El 10 de octubre de 2013 le entregaron el premio Shakarov, el más importante en temas de paz en Estados Unidos.

Hace trescientos sesenta y siete días exactamente una niña de 15 años, junto con todas sus compañeras de clase, iba camino a su casa después de un día de escuela en  un pueblo llamado Mingora  al oeste de Pakistán.

Con los dedos ella y sus amigas tocaban las paredes del bus y jugaban a tocar tambores.  El bus frenó sin advertencia y un hombre joven subió las escaleras. “¿Quién es Malala?”, preguntó.

La niña, que un acto de independencia  era la única que no llevaba la cara cubierta, apretó la mano de  la amiga más cercan. El resto  es un recuerdo borroso de una Colt .45 apuntándole a la cabeza.

“El momento en que casi muero fue justo antes del mediodía”, ha contado Malala Yousafzai hoy de 16 años y símbolo de las niñas en todo el mundo y de la lucha por una educación justa en cualquier lugar. Ese nueve de octubre de 2012  cuando un talibán fue enviado a matarla marcó su vida: no solo recibió un tiro en la cabeza que la dejó 19 días en coma, sino que tuvo que abandonar su hogar, su país, por el que tanto había luchado.

El mundo entero se unió para mandarle mensajes de amor mientras  un vocero de los talibanes, Ehsanulla Ehsan, daba las siguientes declaraciones: “Ella es pro- occidente y estaba hablando en contra de los talibanes y diciendo que el presidente Obama es su ídolo. Es joven, pero estaba promoviendo la cultura occidental en áreas Pashtun”:

La realidad es más simple. Malala, el símbolo nacional, ganadora de reconocimientos  en varios países y constantemente protegida, no es más que una niña que quería ir al colegio.

En 2009 e los talibanes se tomaron el Valle de Swat en Pakistán donde queda Mingara. El líder del grupo, Mulana Fazlullah prohibío la música, la televisión y que las niñas fueran al colegio.  Las cabezas de los policías del pueblo podían verse colgadas en las esquinas de la plaza. Abdul Hai Kakkar, reportero de la BBC en Pakistán, se acercó a Ziauddin Yousafzai, director de un colegio,  y le preguntó si sería posible encontrar una profesora dispuesta a escribir sobre la vida bajo el régimen talibán. Ninguna quiso a excepción de su hija de 11 años: Malala.

Para proteger su identidad usaron un sinónimo, Gul Makki. Malala, cuenta Kakkar, escribí el diario a mano y luego ellos lo fotocopiaban, lo mandaban por fax y lo transcribían.  El diario creció  con rapidez y Gul Makki se volvió famosa en todo el planeta. Todas sus entradas eran impactantes: “En  el camino a casa oí un hombre uqe me decía “te voy a matar”. Apresuré mi paso y, después de unos minutos, miré hacia atrás para saber si  me estaba persiguiendo. Para mi alivio vi que estaba hablando por su celular. Debía estar amenazando a alguien más por el teléfono”.

En 2011 el gobierno pakistaní le entrego el primer premio nacional de paz y todo el mundo, incluidos los talibanes que controlaban su pueblo,  supo que ella era Gul Makki, la  reportera más joven de la BBC.  

Días antes del atentado Malala, proféticamente, escribió en su diario: “Pienso mucho en esto y me imagino la escena con claridad. Incluso si vienen a matarme [los talibanes], les diré que lo que hacen está mal, que la educación es nuestro derecho fundamental”.

Esa ha sido y sigue siendo la bandera de esta niña reconocida en todo el mundo como insignia de paz y valor. El jueves 10 de octubre, después de ganarse el premio Shakarov el  premio de paz más importante en Estados Unidos y  un día antes de entregarse el Nobel de Paz al que estaba nominada,  habló con la periodista Christiane Amanpour  y le dio que quisiera ser primer ministro de Pakistán para salvar el país  implemetando políticas públicas que permitan que todas las niñas y niños puedan tener acceso a la educación que se merecen.

Terminó la entrevista con un mensaje para todos los que se preocupan por ella, por su deseo de volver a Pakistan, pero, sobre todo, para todas las niñas que como ella luchan por algo: “Pueden [talibanes] dispararle a mi cuerpo, pero nunca podrán disparale a mis sueños”.

Unos sueños que van tomando forma con la obtención del Nobel de la Paz este viernes 10 de octubre, Malala se convirtió este en la persona más joven, con solo 17 años, en obtener el galardón, un logro alcanzado por su defensa de la educación femenina después de casi pagar con la vida su apoyo a la causa. Mientras tanto, la actitud de su país que la ha recibido, hasta ahora, con frialdad e indiferencia podría cambiar con este importante logro. 

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