| 2017/03/27

Montes de María: Ayer despojo, hoy reconciliación

Varias veredas del municipio de Morroa, en Sucre, son un laboratorio exitoso de asociación tras un proceso de restitución. Los problemas de antes devinieron en procesos conjuntos de productividad y sostenibilidad para salir del letargo en que vivían miles de campesinos.

Foto: Cortesía FAO
Foto: Cortesía FAO

Las apetecidas tierras de Sucre son testigos silenciosos de lo más cruel del conflicto armado en Colombia. Al oriente, en el municipio de Morroa, dejaron huella las guerrillas de las Farc, ELN y ERP. Luego narcotraficantes y paramilitares. Todos iban por lo mismo: un refugio que a la vez era corredor estratégico para movilizar droga por la costa Caribe.

El despojo por medio de la muerte e intimidación se hizo común entre los campesinos de la zona, que primero vieron cómo hacia finales de los ochenta el frente 35 de las Farc se llevaba a sus hijos por la fuerza, empezaba a desaparecer a algunos líderes y ya en el 90 sintieron la fuerza abrumadora del ‘Frente Héroes de los Montes de María’ a cargo del exjefe paramilitar Rodrigo Mercado Peluffo, alias Cadena.  

Estos últimos, en complicidad con militares -según Salvatore Mancuso-, fueron los autores de una masacre que aún retumba en esa región: la de Pichilín, donde acabaron con  11 campesinos acusados de colaborar con la guerrilla.

Así, los Montes de María se convirtieron en un sangriento escenario de asesinatos selectivos y desplazamiento masivo y sostenido. Según el Registro Único de Población Desplazada, entre 1997 y 2010 salieron por la fuerza unas 4.300 personas, solo en el municipio de Morroa.

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Los que pudieron vendieron sus tierras por precios irrisorios, otros huyeron sin nada. En todo Sucre se levantaron solicitudes para restitución de tierras de 50.000 hectáreas. Solo en este municipio se pidieron más de 9.000.

Por eso 2013 no deja de ser una fecha especial. Varios jueces agrarios fallaron para devolverles unas 900 hectáreas a 51 familias. Desde allí comenzó un retorno lento y con miedos, que hoy se consolida en unión.

Restitución, asociación, reconciliación

“Esto era corredor de los grupos al margen de la ley y siempre existía temor, pero yo nunca abandoné mi predio. Cuando apareció en 2011 la Ley de Tierras, los que ahora son mis vecinos solicitaron derecho de sus predios y un tribunal les dio sentencia a favor teniendo nosotros que acatar la ley y entregarles los predios con los que antes habíamos hecho negocio. En un principio hubo roses y desencuentros pero vimos que ese no era el camino”, le dijo a Semana Sostenible Davelys Borja, una de las líderes de la Asociación de Pequeños Productores Agropecuarios de Cambimba (Apacambi).

Este conflicto se vive en todas las zonas donde se ha aplicado la ley, por eso la férrea oposición de algunos campesinos. Sobre esto, Ricardo Sabogal, director de la Unidad de Restitución de Tierras explica que “el conflicto desacomodó a las personas y dejó un orden que no fue el mejor. Por eso la restitución empieza a hacer justicia con aquellos que se vieron muy afectados. La implementación de la norma ha encontrado comunidades donde ha debido empezar a buscar espacio a otras que no hacían parte del actor armado ni se beneficiaron, pero que terminaron con tierras de un restituido y eso es lo que hoy llamamos segundos ocupantes”. Sin embargo, el funcionario agrega que con ese tipo de población “vamos a tener el mismo trato que con el restituido, darles tierra y darles proyectos productivos”.

Justo uno de los vecinos en disputa con Davelys por la aplicación de la ley es Orlando Ruiz. Hoy trabajan juntos y después de un álgido litigio sobre el derecho de la tierra, dice que “a medida que se ha ido dialogando y acercando, por medio de la asociación, hemos obtenido logros. Esto es un ejemplo de reconciliación, hemos venido trabajando de la mano en pro de la comunidad dejando atrás el dolor y el rencor”.

