Los cientificos mintieron sistemáticamente para confundir al público en general.

En el año 1965 el Presidente Lyndon B. Johnson le pidió al científico Roger Revelle hacer un sumario sobre los posibles efectos del calentamiento global causado por los gases de efecto invernadero. Con esta información habló ante el Congreso de Estados Unidos y declaró que esta generación estaba cambiando la composición de la atmósfera debido a los combustibles fósiles.

Años más tarde, en 1977, un grupo de científicos le reportó al Departamento de Energía que un alza en la cantidad de dióxido de carbono atmosférico podría significar un incremento de tres grados centígrados. Desde entonces cada reporte oficial científico basado en publicaciones académicas indica que el calentamiento global es real y que los gases de efecto invernadero, casi sin excepción, son una de sus principales causas.

Cincuenta años después Estados Unidos aún no ha ratificado el Protocolo de Kioto y la opinión pública considera que la veracidad del fenómeno es incierta. Naomi Oreskes, historiadora de la ciencia y profesora de la Universidad de Harvard, ha dedicado su carrera a estudiar las razones detrás del letargo político en torno al medio ambiente en Estados Unidos. Según ella, la falta de ímpetu de los políticos para enfrentar los temas más apremiantes es el resultado de la división en la opinión pública que ha sido manipulada con fines políticos e ideológicos. (Vea: Así se verían Londres, New York y otras ciudades bajo el agua)

En un artículo publicado en la revista Science en el 2004, “El Consenso alrededor del cambio climático”, Oreskes reunió las publicaciones académicas escritas sobre el cambio climático entre 1993 y 2003, que hubieran pasado por el rigor de la revisión de sus pares. Estas sumaban 928, y Oreskes las categorizó según su posición frente al consenso científico (el calentamiento global es causado por los gases de efecto invernadero (GEI) producidos por las actividades humanas). 75% de los resúmenes de estas publicaciones estaban de acuerdo con el consenso; 25% hablaban sobre la metodología o temas climáticos generales, sin mencionar posición alguna. Pero ningún artículo disputaba el origen humano ni la veracidad del cambio climático.

Aquí vale la pena preguntarse ¿Por qué hay una diferencia tan marcada entre la opinión pública y la comunidad científica? En el libro “Mercaderes de la duda”, Oreskes y Erik M. Conway exponen la razón de la falta de voluntad política en torno al medio ambiente: la injerencia de un grupo marginal de científicos que logró sembrar duda en el público y aparentar una falsa controversia científica.

Estos ´mercaderes de la duda´, formaban parte de un destacado grupo de físicos en los Estados Unidos que deliberada y sistemáticamente trabajó para confundir al público. Entre éstos se destacaban cuatro en particular: Fred Singer, Fred Seitz, Robert Jastrow y Bill Nierenberg. A través de su participación en reportes gubernamentales, artículos de prensa y foros científicos, debatían la metodología y las conclusiones de los documentos científicos, exageraban la importancia de las incertezas, y hasta llegaron a cuestionar la integridad de la actividad científica y de los investigadores. (Vea: ¿Cómo cambian de color los camaleones? Por fin se reveló el misterio)

Como resultado, lograron aplazar la adopción de medidas regulatorias del gobierno y la adhesión a mecanismos internacionales, aún cuando la comunidad científica había determinado consenso años o décadas atrás. Gracias a su esfuerzo, las acciones para enfrentar algunos problemas como el consumo y el mercadeo del tabaco, el uso de pesticidas, las causas de la lluvia ácida y el debilitamiento de la capa de ozono, fueron dilatadas durante varias décadas en Estados Unidos. Y con respecto al cambio climático, sus acciones han llevado a incapacitar el liderazgo de ese país en las negociaciones mundiales contra el cambio climático.

¿Cuáles fueron sus motivaciones?

La explicación es histórica e ideológica. Los cuatro físicos emigraron de países europeos amenazados por regímenes totalitarios, lo que les dio una perspectiva del riesgo que corre la libertad en el marco del autoritarismo. Al llegar a Estados Unidos trabajaron para el gobierno, inicialmente en el desarrollo de armas militares (algunos hasta en el Proyecto Manhattan) y en agencias científicas gubernamentales como la NASA, en universidades, o en organismos y fundaciones con visibles motivaciones ideológicas.

