Fotos: Rafael Agudelo.

Guiado por la luz dorada del atardecer guaviarense, Rafael Agudelo enrosca tres delgados tubos metálicos para formar una vara de dos metros de altura que luego clava en un hueco en la roca.

Con delicadeza desdobla una frágil malla negra y la engarza en la vara, para luego extenderla y amarrarla a otro tubo similar, formando una especie de malla de voleibol de cuatro metros de largo que brilla en medio de la planicie. Con un ovillo de cabuya amarilla en la mano, va tensando y anudando cordeles desde los postes de la malla hasta los troncos de plantas cercanas, como quien sujeta una carpa de acampar. Repite toda la operación con una nueva malla, ubicada apenas a un par de metros y casi paralela a la primera.

“Listo, ahora a esperar”, dice, mientras revisa las provisiones en su maleta. Unos guantes gruesos, varios instrumentos de medición, una tabla sujetapapeles, dos linternas, un impermeable, una olla con la cena que preparó su abuela (huevo frito, arroz y plátano maduro), dos paquetes de Todo Rico.

El sol ya está terminando de caer, marcando el momento en que él comenzará a trabajar en este claro en el bosque, a un kilómetro de un popular balneario y a media hora en moto de San José del Guaviare.

Agudelo, un delgado joven de 24 años, de poca conversación y un gusto por el heavy metal, está terminando biología en la Universidad del Quindío. Nacido y criado en San José del Guaviare, le propuso a su tutor de tesis –Hugo Mantilla, el mayor experto en murciélagos de Colombia- hacer un inventario de las especies de murciélagos que viven en la cercana Serranía de la Lindosa.

La apuesta era promisoria, dado que hasta 2014 no había sino dos registros de murciélagos hechos por científicos en un departamento tan extenso y verde como el Guaviare. Pocos biólogos se habían aventurado en sus bosques durante décadas de violencia, que dejaron al menos 30.944 víctimas (casi uno de cada cuatro guaviarenses), según el registro de la Unidad de Víctimas

Sin embargo, hoy hay nuevos riesgos. El más apremiante en esta región es la Carretera Marginal de la Selva, que busca conectar los 381 kilómetros que separan a San José del Guaviare de San Vicente del Caguán. Aunque apenas está en su fase de planeación en el Ministerio de Transporte, tiene muy preocupados a los biólogos porque el trazado ya se convirtió –según el IDEAM- en uno de los ocho mayores focos de deforestación en Colombia.

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Los tesoros escondidos de La Lindosa

El paisaje en frente de Agudelo resulta despistante. De lejos parece una pradera, pero en realidad su suelo no es de tierra, sino de una roca rojiza y porosa.

Es una de las rocosas planicies típicas de un ecosistema muy particular conocido como la Serranía de la Lindosa, la hermana menor –y mucho menos conocida- de dos serranías que se alzan al oriente de los Andes: la de la Macarena en el Meta, donde está el famosamente colorido Caño Cristales, y la de Chiribiquete, con sus imponentes tepuys que se elevan como islas en medio de la jungla. Son los tres eslabones colombianos del Escudo Guyanés, una milenaria formación geológica que se extiende linealmente por el Amazonas hacia Venezuela y Brasil.

Fue aquí mismo que, durante su primera noche de trabajo de campo por allá en febrero, Rafael hizo un hallazgo inesperado. Hacia medianoche cayó en sus redes un murciélago de piel oscura y el tamaño de su mano. Su rasgos más llamativos: unas orejas inusualmente grandes, casi tan largas como su cuerpo, y una nariz puntiaguda del mismo tamaño. De inmediato lo identificó como integrante del género Lonchorhina, o el de los murciélagos de nariz espada.

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A la mañana siguiente le escribió por whatsapp a su profesor Hugo Mantilla, conocido en los medios como ‘el Batman colombiano’. “Debe ser aurita”, le replicó, refiriéndose a una especie común en la región y con esos mismos rasgos. “Pero mándeme la foto”.

Con la foto, el diagnóstico cambió. “Es mankomara”, dijo. Mantilla reconoció el espécimen en la foto de inmediato. Al fin y al cabo, él la descubrió hace menos de un año durante una expedición científica al remoto Parque Nacional Chiribiquete, uno de los rincones más lejanos y mejor preservados de Colombia. Fue también él quien la bautizó así: ‘manko’ como la palabra para madre en lengua karijona y ‘mara’ por el nombre de su propia madre.

“Las especies son páginas en una enciclopedia más grande que las que conocemos, a la que le estamos arrancando páginas y ahora capítulos enteros. Hemos tenido muy pocas oportunidades para darnos una idea clara de lo que vamos a perder. Estamos expuestos a ni siquiera saber lo que estamos perdiendo”, dice Hugo Mantilla, que ya había descubierto en Colombia otras tres especies nuevas para la ciencia.

Para Mantilla, por ejemplo, la información genética de mankomara –con sus enormes orejas y nariz- puede ser la clave para crear herramientas que solucionen problemas prácticos para las personas sordas. No en vano Scientific American, la revista más prestigiosa en periodismo científico, calificó su hallazgo como “un valioso libro de información sobre la función de la ecografía y la ecolocación”.

