercado hay más indígenas que se dedican a la misma actividad.

De los 20 kioskos de la plaza, cerca de 10 viven de la venta de peces, babillas y tortugas. Los demás comercializan ají y productos elaborados con la yuca brava, el único cultivo de las comunidades indígenas. En resumidas cuentas, si la decena de vendedores de animales del Paujil adquieren dos babillas cada semana, la comercialización al mes sería de 80 individuos y casi 1.000 al año.

“Todos los indígenas nos hemos levantado consumiendo la carne de estos animales, con la cual hacemos sopas y sudados. Su sabor es muy similar al del pollo. Esta actividad hace parte de nuestra cultura, pero solo se puede realizar en los resguardos. En el casco urbano de Inírida está prohibida”, aclara Édgar.

Blindados por la ley

Desde que tiene uso de razón, Ángela Carvajalino, una mujer indígena de 34 años que vive en el casco urbano de Inírida con sus padres, su hijo menor y su esposo, ha comido carne de babilla, tortuga y otros animales silvestres que habitan en las espesas selvas del Guainía.

“Ese consumo hace parte de la tradición y las costumbres de la región. No hay un habitante de acá que no lo haya hecho, y todos lo ven como algo normal que no pone en riesgo a los recursos naturales. Eso se debe a que los resguardos indígenas cuentan con sus propias leyes y tienen una legislación especial, que les permite cazar este tipo de animales para su consumo y sustento”, dice Ángela, quien actualmente es la Secretaria de Tránsito de Inírida.

El Paujil, conformado por las comunidades Puinave y Piapoco, fue declarado como resguardo indígena en 1989, razón por la cual goza de autonomía propia y es manejado y administrado por las autoridades tradicionales de las comunidades.

“Como las comunidades indígenas siempre han vivido de la caza y la pesca, las autoridades de los resguardos permiten este tipo de consumo en sus pobladores. Por esta razón, la policía y la Corporación Ambiental no pueden hacer un control a la venta en la plaza de mercado del Paujil. Es el territorio de ellos, así que ellos deciden qué se puede o no hacer”, apunta Ángela.

Le recomendamos: Así funcionan las mafias del robo de ganado y el tráfico de carne en Colombia

Desde hace ocho años, esta mujer decidió no volver a comer carne de especies silvestres, ya que para ella el tema afecta el futuro de los recursos naturales de la región. “Como seres humanos debemos entender que la caza indiscriminada y el abuso excesivo de la naturaleza es algo nocivo. Debemos replantear la forma de ver, pensar y actuar sobre nuestros recursos”.

Pero este pensamiento no ha calado en las comunidades indígenas del departamento. “Es muy difícil cambiar una actividad que por siglos ha estado presente en el territorio. Ellos no están interesados en tener gallinas u otros animales de consumo para su sustento, ya que siempre han obtenido el alimento por medio de la caza. Con lo que no estoy de acuerdo es en que comercialicen las especies con todo tipo de personas, y no solo con los miembros de su comunidad”, complementa Ángela.

Camilo Puentes, quien vive en Inírida desde hace 35 años, denuncia que el mercado indígena del Paujil, al estar blindado por la figura de resguardo, se ha convertido en un centro de tráfico ilegal de fauna.

“Los indígenas sacan las babillas de la parte alta del río Guaviare y Castillito, un lugar cercano al río Orinoco. Allá las cazan y las traen a Inírida al mercado indígena, el cual, por hacer parte del resguardo del Paujil, no puede ser controlado por las autoridades. Pero no solo llegan babillas y tortugas, también se comercializan lapas, anacondas, loras y hasta guacamayas”.

Aunque no se puede actuar dentro de la plaza, para Camilo sí hay alternativas que mitigarían las afectaciones. “Las autoridades podrían poner sitios de control a la salida del resguardo, y así evitar que los colonos de la ciudad vayan a comprar animales. Los indígenas deberían ser los únicos que se alimenten de este tipo de especies, ya que siempre lo han hecho, pero ahora todo el que llegue a Inírida puede ir al mercado y comprar lo que se le antoje. Ese sí es un tema grave”.