Guardián y Kaiser II, los perros de su hermano, ahora viven en la finca de Guillermo. (Foto: Daniel Reina Romero / SEMANA)

La plácida noche del 28 de noviembre de 2005 se vio interrumpida por las granadas y demás municiones sin explotar que caían sobre la vivienda de Guillermo Murcia, en zona rural de Fortul (Arauca). Las Farc y el Ejército combatían a solo 200 metros, y el joven de 22 años decidió irse con los suyos a la casa de su hermano en un caserío cercano.

Cargaba en brazos a su niño mientras su novia corría a su lado. Al mismo tiempo su perro Kaiser, al que adoraba, cuidaba sus pasos. De pronto algo explotó y Kaiser chilló.

Guillermo quedó conmocionado, quería saber si su perro seguía con vida, pero se contuvo y continuó corriendo. Al llegar al caserío, su hermano le prohibió regresar a la finca pero a las 4:40 de la mañana ya estaba listo para volver. “Necesitaba saber cómo había quedado la casa y revisar si las vacas todavía estaban”, cuenta.

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Esta vez regresó por la trocha acompañado de otro guardián: Peligro, el perro de su hermano y a su vez hermano de Kaiser. Al llegar a la finca, encontró el carro de su padre estacionado al lado de la casa, “me pareció muy raro porque mi papá vivía a una hora de camino y eran las 5:40 de la mañana”. Sin embargo, decidió adentrarse en el potrero para arrear las vacas con la ayuda del perro. Pasaron pocos minutos cuando un estallido levantó a Peligro del suelo y lo lanzó varios metros hacia atrás.

El animal había pisado una mina instalada seguramente por la guerrilla tras el enfrentamiento, para que algún miembro de la fuerza pública cayera en ella días después. Nuevamente un perro le había salvado la vida, aunque esta vez Guillermo no contó con tanta suerte.

Estuvo consciente todo el tiempo mientras lo transportaban de urgencia en el carro de su padre a Fortul. De ahí, por la gravedad de sus heridas, pasó a Saravena y finalmente llegó a Bucaramanga, donde comenzó su rehabilitación.

La explosión le quitó parte de la masa muscular de la pierna derecha desde la rodilla hasta los glúteos. Uno de sus brazos quedó sumamente afectado, su espalda llena de laceraciones y varias costillas rotas. Tuvo que someterse a 18 cirugías reconstructivas, pero quedó con una huella imposible de borrar: “El daño psicológico no me lo quita nadie. Cuando voy por la carretera me da miedo salirme del borde o en los caminos me hago de último en la fila. Sin embargo, siempre estoy pensando que algo va a explotar”.

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En Bucaramanga se hospedó en el Hogar Jesús de Nazaret, una fundación con 20 años de experiencia en rehabilitación de sobrevivientes de minas. Allí, dos meses después, al reconstruir los hechos con su padre, recordó cómo Kaiser y Peligro habían salvado su vida.

La noche del enfrentamiento armado, Kaiser llegó herido a la casa del padre de Guillermo. “Tenía una pata rota, los ojos brotados, muchas heridas y la cola rota. Para mi papá eso fue como una señal de que algo malo me había pasado y por eso la madrugada siguiente se fue en el carro hasta mi casa. Si él no hubiera ido yo me habría desangrado porque no tenía vehículo para transportarme”, cuenta. Kaiser, que desde entonces se convirtió en el héroe de la familia, se recuperó de las heridas y acompañó a los Murcia cuatro años más. 

En Bucaramanga, Guillermo dice haber entendido la dimensión de la problemática de las minas y dejó de preguntarse “¿por qué a mí?”. “Cuando llegué al hogar me encontré con 81 sobrevivientes y muchos de ellos estaban en peor condición que yo. Eso, en medio de todo, me hizo sentir afortunado”.  

Un año después del accidente y todavía en rehabilitación, halló la manera de volver a establecerse en Fortul, pero de nuevo el destino le habló al oído. “Cuando volví a mi finca, fui a mirar las vacas y oí una explosión muy cerca. A 200 metros, sobre la carretera, un vecino de 71 años había muerto instantáneamente por una mina. Entré en ‘shock’ y esa misma tarde le pedí a mi familia que recogiera mis cosas porque no iba a vivir un día más ahí”.

Regresó a Bucaramanga y en el Hogar Jesús de Nazaret encontró los dos oficios a los que hoy se dedica. Recibió un curso de servicio técnico para celular y la Campaña Colombiana contra Minas lo nombró coordinador regional de su departamento. “Querían que me capacitara en educación en riesgo de minas y que multiplicara ese conocimiento en Arauca para evitar que más paisanos murieran”.

Hoy coordina las capacitaciones en educación en riesgo que la campaña dicta en las veredas de Arauca y especialmente en las escuelas. Le cuenta a la población cuál es la problemática, cómo son las minas, dónde se pueden encontrar y qué hacer en caso de entrar en un campo minado. Paralelamente acompaña a las víctimas en sus procesos de rehabilitación y realiza su tarea titánica de localizar a las 662 que hay en su departamento, aunque el registro oficial hasta el momento no alcanza los 200 casos. Además, Guillermo visitó la Mesa de Negociaciones en La Habana junto con otras 59 víctimas de las Farc y llevó una elaborada propuesta para desminar 57 áreas con alta sospecha de presencia de minas.

Su mayor alegría es que los sobrevivientes que asesora logren una reparación o una pensión. Hace pocos días uno de ellos lo llamó para contarle que consiguió la pensión por invalidez y él asegura haber brincado en una ‘pata’ por la felicidad que le dio. “En Arauca solo cinco sobrevivientes han conseguido la pensión. Eso y capacitar niños es lo más gratificante de lo que hago. Es salvar a las nuevas generaciones y a aquellas que necesitan vivir dignamente después de lo que les pasó”.

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