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| 2018/01/16

Llueve en la Guajira

Poco a poco los indígenas Wayúu, a través del trabajo en equipo y la sostenibilidad de sus cultivos tradicionales, intentan recuperar su seguridad alimentaria, un hecho que en América Latina, según la FAO, es cada vez más preocupante.

Llueve en la Guajira

María del Carmen Jusayú Paz, una indígena Wayúu de tan solo 24 años camina de la mano de su hija sobre la tierra seca de La Guajira a 35 grados centígrados. Está a punto de revelar a unos cuantos citadinos lo más valioso que tiene en su casa. Entra ansiosa a su pequeña choza de barro y va directo hacia un balde azul: su riqueza, en este momento, son cinco manzanas, varias bolsas de leche y unas cuantas naranjas que le sirven para alimentar a su hija de tres años durante los siguientes 15 días.

Los Wayúu están acostumbrados a comer yuca, maíz, frijol y chicha. Para ellos, las verduras, las frutas y los lácteos no eran necesarios en un plato de comida, pero desde que vieron la muerte en los ojos de hijos, en especial de los más pequeños, algunas comunidades como Autsalia y Pesuapa en la Baja Guajira están cambiando drásticamente sus costumbres alimenticias.

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Mientras su hija de 3 años tose por tanto polvo en el aire, María del Carmen cuenta que durante la sequía de 2015, los niños solo comían mazamorra y chicha sin fermentar. El sol fue tan fuerte que la poca agua que recogían de la lluvia y un viejo acueducto simplemente desapareció. Fue así como sus cultivos y sus chivos, el animal que ofrece toda la estabilidad económica a estas comunidades, después de las artesanías, se esfumaron. Familias que tenían 200 chivos, terminaron con cinco o menos. Una catástrofe que veían venir desde 2014.

“El cambio climático lo empezamos a sentir antes, pero en 2015 entramos en una fuerte crisis porque no teníamos ni agua. Caminábamos casi media hora hasta la vía principal por donde pasa el acueducto, pero no había suficiente agua y estaba sucia. El abandono fue estatal y administrativo porque por mucho que pedíamos ayuda, no fue posible. Hoy es distinto, ya pueden ver que hay muchas zonas verdes, porque ha estado lloviendo” asegura una de los hombres de la comunidad.

En todo el mundo se conoce el hambre, escribió el cronista, Martín Caparrós. No hay nada más común que sentir hambre después de ir a la cama, de levantarse con hambre, de sentir hambre en el trabajo o en la clase. Sin embargo, el hambre que hacía llorar a la hija de Carmen y a su familia era continua y desesperante. Se vio obligada a mudarse a Riohacha para trabajar como empleada en una casa familiar . Era la única forma de conseguir dinero y comprar lo que siempre habían comido: yuca, maíz, frijoles y chicha.


Foto: Cortesía Mastercard

De acuerdo con Javier Rojas Uriana, representante legal de Asociación de Autoridades Tradicionales Indígenas Wayúu Shipia Wayúu, en 2014 murieron 4.770 niños por hambre en la Alta Guajira. En 2016, las autoridades hablaron de más de 1.000 menores que se habían salvado de morir por causa de la desnutrición, luego de recibir tratamiento intrahospitalario. De ellos, según Stevenson Marulanda, secretario de Salud departamental, en el momento, “cerca de 250 fueron atendidos en el hospital Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha”. En esta cifra está la hija de Carmen y su primo.

“Mi hija se la pasaba enferma por la falta de alimentación, estaba desnutrida, pero ahora se está mejorando. El hijo de mi tía también estaba desnutrido, duró como seis meses en el hospital, casi se muere. Tiene 5 años y mi tía 36”, dice María del Carmen en un perfecto español.

Ni su tía ni su primo muestran la contextura que debería tener una mujer y un niño a esa edad. Ella, de cara parda y delgada aparenta 50 años, mientras que su hijo tiene la estatura y la fragilidad de un niño de tres años. La falta de proteínas, cereales y lácteos provocó la pérdida de masa muscular en sus cuerpos. Sin embargo, desde hace más de seis meses la comunidad Atsaulia se están alimentando de frutas, verduras y carnes que les suministran los nutrientes que antes no consumían, sin olvidar sus cultivos tradicionales que han podido recuperar gracias a las constantes lluvias.


Crece el hambre

Pero la escasez de alimentos no solo ha tratado de exterminar a un pueblo indígena de La Guajira, es una problemática mundial que pone en la cuerda floja a América Latina y el Caribe. Según el informe publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) el número de personas que sufren hambre en América Latina y el Caribe creció a 2,4 millones de personas en un año. En 2015 afectaba a 40, 1 millones y pasó a 42, 5 millones en 2016.

Si bien los niveles de hambre siguen siendo bajos en la región en comparación con el resto del mundo en desarrollo, la FAO asegura que hay señales claras de que la situación empeora. “América Latina y el Caribe solía ser un líder mundial en la reducción del hambre. Ahora estamos siguiendo la preocupante tendencia mundial”, asegura Julio Berdegué, representante Regional de la Organización.

Por su parte, Colombia pasó de 4,2 millones de personas (9,7 % de la población total) subalimentadas entre 2004 - 2006, a 3,4 millones de personas (7,1 %) entre 2014 - 2016. A pesar de esto la cifra sigue siendo alta si se compara con el grado de desarrollo del país, según manifiesta Berdegué.

