Catherine Ashton y Javad Zarif.

En septiembre de 2013, los gobiernos de Irán y Estados Unidos tuvieron su primer acercamiento diplomático desde 1979, con una llamada telefónica que hizo titulares en todo el mundo entre los mandatarios de ambos países, Hasan Rohani, electo ese mismo año, y  Barack Obama.

Dos meses después de este acontecimiento, se pactaron una serie de negociaciones entre Irán y los países del G5+1, Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Inglaterra y Alemania, con el fin de concertar en algunos puntos cruciales sobre el programa nuclear iraní, una iniciativa que ha levantado las sospechas de la comunidad internacional, a pesar de que los gobiernos de este país han sido reiterativos en que el propósito del programa es netamente civil.

Todo se remonta a Agosto de 2002, cuando Alireza Jafarzadeh, una prominente figura de la disidencia iraní y un reconocido analista en temáticas como fundamentalismo islámico y  terrorismo reveló que en Irán existían centrales nucleares en las que se manipulaba uranio, un elemento químico que altamente enriquecido es utilizado en la construcción de armas nucleares.

En otra de sus revelaciones, Jafarzadeh habló de la existencia de alrededor de 400 expertos nucleares que trabajaban en un programa secreto de desarrollo de armamento nuclear, con el guiño de los grandes poderes del ayatolá Ali Jamenei, líder supremo y jefe de Estado,  el ejército y el gobierno.

Esto originó una serie de inspecciones por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas, que refirió este caso al Consejo de Seguridad del mismo organismo, tras declarar en un documento que “después de tres años de investigación intensa, la Agencia no ha podido clarificar algunos asuntos importantes en relación al programa nuclear de Irán” y que este país había incurrido en violaciones al Tratado de no Proliferación Nuclear al “ocultar la naturaleza” de esas actividades a la opinión pública.

La situación se profundizó cuando, además de las resoluciones impuestas por las Naciones Unidas, llegaron millonarias sanciones económicas sobre los bancos y las exportaciones petroleras iraníes, por parte de la Unión Europea, Estados Unidos, Corea del Sur y Japón, impactando profundamente la economía del país.

Los diálogos se presentan a menos de un año de la elección de Hasan Rohani como presidente. Por el momento, aunque sin haber sido revelado los avances concretos de las negociaciones, el panorama general después de la última ronda tuvo, según Catherine Ashton, jefa de Política Exterior de la Unión Europea y participante de estas discusiones, un “buen comienzo”.

Ashton aseguró a la prensa internacional que aunque el resto del camino para llegar a un acuerdo será “difícil”, las partes lograron concertar en los puntos importantes en tres días.

Por su parte, Rohani ha sido enfático en su interés por el mejor resultado de estos puntos, motivado por el levantamiento de sanciones económicas y el retorno de los activos por ingresos petroleros que fueron congelados, de los cuales Estados Unidos transfirió a inicios  de febrero de este año, 555 de los 4200 millones que equivalen al pago total de una de las sanciones.

Mientras tanto, Irán se compromete a no construir más centrales nucleares, proveer acceso diario a las plantas existentes para supervisión y detener el enriquecimiento de uranio por encima del 5 por ciento de pureza, todo en medio del pesimismo del líder supremo de Irán, la oposición de Israel y su bancada política en Estados Unidos y algunos países del Golfo Pérsico .

La conclusión de estas negociaciones deberá verse en menos de seis meses, con el 17 de marzo como la próxima fecha de diálogos. 

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