Foto: John Barros

Por: John Barros

El 10 de junio de 2010 ingresó al Centro de Fauna, ubicado en Engativá, un mono maicero macho de edad adulta y 75 centímetros de altura, que había sido decomisado en un taller de mecánica en la localidad de Bosa, en el sur de la ciudad, tras un operativo de control de la Secretaría y la Policía Ambiental.

El estado físico del primate marcó de por vida a Yudi Cárdenas Ramírez, la bióloga del Centro de Recepción de Fauna Silvestre de la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA) de Bogotá, que lo atendió.

“El pequeño mamífero, además de estar lleno de grasa y aceite, no tenía su mano derecha ni el dedo índice de su pata izquierda. De los 30 animales silvestres que ingresan a diario al Centro, son pocos los que llegan con alguna de sus partes cercenadas, como fue el caso de este mono, al cual apodamos como Mocho”.

Foto: Jhon Barros

Sumado a su amputación, en el acta de decomiso estaban consignados más datos sobre la vida de Mocho, que dejaron sorprendida y ofuscada a esta bióloga de 43 años, graduada de la Universidad Distrital.

El documento precisaba que el mico se la pasaba robando en las casas y apartamentos aledaños al taller de mecánica. Su captor, identificado como José Benjamín Ruiz, afirmó que lo había comprado hace ocho años y que provenía del departamento del Meta.

Este comportamiento fue corroborado de inmediato por los especialistas del Centro de Fauna, sitio que desde 1996 ha recibido más de 60 mil animales víctimas de este tráfico ilegal, entre micos, tortugas, loras, pericos, boas y hasta tigrillos.

“Cada vez que nos acercábamos a Mocho, él se las ingeniaba para chalequearnos los bolsillos. Este hallazgo nos permitió concluir que su antiguo dueño lo había adiestrado para robar, ya que era imposible que en su hábitat natural hubiera aprendido esas mañas”, opina la bióloga.

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En cuanto a sus amputaciones, Ruiz les dijo a las autoridades que el mico duró perdido varios meses, y que cuando regresó ya estaba así. “Lo más probable es que alguna de sus víctimas lo pilló en pleno robo y le cortó su herramienta de trabajo. Mocho es el vivo ejemplo de las nefastas consecuencias del tráfico de fauna”, apuntó la funcionaria.

Por haber entregado al animal de manera voluntaria, las autoridades no le formularon cargos al antiguo dueño de Mocho.

Una nueva vida

Durante sus primeros días en el Centro de Fauna, Mocho fue aislado y encerrado en una jaula para evaluar su comportamiento.

“Al comienzo estaba nervioso y ansioso, y presentó dificultades para alimentarse y agarrarse a los troncos por la ausencia de su mano. Su peso era más bajo del promedio, pero en general tenía un buen estado de salud”, recuerda Yudi.

En la fase de cuarentena, que duró aproximadamente tres meses, Mocho evolucionó satisfactoriamente. Subió de peso y se las ingenió para comer y agarrarse de las cuerdas con su extremidad superior izquierda.

Su pelaje perdió las manchas oscuras y opacas adquiridas en el taller de mecánica, y recuperó el color café y negro con vistos amarillos típicos de la especie Spajaus apella.

Foto: Jhon Barros

Lo único que no cambió fue su comportamiento delictivo. Cada vez que un cuidador se le acercaba para introducir el alimento o cambiarle el sustrato de la jaula, Mocho estiraba su extremidad para intentar sacarle algo del bolsillo.

“Mocho fue un caso especial, ya que no llegó domesticado y con un alto grado de dependencia al ser humano. Pero sí con una conducta delictiva, que dificultaba su rehabilitación”, apuntó Yudi.

Finalizado su aislamiento, Mocho afrontó su primera gran prueba de fuego: convivir con otros animales de su misma especie.

“Fue trasladado a una jaula de más de 16 metros cuadrados para que conviviera con cerca de 10 monos maiceros, tanto machos como hembras. Pero fue rechazado y atacado por los machos alfas mayores del grupo”.

Los expertos del Centro de Fauna decidieron pasarlo a una jaula con monos más jóvenes, un experimento que funcionó.

“Con los más jóvenes Mocho sacó su ímpetu de macho alfa dominante y se convirtió en el rey de la camada. Y para fortuna de todos se adaptó a la perfección”.

Para la bióloga y los demás trabajadores de la SDA esa fue una gran noticia, ya que indicaba que podría llegar a reproducirse y ser liberado en un futuro.

Desde ese momento, al mono se le suministraron dos dietas: frutas, verduras y semillas en las mañanas y torta de carne y harina enriquecida con multivitamínicos en las tardes.

“Cada ocho días le escondíamos la comida dentro de su jaula. A veces la colgábamos, con el fin de que por sus propios medios fuera por ella, como si estuviera entre los árboles”.

Sin un futuro claro

Con el paso de los años, Mocho, también conocido como Manco, dejó atrás su discapacidad física y se impuso en la manada de los monos maiceros más jóvenes.

“Comía con su mano izquierda, la cual también utilizaba para colgarse de las ramas y las cabuyas de su jaula. Era el rey de su tribu, tanto así que en varias oportunidades se le vio copular con alguna de las hembras”, confirma Yudi.

Pero sus conductas como ladrón no desaparecieron del todo, un requisito fundamental para que fuera liberado en su hábitat natural.

