Mantas, collares y pulseras de culturas africanas han sido tomados por diseñadores occidentales para sus líneas de ropa y accesorios.

En 2008 tuve la inmensa fortuna de viajar a Kenia. En mi visita al Parque Nacional Masai Mara le compré a una señora masai una tela a cuadros roja y azul. Hace pocas semanas me enteré que la marca Louis Vuitton había lanzado su colección de primavera-verano de 2012 basándose en el diseño de esa tela (denominada shuka) y que habían patentado el diseño, lo que había provocado una gran controversia.

Sin embargo, lo primero que pensé al enterarme del debate, instintivamente, fue: “Ahora sí puedo salir a la calle con la cobija masai. Cuento con el aval de Louis Vuitton”.

No lo he hecho. Pero la sola descripción de algo tan banal como lo que acabo de contar pinta de cuerpo entero cómo Occidente, o lo que llamamos la civilización occidental, se ha adueñado de la cultura del planeta y, por razones de estética o simples leyes del mercado, decide qué merece sobrevivir y cómo hacerlo.

No sobra anotar que Colombia representa la periferia de esa civilización occidental, al tener un pie puesto en ella y otro en lo ancestral, lo que hace que vivamos en una constante contradicción.

El tema es de nunca acabar. Por un lado está el debate de las patentes, un tema del ámbito jurídico que a mí, personalmente, me rebasa. Indigna profundamente enterarse que una firma de Estados Unidos pueda darse el lujo de patentar el yagé, que es una tradición cultural milenaria de pueblos indefensos ante el ímpetu arrollador de su pool de abogados.

    

Por otro lado está la supervivencia misma de los saberes ancestrales. Y, en estos tiempos que corren, se plantea una gran paradoja. Primero, su salvación depende de la supervivencia misma de las culturas. Cada vez se hace más difícil que estas se mantengan al margen de la llamada civilización occidental, o que al entrar en contacto con ella logren mantenerse incólumes. Culturas muy poderosas como las de India, Japón o China han terminado adaptándose a modelos económicos y sociales occidentales. Una hibridación en la que conviven las geishas con las autopistas y la gran Muralla China con los rascacielos de acero y cristal de Shanghái. Pero la gran mayoría de sociedades, integradas por grupos de muy escaso poder económico y poblaciones diezmadas terminan, por lo general, absorbidas por dichos modelos.

Entonces esas culturas, para sobrevivir, apelan al mecanismo de hacerse visibles en Occidente. Y existen varias maneras de lograrlo. Una de ellas es convertir ese exotismo en destino turístico, con los riesgos de caricaturización que ello conlleva. Otro, lograr que esos objetos tradicionales se puedan vender en almacenes de la Quinta Avenida de Nueva York. O si no, unir artesanía con diseño, crear objetos contemporáneos a partir del uso de tradiciones de cestería, cerámica o tejido. Esta es una tarea que Artesanías de Colombia ha impulsado desde hace más de 20 años, y ha logrado que los artesanos mejoren sus ingresos al incorporar sus técnicas en objetos que se venden a buen precio, mientras aprenden a mejorar la manufactura misma de sus objetos tradicionales. Y surge la pregunta inevitable: ¿es eso bueno o malo? ¿Gracias al diseño las tradiciones folclóricas amenazadas logran una segunda oportunidad sobre la Tierra? ¿Pero acaso no es una manera de matar a pedacitos una tradición hasta desvirtuarla?

En términos de música resulta evidente que las llamadas fusiones o mezclas amenazan la esencia misma de una tradición. Sin embargo, gracias a estas, que pueden ser vistas como una apropiación de lo tradicional y tribal por parte de occidente, muchos ritmos y manifestaciones que parecían condenadas al olvido o a la llamada invisibilidad, comienzan a tener protagonismo en espacios más amplios.

Un clásico ejemplo, anterior a la fiebre de las mezclas y las fusiones, se dio en los primeros años sesenta, durante la llamada ‘invasión británica’, cuando, detrás de los Beatles, llegaron a Estados Unidos (y de allí al mundo entero) agrupaciones como los Rolling Stones y los Animals que cantaban temas de autores como Willie Dixon y Muddy Waters. El público norteamericano preguntaba acerca de esas canciones, mientras los músicos británicos no podían creer que en Estados Unidos el público promedio no supiera que se trataba de intérpretes de rhythm and blues de Chicago, que no pasaban en las emisoras blancas de radio. Fue necesario que la Beatlemanía legitimara el legado del blues urbano de los años cuarenta y cincuenta. Bob Marley triunfó definitivamente en el mundo gracias a la versión que hizo Eric Clapton de su canción I Shoot the Sheriff.

Casos similares se han visto en Colombia. Hace pocos años ChocQuibTown y Bomba Estéreo solo se conocían en nichos muy determinados. Hoy, los medios masivos que les habían dado la espalda los promueven, y lo hacen desde que se enteraron que hacían giras por todo el mundo y triunfaban en Europa. Pero eso no es todo. Músicos de fusión se han encargado de investigar las raíces del folclor y terminan grabando a veteranos de la música que, de no haber sido por los esfuerzos de sus discípulos de las grandes ciudades, habrían muerto sin dejar ni un solo compás grabado.

Desde tiempos inmemoriales las culturas evolucionan. ¿Cuántas expresiones folclóricas de las que no tenemos noticia habrán desaparecido a lo largo de la historia, muchas de ellas antes de la llegada de los occidentales a otros continentes, de los ‘encuentros de dos mundos’, del desarrollo desaforado del capitalismo y de la edad de los grandes imperios coloniales europeos?

Resulta inevitable no sentir nostalgia de un pasado en que muchas de estas manifestaciones lograban mantenerse al margen del arrollador avance de Occidente.

Hoy día, mucho de ese material, adaptado a la occidentalidad podría mirarse como se les ve a los ejemplares de la megafauna africana que tienen su única esperanza de sobrevivir en zoológicos o reservas naturales que preservan de manera artificial sus hábitats.

¿Qué es preferible? ¿Qué los guepardos se extingan definitivamente cuando desaparezcan sus hábitats naturales, o salvarlos de la extinción al convertirlos en animales domésticos y, por lo tanto, que dejen de ser guepardos? Las mismas preguntas pueden hacerse en torno a las culturas ancestrales. Y no parece haber respuestas a la vista.

 

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