“La contracción económica impacta sobre el empleo y el ingreso de las personas. Además, afecta los ingresos fiscales, con los consiguientes ajustes que reducen la capacidad de los gobiernos de mantener sistemas de protección de los hogares en condición de pobreza o vulnerabilidad. El aumento del precio de los alimentos, también es un factor que podría estar incidiendo en las tendencias observadas”, señaló Berdegué
Pero en algunas rancherías de la Baja Guajira, de acuerdo con Sara Silva Duarte, wayúu y funcionaria del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, las comunidades están dispuestas a cambiar su realidad y son resilientes frente a la escasez de alimentos a través del trabajo en equipo. Empezaron a cambiar sus costumbres de siembra y consumo de alimento.

La resiliencia de los Wayúu


Es el caso de María Angélica. El pasado 9 de noviembre, en medio de una celebración donde los indígenas sacan sus mejores cosechas, los chinchorros y las mochilas que tejen para venderles a los turistas, ella alza su voz para explicar a los visitantes que con la venta de sus artesanías y chivos compraban los mismos alimentos que no los nutrían: arroz y fideos, porque el dinero no les alcanza para más. “Pero nos fueron enseñando que un plato nutritivo debe tener proteína, verduras, frutas y lácteos. Por nuestro cambio alimenticio, nuestros hijos han mejorado nutricionalmente un 100 %”, dice con orgullo.

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Reunidos con sus mejores trajes, la comunidad agradece al PMA, que con el apoyo de Bancolombia y Mastercard han estado con ellos durante los días más angustiantes de la crisis alimentaria. En esta reunión, la autoridad tradicional (el hombre más viejo de la comunidad) expresó que, mientras el programa les ha ofrecido los alimentos que necesitan diariamente para sobrevivir, han podido ahorrar el dinero que obtienen de la venta de sus chivos y artesanías. Saben que cuando el PMA ya no esté y la sequía regrese, podrán comprar los alimentos que necesitan para no morir de hambre.

La tecnología y la innovación digital, se convirtieron en formas de apoyar a las poblaciones más vulnerables. Por ejemplo, las familias Wayúu reciben una comida nutritiva por cada transacción que se realice a través de una tarjeta Mastercad y Maestro de Bancolombia con la tecnología sin contacto. Hasta el momento se han donado más de un millón de comidas, pero se espera que los usuarios continúen usando este método para que el próximo año los Wayúus vuelvan a recibir las frutas y cereales que no pueden cultivar en sus terrenos.

Además del programa asistencial, el PMA ha estado presente por más de dos años en estas comunidades para enseñarles técnicas de siembra y almacenamiento de alimentos para los tiempos de sequía. Esto ha resultado bastante útil sobre todo para la comunidad de Pesuapa, ubicada a 30 minutos de Riohacha por la vía que conduce a Uribia. En este bosque seco, por donde pasan las líneas del tren de Cerrejón, los cactus son más abundantes, la vegetación es poca y el polvo se levanta con la más leve brisa. El paisaje es muy distinto al que se observa en la capital de La Guajira o incluso al de Atsaulia. Por sus condiciones geográficas es mucho más difícil conseguir agua o alimentos. Aquí, la sequía ha sido mucho más fuerte.

“El PMA trabaja con el patrimonio que tienen las comunidades en su territorio, por eso les ayudamos a construir una huerta, un banco de forrajes y la biotienda, un lugar que sirve como abastecimiento no solo para Pesuapa sino para todas las comunidades cercanas que no tienen acceso a los supermercados o tiendas de los pueblos”, asegura Gabriel Martínez, operador del PMA en La Guajira.

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Esta comunidad lleva dos años trabajando con el PMA para construir su huerta de frijoles, yuca y maíz. Pero la tierra es necia y sin agua es muy difícil que algo retoñe. Aunque esta es de las pocas rancherías que tiene acceso a un jagüey o pozo, cuando logran sacar agua, sale muy salada y sucia. Aun así, la usan para cocinar.

A pesar de la esterilidad que los rodea, las familias se reúnen a cocinar y los niños corren detrás de los chivos y las gallinas. En una tierra árida donde la maleza apenas puede sobrevivir agarrada al polvo, los Wayúu seguirán buscando la forma de hacerle el quite al hambre. Con o sin programas asistenciales, continuarán sobreviviendo en la tierra del olvido.

CIFRAS

Se redujo el hambre en Colombia:
De 4,2 millones de personas (9,7 % del total de la población colombiana) subalimentadas entre 2004 - 2006, se pasó a 3,4 millones de personas (7,1 %) entre 2014 - 2016.

Inseguridad alimentaria en los hogares (2010)
11,9 % de los hogares colombianos presentaba inseguridad alimentaria moderada.
3,0 % inseguridad alimentaria severa.

Deficiencias de micronutrientes en menores de 5 años (2017)
27,5 % tienen anemia
43 % deficiencia de Zinc
25 % deficiencia de Vitamina A.

Sobrepeso en adultos de 18 a 64 años
Entre el 2005 y el 2010 Colombia pasó de 45, 9 % de adultos con sobrepeso a 51, 2 %.


*Según la FAO el sobrepeso es un indicador de malnutrición.

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