Todos tuvieron en común un repudio marcado contra la intervención del gobierno en la vida del ciudadano y en la economía, y una fe determinante en la capacidad del libre mercado de salvaguardar la libertad. Discípulos de los economistas Milton Friedman y de Friederich Hayek, creían que en la libertad económica se encontraba la libertad individual. Cualquier esfuerzo por regular la economía era el comienzo del socialismo que tanto despreciaban, y las investigaciones científicas que podrían desencadenar en límites a la industria privada eran frentes socialistas o comunistas cubiertas con un fino velo científico. (Vea: La gente y los científicos, a años luz de distancia en Estados Unidos)

Su modo de operar consistía en resaltar continuamente las incertidumbres y los interrogantes propios de cualquier proceso normal científico; sugerir teorías alternativas exculpatorias para las industrias involucradas; y, cuestionar el razonamiento de actuar sin tener clara la justificación o la eficacia económica.

Los ´mercaderes de la duda´ tenían credenciales y tenían recursos. Pertenecían a la élite científica que desarrolló las armas con las que se ganó la Segunda Guerra Mundial y que dieron una ventaja tecnológica a Estados Unidos frente a la Unión Soviética. Por lo tanto, su opinión no solía ser cuestionada y eso les permitió aconsejar a presidentes y formar parte de fundaciones de análisis y de grupos de estudio en varios campos científicos (sobre los cuales no eran especialistas). Su prestigio y orientación política atraían la ayuda financiera de sectores industriales con interés en promover sus opiniones y con bolsillos profundos. Algunos entre ellos recibieron donaciones de la industria tabacalera o petrolera directamente o a través de firmas de abogados.

Su prestigio también les permitió opinar sin restricciones. Aunque escribieran información errónea o tergiversaran el debate científico, los medios convencionales publicaban sus artículos y a veces censuraban o rechazaban las réplicas de los demás científicos, como logró suceder con el Wall Street Journal en repetidas ocasiones. Los ataques se publicaban en los medios convencionales y las respuestas en medios especializados que no leía el público general. Los medios tradicionales les siguen brindando espacio, a pesar de las rectificaciones constantes de la Academia Nacional de Ciencias. (Vea: La nueva versión del Arca de Noé es un refrigerador)

Sin embargo, los ´mercaderes de la duda´ no se exponían a las publicaciones académicas, donde serían sometidos al rigor de la revisión y crítica por sus pares, quizás por miedo (acertado) al rechazo. Así que mientras los ´mercaderes´ se dirigían al gran público, a los científicos solo los leían sus colegas, lo cual marcó una gran diferencia en el alcance del mensaje.

Ninguna causa les dio mayor motivo de lucha que la evolución del movimiento ambientalista. Una vez terminada la Guerra Fría, vieron en el movimiento la próxima gran amenaza a las sociedades y a los mercados libres. En las palabras del escritor conservador americano George Will, los ambientalistas eran como un “árbol verde con raíces rojas”. En la Cumbre de Río de 1992, vislumbraron el peligro de una gobernanza mundial a manos de las Naciones Unidas; un frente unido con la intención de desmantelar el sistema capitalista mundial.

En cuanto al cambio climático, los ´mercaderes´ creen en la cornucopia: el ingenio del hombre no tiene límites y por lo tanto alguna solución surgirá para resolver todos los problemas del futuro, siempre y cuando el hombre viva en una sociedad abierta con mercados libres. En ese sentido la regulación para ellos no es solamente una amenaza represiva sino una limitante del ingenio humano.

Los resultados de los sondeos suelen variar de año en año dependiendo del comportamiento del clima y de la coyuntura política, pero las cifras ponen en relieve la enorme diferencia en la percepción que tiene la opinión pública estadounidense con la comunidad científica. Esta fue la percepción que los ´mercaderes de la duda´ lograron alterar y manipular según sus ideales y visión política, ignorando el consenso científico ya establecido. El fruto de su trabajo continúa vigente en la agenda política estadounidense y lo más seguro es que sus posiciones jugarán un papel importante en las próximas elecciones presidenciales del país norteamericano, cuyos resultados tienen un gran impacto a escala global.

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