El cabello es un elemento sagrado para las mujeres. Así lo luzcan largo, corto, lacio, ondulado, tinturado o con extensiones, es un símbolo que representa su feminidad, su poder, su personalidad y hasta su rebeldía.

El dinero, el tiempo y la pulcritud parecen no importarles cuando de cuidado del cabello se trata, a tal punto que invierten altas sumas en costosos tratamientos, pasan horas eternas en los salones de belleza y se aplican exóticos y olorosos menjurjes nada agradables a la vista.

Un mal corte, una trasquilada, un tinte mal aplicado, unas pocas gotas de agua cuando está peinado o una goma de mascar, son factores que pueden desembocar una guerra épica, con gritos, manoteadas e insultos.

Le recomendamos: Mujer, escenario de la violencia de género

Son pocas las que se arriesgan a lucir una cabeza desnuda, pelada, como el rabo de un bebé. Cuando una enfermedad llega de sorpresa a acabar con todo rastro de cabello, las mujeres prefieren camuflar su calvicie tras mascadas, pañoletas y pelucas.

Pero esta apología al cabello no se impone en el cien por ciento del territorio colombiano. En el departamento del Amazonas, esa puerta al denominado pulmón o riñón del mundo, aún sobrevive con fuerza una etnia indígena para la cual el pelo tiene otro significado.

Se trata de los Ticuna, una etnia de más de 7.500 indígenas que habitan en el sur del Amazonas en resguardos como San Antonio de los Lagos, San Sebastián, El Vergel, Macedonia, Mocagua y Cothué.

Además de sus artesanías, tejidos y cerámicas, los Ticunas son conocidos por la práctica ancestral de ‘La Pelazón’, un ritual al que eran sometidas las niñas cuando empezaban a menstruar y que consistía principalmente en arrancarles a carne viva el cabello.

Oliva, una de las abuelas del resguardo Macedonia, a hora y media en lancha de la ciudad de Leticia, se encarga de explicarles a los turistas nacionales y extranjeros la historia de esta práctica, que dejaría sin aliento a cualquier mujer que adore su cabellera.

“Cuando la niña empieza a menstruar, el abuelo la encierra en una habitación por más de ocho meses, tiempo en el que permanece aislada de los hombres. Solo las abuelas y mujeres mayores la pueden visitar, para darle consejos sobre responsabilidad, trabajo, cuidado de los hijos y el dolor, además de enseñarle a hacer tejidos, bolsos, manillas y collares con fibra de palma”.

Según esta Ticuna, madre de una decena de hijos y nietos, durante el encierro, el padre, que no puede ver a su hija, se encarga de buscar la alimentación y bebida suficiente para la gran celebración, una fiesta de tres días y tres noches en la que participa toda la tribu.

“La fiesta es un ritual de bebida, comida y baile para los Ticuna. Pero el momento más esperado se da a las 12 de la noche del último día, cuando sacan a la niña de su encierro y la ubican en el centro de la maloca, rodeada por todos los miembros de la tribu”.

Con la niña como centro de atención, unas abuelas empiezan a untarle en la cabeza y el cuerpo un líquido oscuro y pegajoso que proviene de rayar el huito, un fruto amazónico curativo y milagroso. Luego le pegan plumas y le ponen collares en el cuello, y por último le hacen moñas en el cabello.

El canto de la abuela de la criatura da el inicio de La Pelazón. Entre bailes y cantos alrededor de la niña, las mujeres le dan fuertes jalones de pelo a la niña hasta que le arrancan todo el pelo, a carne viva, sin anestesia o calmantes que apacigüen el dolor.

Le sugerimos: Líderes indígenas afirman que los países no podrán cumplir el Acuerdo de París sin su ayuda

“Es bastante doloroso, ya que las raíces están vivas. La cabeza queda llena de sangre. Esto lo hacemos para simbolizar el dolor con el que se va a enfrentar en su futuro”, dice la abuela, quien ya no recuerda cuántas pelazones, incluyendo la de ella, ha presenciado en sus más de 60 años de vida.

Para limpiar a la nueva mujer, las abuelas bañan a la niña en el río. Ya sin rastros de sangre, plumas y huito, regresa a la maloca para que el Chamán la rece. “Es un conjuro de limpieza que le da libertad y protección. Así se garantiza que no sufra de ningún maleficio”.

Las mujeres son las grandes protagonistas del ritual, pero Oliva afirma que los hombres y los niños cumplen un rol fundamental.

“El hombre se encarga de que los asistentes tengan comida y bebida suficiente para los días de fiesta, y los niños se disfrazan de micos, un animal sagrado para nosotros, para bailar en la danza. Al final, se les dan premios al chamán y a los hombres, como una tortuga asada o una pierna de puerco de la selva”.

Aunque Oliva narra la historia de La Pelazón en tiempo presente, como si la hubiera presenciado hace contados minutos, esta práctica se ha modificado con el paso de los años, hasta el punto de decirle ‘no más’ al dolor.

“Desde hace más o menos 20 años decidimos abolir el encierro prolongado y la arrancada del cabello en carne viva. Esto se debió a dos factores: primero por el dolor de las niñas, algo muy duro, y segundo porque como ahora estudian, pues pierden mucho tiempo de clase en los largos encierros. La antigua práctica está prohibida en la etnia, ya nadie la puede hacer”.

Esta matriarca de Macedonia aclara que esto no significa que la tradición haya quedado sepultada. “Solo quitamos el encierro y la retirada a mano del pelo. Pero seguimos haciendo la fiesta de los tres días, con comida, bebida, música y danza, con los niños disfrazados, los consejos de las abuelas y el baño con el huito”.

