Magalys Polanco, Anastasia García, María Luisa Uriana y María Milagros Ibarra junto a una mujer india en Barefoot College. (Foto: Julie Hall)

Dos horas tarda Magalys Polanco en llegar al hospital de Nazareth, donde hace fila para cargar su celular. En el centro médico de este pueblo, ubicado en la alta Guajira, se han dispuesto cargadores donde los pobladores de las rancherías esperan hasta que las baterías de sus aparatos se llenen y puedan tomar camino de nuevo, dos horas más.
Magalys no tiene energía en la casa que habita con sus cuatro hijos, pero sí un título de Ingeniera solar que muy pronto dejará de ser un papel. Junto con otras tres mujeres guajiras se encargará de encender, reparar y mantener en perfecto estado los paneles solares que producirán energía para más de 300 familias de una de las regiones más olvidadas de Colombia. “Me llamó mi prima y me dijo que me estaban buscando para ir a la India a convertirme en experta en paneles solares. Yo le dije que yo no podía ser ingeniera, que cómo me iba a ir para allá. Pero después lo entendí, le consulté a mis hijos y dije que sí”, cuenta Magalys.
Y emprendió el viaje junto a Anastasia García, María Luisa Uriana y María Milagros Ibarra, pertenecientes a las comunidades de Macuira y Kayushpanao, Jepen, Kolesiamana y Wimpheshi. Primero abordaron en Santa Marta, después en Berlín y al final en Nueva Delhi, para llegar hasta la villa de Tilonia, en Rayastán, India –donde está Barefoot College–, un lugar que las transformaría, junto con otras 40 indígenas del mundo, en expertas en paneles solares.
Barefoot College (El colegio de los pies descalzos) es un proyecto concebido por Bunker Roy para empoderar a los habitantes de las aldeas, rancherías o resguardos del mundo y mejorar sus condiciones de vida. “Barefoot le apuesta a defender la vida rural. La gente que habita el campo no debe salir corriendo a las ciudades a buscar un empleo, y dejar a un lado el conocimiento de sus raíces, sus tradiciones y su lengua. Es posible que usen su conocimiento para generar ambientes sostenibles en sus tierras”, afirma Rodrigo Paris, director de Barefoot para América Latina, parafraseando a su fundador. 
Por eso, el colegio reúne, durante seis meses, mujeres de todos los lugares del mundo para que aprendan el funcionamiento de paneles solares a través de señas, dibujos, números y símbolos. Las clases van de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde. Las instrucciones se dictan en inglés desde el principio, para habituar a las mujeres al idioma; sin embargo, el aprendizaje les toma mucho tiempo. Incluso, cuando regresan a sus comunidades han olvidado varias de las palabras que interiorizaron en la India. Solo recuerdan el nombre de algunas herramientas y un par de procesos que utilizaban en las clases.
“Fue difícil porque no sabíamos el idioma, íbamos solas en todos esos aeropuertos, la comida era muy diferente a la nuestra. Desayunábamos chapati (una masa aplastada de harina con diferentes cosas encima) siempre con vegetales. Comen muchas verduras en la India, en todas las comidas. Todo era picante. Me hacía mucha falta la carne, el cordero, en realidad, toda la comida de mi país”, afirma Magalys.
Por eso, cuando el embajador de Colombia en la India, Juan Alfredo Pinto, las visitó, fueron enfáticas con el menú: “¡Queremos pollo!”. El funcionario cedió ante los deseos de estas valientes mujeres indígenas que dejaron a sus familias para concentrarse en una sola labor: aprender. Y las recompensó con un menú que Magalys todavía recuerda.
En las clases les explicaban el funcionamiento de cada una de las piezas que conforman un panel solar. “Yo escribía los nombres de las herramientas tal como sonaban, no sé si aprendí inglés, pero el nombre de cada cosita sí me lo sé”. Cuida como un tesoro los libros que recibieron en la capacitación pues tendrá que remitirse a ellos cuando deba instalar los paneles y repararlos.
“Si educas a un niño tienes un hombre, pero si educas a una niña tienes una aldea”.
Sus compañeras de clase eran todas mujeres. Según Rodrigo Paris, “si educas a un niño tienes un hombre, pero si educas a una niña tienes una aldea, porque las mujeres son generosas con su conocimiento y tienen sus raíces puestas en la tierra que cultivan o que las vio nacer”. 
Rodrigo conoció a estas mujeres guajiras casi por casualidad en 2013. “Llegué a la India porque conocí a Bunker Roy en Londres. Intercambiamos datos y cuando quise tomarme un descanso de mis actividades cotidianas le escribí para visitar su proyecto y me enamoré”. Tiempo después de compartir en la aldea y de conocer a fondo la iniciativa, Bunker Roy le ofreció a Rodrigo liderar la iniciativa en Latinoamérica. Su misión consistiría en reclutar a las mujeres que se convertirían en las próximas estudiantes de la escuela y contribuir a conseguir recursos para instalar los paneles solares.
“Queremos empoderar a las mujeres, no volvernos paternalistas, ellas deben ser líderes autónomas de su proyecto y mostrarse como ejemplo para las personas que las rodean”. Por eso para el mes de mayo sus rancherías, y las de sus vecinos, contarán con la energía solar que aprendieron a capturar por sus propios medios, y que transformará positivamente sus condiciones de vida.

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