“Para Mocho los humanos representaban una opción de juego, que en este caso era el chalequeo. Concluimos de que si era liberado, cuando viera la presencia humana no se escondería, sino que se les acercaría”.

Ante esto, Yudi empezó a buscar otras opciones de vida para Mocho,con la idea de que no pase sus años mozos en el Centro de Fauna de la fría Bogotá.

“Los monos maiceros viven en climas cálidos. Así que me comuniqué con varios zoológicos ubicados en zonas con temperaturas altas para ver si lo podíamos trasladar; pero ninguno aceptó”.

La razón de la negativa de los zoológicos fue que al estar amputado, no podía ser parte del grupo de primates en exhibición.

“Así que decidimos seguir cuidando a Mocho, dándole alimento, cambiando el sustrato de su jaula y suministrándole los medicamentos que fueran necesarios. Pero siempre quisimos que saliera de acá”.

Un final agridulce

Luego de cinco años en el Centro de Fauna, en 2015 apareció una nueva luz de esperanza en la vida de Mocho y en el corazón de sus dedicados cuidadores.

La Secretaría de Ambiente tenía proyectado hacer una liberación masiva de animales silvestres hacia finales de año en una reserva natural del municipio de Hato Corozal, en el departamento de Casanare.

“Macho era un mico guapo, acuerpado y dominante. Su salud era perfecta, al igual que sus instintos reproductivos. De vez en cuando se le salía su personaje de delincuente, pero concluimos que esto no iba a ser impedimento para que conociera de nuevo la libertad y siguiera con su ciclo de vida”, complementó Yudi.

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En mayo, Mocho, junto a su camada original de 10 monos maiceros (entre ellos otro macho alfa más joven), fueron reubicados en una nueva jaula mientras llegaba el momento de la liberación.

En el nuevo espacio, el macho alfa más joven empezó su despertar sexual, por lo cual quiso dominar a la manada y enfrentarse con Mocho por las hembras.

En septiembre, mientras se finiquitaban los últimos papeleos para la liberación, la tragedia se apoderó de todo el Centro de Fauna.

“Los dos machos alfa se enfrentaron a muerte por el dominio del territorio, una pelea en la cual Mochó llevó todas las de perder. Su rival, mucho más joven y con todas sus extremidades, le arrancó los dedos de su otra mano y le causó serias heridas. A pesar de los esfuerzos de los técnicos, nuestro mono no aguantó y falleció”, relata con nostalgia Yudi.

Foto: Jhon Barros

Con el corazón y el alma de luto, los expertos del Centro viajaron a los Llanos Orientales para liberar a los otros primates, liderados por su nuevo macho alfa.

“Fue una liberación agridulce. Mocho ya no estaba con nosotros, pero una de las hembras del grupo estaba embarazada de él; llevaba en sus entrañas un retoño que se encargaría de continuar con su legado animal”.

La futura madre alcanzó la libertad con el propósito de dar a luz al único hijo conocido de Mocho.

“Guardamos la esperanza de que el pequeño mono pueda tener una vida en paz en su hábitat, y que no viva todo el sufrimiento que soportó su padre desde que fue adiestrado para el robo”.

Yudy, quien sigue con su ardua labor de curar las cicatrices y golpes del tráfico de fauna en la Secretaría de Ambiente, enfatiza que el caso de Mocho debe servir como un ejemplo para frenar el maltrato animal.

“La historia de Mocho representa la crueldad del tráfico de fauna. En lugar de vivir libre en la selva, se crió como ladrón en la fría ciudad de Bogotá, lo que lo llevó a la amputación de una de sus extremidades. Aunque fue feliz en sus últimos años y hasta alcanzó a dejar su huella en un nuevo ser, no pudo conocer de nuevo la libertad”.

Mientras Yudy recibe y cuida a los animales decomisados en Bogotá, siempre recuerda la historia de Mocho o Manco, y espera que la ciudadanía tome conciencia y deje de flagelar a los pobres especímenes.

Costos y tiempos de una rehabilitación

El costo y el tiempo para poder rehabilitar a un animal víctima del tráfico de fauna dependen de la clase taxonómica y su comportamiento.

Por ejemplo, para un ave como una rapaz, la Secretaría de Ambiente informó que la rehabilitación puede durar un mes; para las tortugas y reptiles dos meses, la mayoría de mamíferos tres, y las loras hasta cuatro.

Lo que más demora en curar es la dependencia del animal al ser humano para adquirir alimento. Por ejemplo, a la SDA han llegado aves que ya solo comen galletas y leche y felinos acostumbrados a comer cabezas de pollo cocinadas.

“Lo que menos influye es el encierro en el que estuvo, es decir que a pesar de que un animal haya estado en una jaula por mucho tiempo, no es complicado que se adapte a otros escenarios. Por instinto los animales son exploradores”, concluyó la bióloga.

El costo depende más del grupo taxonómico. Para un tití apto para rehabilitación, la entidad le suministra alimentación, personal, encierro, tipo de ambiente (temperatura, luz, sustrato) y medicamentos (desparasitarlo, instalación de chip para monitoreo, exámenes clínicos), los que tienen un valor promedio al mes de $500 mil.

“Pero si es un animal como un trigrillo, el costo se podría incrementar hasta más de 5 millones. En el caso de Mocho, su costo osciló entre los 250 mil pesos al mes”.

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