El pelo sigue siendo retirado de las cabezas de nuevas mujeres ticunas, pero con una práctica menos sangrienta. “A las 12 de la noche del último día, con baile incluido, le quitamos el cabello con tijeras, sin ningún tipo de dolor”.

Otro cambio en las nuevas generaciones es el casamiento. “La edad promedio de La Pelazón es de 11 y 12 años, algo que sigue vigente. El cambio está en que antes se casaban finalizado el ritual, con un hombre escogido por lo padres, siendo vírgenes. Ahora, como pueden escoger los novios, lo hacen a los 20, mucho después del ritual, y no puras”.

La abuela de Oliva le decía que para que una niña fuera feliz por el resto de su vida, el hombre tenía que encontrarla virgen. “Eso se ha ido perdiendo”.

Esta indígena explica que a pesar de que la quitada del cabello simboliza un nuevo despertar en la etnia, como la transformación de una oruga en una mariposa, también hay algo de vanidad y de secretos de belleza, como los del otro mundo ajeno a la tribu.

“El huito tiene poderes sagrados para el cabello. En la antigua o actual pelazón, cuando la niña pierde el cabello, el poder mágico del huito lo hace nacer mucho más fuerte, negro, hermoso y largo. Todas tenemos un pelo que muchas envidiarían”.

El abrebocas del ritual

Macedonia, cabildo de 2.100 hectáreas donde habitan más de mil ticunas, se ha convertido en una parada fija para los turistas que contratan el recorrido en lancha de 75 kilómetros por el río Amazonas, que va desde Leticia hasta Puerto Nariño.

Los lancheros fluviales que lideran los recorridos lo promocionan solo como el sitio de artesanías como exóticos tejidos, máscaras, aretes, collares, manillas y vasijas, las cuales exhiben en 45 puestos ubicados al interior de una oscura maloca.

Pero su mayor atractivo no son los puestos comerciales o la imaginación que le imprimen a sus productos. Está en un grupo de seis mujeres y dos niños que simulan una parte del baile de la fiesta de La Pelazón, que es liderado por Oliva.

Cada vez que viene una embarcación, un niño, vestido con un disfraz de mico hecho con costales, y con el rostro cubierto por una máscara, se ubica en la entrada de la maloca para conducir a los turistas hacia el centro del escenario.

Sin decir una palabra, el ‘niño mico’, que no hace más que agarrarse un largo palo que le cuelga de la entrepierna y del cual se desprenden dos bolas (lo que simula el miembro reproductor masculino), lleva a los extraños hacia el grupo de mujeres, vestidas con trajes ancestrales, plumas y collares.

Oliva, la mayor de todas, se encarga de organizar a los turistas al frente del grupo y pronuncia una escueta frase: van a presenciar la danza de La Pelazón.

Sus compañeras empiezan a danzar alrededor del escenario de tablas y a tocar instrumentos como caparazones de tortugas, tambores, sonajeras y la vasija del Dios Yoi, mientras Oliva canta versos en su lengua.

De la nada, dos niños con sus disfraces de micos y dos jovencitas indígenas se unen al ruedo musical. Por más de cinco minutos, las matriarcas y los ‘niños mico’ giran en torno a las adolescentes; ellas dándoles consejos en forma de cantos y ellos revoloteando con sus falos.

Le puede interesar: "Los indígenas son las primeras víctimas del cambio climático"

“Esta es una pequeña demostración de la actual Pelazón. Por eso las mayores y los niños bailamos alrededor de las jovencitas, quienes serían las nuevas mujeres a las que se les quitaría el cabello”, dice Oliva.

En la danza, los niños y las indígenas involucran a sus espectadores. “No solo queremos que conozcan parte de nuestra cultura, sino que la vivan, que se transporten un poco al ritual que nos ha acompañado desde el inicio”.

Al finalizar este abrebocas del baile, Oliva pone una calabaza en el suelo para recoger algunos billetes. Por último, uno de los ‘niños micos’ acompaña a los turistas a la puerta de la maloca, pero no se despide con palabras, sino con su mirada profunda tras la máscara.

El relato ‘oficial’

Aquel que visite Leticia y no tenga la oportunidad de recorrer los resguardos del río, puede conocer algo de La Pelazón en el Museo Etnográfico del Banco de la República, ubicado en el corazón de la ciudad.

Además de los trajes, instrumentos y artesanías de los ticunas y otras etnias indígenas, el museo tiene una exposición fotográfica que ilustra las principales prácticas ancestrales del Amazonas.

La de La Pelazón está conformada por una imagen de varias niñas repletas plumas y una concisa explicación y descripción del rito:

  • Los ticunas celebran el ritual de la pelazón, o de paso de niña a adulta, al momento de la menarquia.
  • Antiguamente este ritual duraba varios meses, durante los cuales la iniciada permanecía asilada en una plataforma bajo el techo de la casa, al cuidado e instrucción de las mujeres y fuera de la vista de los hombres.
  • Con este encierro se simboliza la formación de una crisálida que espera su tiempo para convertirse en un nuevo ser.
  • Para la gran fiesta de varios días que da fin al aislamiento, la niña es pintada con huito, se le adhieren plumas de garza y se le cubre su cuerpo con distintos adornos.
  • En el trascurso de la celebración aparecen los hombres enmascarados en representación de los padres de los animales y otros espíritus, portando escudos decorados con distintos colores. Con ellos se comparten el masato y la carne preparados para la ocasión.
  • Al final del ritual de la pelazón, la niña baila con las mujeres mientras éstas le recuerdan sus responsabilidades futuras y le arrancan el pelo poco a poco hasta dejarla totalmente calva.