| 2017/12/29

Las golondrinas son las dueñas absolutas del cielo de Tibú

Durante las noches, millones de estas pequeñas aves de color blanco llegan disparadas desde las alturas para posarse en los cables de los postes de luz. Aunque son un espectáculo para los visitantes, su presencia genera incomodidad a los lugareños.

Las golondrinas son las dueñas absolutas del cielo de Tibú

Son las 6 de la tarde en Tibú, el municipio más extenso y más azotado por la violencia en el departamento de Norte de Santander.

Mientras el sol empieza a desvanecerse y los vendedores ambulantes toman su último respiro para cuadrar las ganancias diarias, millones de golondrinas salen de la nada e invaden el cielo tibuyano.

Disparadas como misiles, estas pequeñas aves de plumaje blanco empiezan una acalorada lucha por el mejor puesto para dormir entre los cables de los postes de luz ubicados en la Avenida Principal, principalmente entre las carreras 7 y 9.

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La pelea dura aproximadamente una hora, tiempo en el que el ruido del comercio y de las viejas flotas que van hacia lo profundo del Catatumbo se opaca por el canto de las aves, que más que una melodiosa sinfonía se asemeja a un chismorreo en tonos elevados.

Este evento digno de un cuento de fantasía, sucede durante todo el año en Tibú, pero se fortalece entre los meses de junio y julio, cuando estas aves hacen una parada para tomar alimento y continuar su viaje migratorio hacia Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay y el norte de Argentina, países en donde invernan.

La ruta migratoria de las golondrinas, que se alimentan de insectos, inicia en Alaska y parte de Estados Unidos y Canadá, lugares en donde se reproducen. Cuando culmina su paso por Sudamérica, regresan hacia el norte del continente para procrear más polluelos.

Para los foráneos que visitan Tibú, ver a millones de golondrinas puestas milimétricamente sobre los cables, se convierte en una maravilla visual que hay que registrar en la memoria y en las cámaras fotográficas.

Pero para los habitantes del pueblo, en especial para los empleados de hoteles, droguerías, restaurantes y sitios ambulantes del la Avenida Principal, es una pesadilla.

Tal es el caso de Margot, una joven de contextura maciza que pregunta constantemente cómo bajar los excesos de la comida en su vientre, y que trabaja desde hace un año en el turno de la noche en el Hotel Avenida Principal.

“Para mí son una película de terror. No solo por la cantidad de pájaros que se ve, sino por el olor y el constante ruido, que es desesperante. Cuando se acomodan y se calman la bulla baja, pero inmediatamente inicia una lluvia de popó bastante nauseabunda”, asegura Margot, madre de un niño pequeño.

Según esta mujer, el cielo de Tibú no solo arroja gotas de lluvia, sino cantidades inimaginables de excremento. “Defecan toda la noche. El sonido es constante hasta cuando amanece y se van a buscar alimento. Además del olor, he escuchado que el popó de las aves tiene una bacteria”.

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Entre gotas de estiércol y la llegada contada de turistas al hotel, transcurren la noches y las madrugadas de Margot, quien a las 6 de la mañana, una hora antes de entregar su turno, se arma de baldes, escoba, trapero, jabón y agua para lavar la entrada del hotel, la cual amanece sin el color naranja de las baldosas.

“El piso queda blanco de toda la caca. Pero lo peor es el olor, al cual no me logró acostumbrar. Me dan ganas de vomitar”.

A las 7 de la mañana llega Luigy, un joven de 22 años recién graduado de administración de empresas, quien lleva trabajando en el Hotel Avenida Principal desde hace seis meses.

La inocencia de su rostro y la candidez de sus palabras, revelan el poco tiempo que lleva en el cargo, su primer empleo formal después de obtener el título.

Como no tiene que padecer el olor y el ruido de la explosión de las necesidades de las golondrinas, Luigy no les tiene tanta fobia como Margot.

“Todos los días veo cuando llegan a descansar en los cables. Algunas también se acomodan en las copas de los árboles del Parque Principal. A las 7 de la noche, antes de irme para mi casa, a veces las espantamos para que los clientes no se incomoden”.

Cualquiera pensaría que para espantar a las aves, Luigy y la mayoría de vendedores ambulantes hacen uso de cornetas, palos o baldados de agua.

Pero no, es una sencilla y curiosa práctica que no atenta contra las golondrinas, pero que sí les causa pavor.

“Compramos una bomba, como las de las fiestas de cumpleaños. La inflamos con helio para que pueda flotar y la amarramos a una larga cuerda para que alcance a llegar a lo más alto. Luego la paseamos por el cableado. Cuando la ven, las golondrinas se corren hacia otro sector. A veces, para que no regresen, dejamos la bomba amarrada”.

Luigy no tiene una respuesta certera sobre la razón del espanto de las golondrinas por la bomba llena de helio.

“Creo que por los colores y el movimiento constante de la bomba, las golondrinas piensan que las van a atrapar. No queremos hacerles daño, solo que se corran un poquito. A mi me gusta mucho ver el espectáculo de su llegada”.

La vendedora de chance, quien no revela su nombre y que se va a su casa hacia las ocho de la noche, también padece de la lluvia de las cloacas de las aves, pero no con desprecio.

“Tibú no sería Tibú sin sus golondrinas. Ya nos acostumbramos. Solo me cuido cuando voy a pasar la calle a botar la basura para que no me caiga el popó en la ropa, ya que las manchas son casi imposibles de quitar”.

Esta mujer cabeza de familia a veces carga un paraguas para evitar ensuciarse. “Los que sí sufren son los que venden comida, ya que están ubicados debajo de los cables de la luz. Ellos son los que más las espantan”.

Entre junio y julio, con el aumento de las golondrinas en el cielo de Tibú, los vendedores y trabajadores de los hoteles se arman de paciencia, mientras los turistas quedan fascinados con el espectáculo.

“Nuestro cielo siempre está decorado por estas hermosas aves. Ellas no tienen que acostumbrarse a nosotros, sino nosotros a ellas. Yo no las ahuyento porque no me gusten, sino para que los clientes no se molesten por el olor. Pero somos afortunados al ver todos los días sus sobrevuelos”, complementa Luigi.

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