Con la noticia de su tutor, Agudelo y su compañera de tesis Valentina Guerra volvieron a campo ese mismo día. Ese día volvieron a encontrarlo, probando efectivamente que su rango de distribución es mucho mayor que solo la aislada Chiribiquete y –de paso- que toda esta región en la zona de influencia de la Carretera Marginal de la Selva tiene un enorme potencial aún por explorar en biodiversidad.

“El sueño de todos nosotros es ir a Chiribiquete, por ser un laboratorio evolutivo, un hogar de especies nuevas para la ciencia y un lugar intocado por el hombre. Pero ahora descubrimos que tenemos un pequeño Chiribiquete aquí no más”, dice Rafael.

Aún no ha terminado su investigación de campo, pero ya ha hecho varios hallazgos significativos.

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Capturó un ejemplar de Sphaeronycteris toxophyllum, conocido como el murciélago con visera porque tiene una protuberancia rosada por encima de la nariz. Aunque habita en varios países de Suramérica, este murciélago frutívoro apenas se han recolectado una decena de ejemplares desde que fue descubierto hace 30 años y es tan poco conocido que su estatus en la lista de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) sigue siendo ‘sin suficientes datos’. En Colombia apenas había un registro anterior, precisamente hecho por Hugo Mantilla.

También encontró un individuo de Phylloderma stenops, o murciélago de cara pálida, una especie que vive desde Belice hasta Brasil pero que se ha estudiado muy poco. Uno de sus mayores cualidades es que, dado que vive en las copas de los árboles, sirve como termómetro del grado de impacto en los bosques donde vive. “Nos indica que el lugar aún se mantiene bien conservado, pero requiere seguir así”.

Aparte, en el humedal San José que rodea la ciudad, encontraron una especie de la familia Chiroderma que aún no han logrado identificar y que –todo parece indicar- podría ser nueva para la ciencia. Tristemente no lo han vuelto a ver desde esa única vez en marzo, porque quemaron parte de la vegetación en ese punto de estudio.

En total, han identificado 40 especies diferentes en menos de seis meses. Y todavía hay una que no han logrado identificar, cuyas fotos carga en su celular como un talismán.

Pero quizás su mayor descubrimiento ha sido mankomara. Al fin y al cabo, solo ha sido observado y registrado 15 veces: 9 veces en Chiribiquete por Mantilla y 6 en la Lindosa por Agudelo.

Después de la guerra, la ciencia regional

Con la penumbra de las seis de la tarde, el cielo se recubre de sombras que revolotean. Unos minutos más tarde, un diminuto punto gris sobresale en la parte alta de esa telaraña horizontal.

Agudelo toma sus guantes de cuero áspero y desengarza al animal de la malla de niebla. Junta con delicadeza los dos antebrazos por encima de su espalda, para poder examinarlo sin hacerle daño. Con un pie de rey, toma las medidas de la cabeza, la oreja y la cola. “2, 1.4, 1”, recita, mientras Camilo -su primo adolescente, que está fuera de la escuela por culpa del paro nacional de maestros de más de un mes- anota en una matriz. Luego, extiende su ala y mide el antebrazo. Le separa las minúsculas piernas y mide el uropatagio, una bolsa membranosa entre ellas.

“Es Peropteryx macrotis”, sentencia, dándole el nombre en latín del murciélago perro menor, una de las especies más tempraneras. Los siguientes son igualmente comunes, un murciélago colicorto del género Carollia y uno frutero de rostro plano.

La noche llega con un fuerte aguacero. Resguardado por su impermeable, Agudelo inspecciona las redes vacías. Esta noche invernal está lejos del frenesí que habitualmente les depara el verano, cuando caen entre 80 y 100 quirópteros por salida.

Tras dos horas de lluvia persistente y menos de diez murciélagos observados, cuando ya Agudelo está pensando volver a casa a dormir, una mancha grande en la parte baja de la red llama su atención. Agudelo la ilumina con la linterna y rápidamente corre por sus guantes. Cuando regresa, no hay nada aparte de la fina malla. Se había escapado.

“Es mankomara”, dice sin titubear. “¿Sí le vio la nariz? Como una espada”, me pregunta. A esta hora salen pocas especies aparte de ésta, añade.

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En la distancia se vislumbra unas nubes de luz tenue que anuncian una tormenta. Es hora de recoger las mallas. Mientras enrolla una de ellas, otro animal cae en la red: apenas alcanza a alumbrarlo cuando también se logra liberar y sale volando. Aunque esta vez lo vio más fugazmente, es probable que sea otro mankomara.

Otra prueba de la riqueza biológica que encierra la Serranía de la Lindosa y todo el corredor de sabanas, ríos y bosques donde se hará la Carretera Marginal de la Selva, que podrían desaparecer con el impacto –en deforestación, en colonos, en negocios, en animales atropellados- que trae una vía.

Con el valor añadido de que quienes están documentándola son, en muchos casos, científicos locales. “Son los mismos muchachos de la región los que se están formando y los que están regresando, participando en la generación de conocimiento a nivel local y contribuyendo así a sus comunidades”, dice Mantilla.

“Mi trabajo está enfocado en darle la importancia a la Serranía. Lo que se viene es impresionante, en investigación, en turismo”, dice Rafael Agudelo, mientras recoge palos, cabuyas y mallas. “La única salida verde que yo le veo para que sobreviva es el ecoturismo”.

*Este reportaje se hizo gracias a una beca de reportería del Earth Journalism Network en temas de biodiversidad.

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