Si bien la restitución generó inconvenientes entre restituidos y opositores por los límites que fijó la ley, en los Montes de María hay experimentos revolucionarios por medio de la asociación. Allí entraron la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Embajada de Suecia y la Unidad de Restitución de Tierras para subsanar y hacer productivo y sostenible ese territorio.

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“La nobleza del proceso de restitución es devolver al campesino su derecho a tener un medio de vida digno a partir del uso de la tierra y con eso salir adelante. Sin embargo, ese proceso tiene que ser individual y la solución a todos los problemas que se generaron es colectiva. Nuestro reto era generar viabilidad a esos esquemas de restitución y ya hemos logrado pasar de la restitución a la reconciliación”, explica Rafael Zavala, representante de la FAO. Según dice, esa es la paz verdadera, la paz territorial. Una que sea la base del desarrollo, de la generación de empleo que tanto requiere el campo colombiano. Se trata de generar la inclusión económica de los históricamente excluidos. “Esa llave de la inclusión se llama asociación”, comenta.

La iniciativa surgió en 2016 cuando familias del predio Pertenencia, junto a personas que durante el proceso de restitución de tierras acudieron como terceros intervinientes, se asociaron para impulsar el emprendimiento con cultivos de ñame, yuca, frijol, tomate, hortalizas orgánicas y ganadería doble propósito (carne y leche).

Como resultado del trabajo en equipo y a través del convenio, se han construido 15 salas de lo que llaman “buenas prácticas de ordeño” y la red hídrica de la zona (por medios de jagüeyes), mejorando la producción lechera y dando solución al problema de abastecimiento de agua para el riego de los cultivos.

Semana Sostenible estuvo en el lugar y constató la puesta en marcha de las salas de ordeño y la construcción de los jagüeyes, obras que tienen a la comunidad esperanzada.

El proceso se traduce en un mejoramiento sustancial de la calidad de vida de las familias, la reactivación de sus actividades productivas, solución rápida de subsistencia y una generación de ingresos en el mediano plazo. 

Contra la ausencia

“Soy de los Palmitos, Sucre. Cuando estuvo la violencia todo el mundo desocupó y mi esposo le compró una parcela a un poblador. Eso hace 10 años. Tuvimos ratos malos, ratos buenos, con sustos, escondidos. Pasaba la gente con las armas y uno no estaba acostumbrado a eso. Nos preguntaban si había pasado la guerrilla, los soldados y nos obligaban a asistir a reuniones que no queríamos. Pero ya todo eso quedó normalizado gracias a Dios. Nos van a dar aquí en la asociación 2.000 novillas preñadas y un dinero para ampliar un pozo y unas vaqueras”, cuenta Albertina Domínguez. Con convicción asegura es desplazada pero no mendiga. “Estoy en el grupo de mujeres trabajando hortalizas, gallinas. Tengo 62 años y nada me aflige, soy una mujer trabajadora”, añade.

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Como la de ella, son 70 familias impactadas en Morroa con estos proyectos que le están cambiando la cara a la región.

Según Marie Andersson de Frutos, embajadora de Suecia en Colombia, “ha sido fantástico ver la energía de la gente y ver con qué entusiasmo ellos miran el futuro”. Pero también hace un llamado para que el impacto sea mayor: “Alcaldía y Gobernación tienen que entrar con obras. ¿Qué va a hacer esta gente con todos sus productos si no hay carreteras cuando llueve? No solo es restitución, vienen muchas otras cosas”, le dijo a este medio.

Y sobre esa ausencia son conscientes los mismos pobladores. En el acto que se llevó a cabo el viernes 24 de este mes para contar los resultados del proyecto, uno de los líderes pidió “un aplauso grandísimo para el alcalde de Morroa (Carlos Solano) y para el gobernador de Sucre (Edgar Martínez Romero) que por primera vez nos visitan”.   

Morroa es solo un ejemplo de los frutos del convenio. Se destinaron cerca de 6 millones de dólares en varios municipios y se espera un desenlace parecido al de los Montes de María, identificando la vocación productiva según la comunidad.

El posconflicto ya empezó a cabalgar en las tierras que fueron manchadas de sangre por todos los actores armados. Ahora la asociación es el arma y la reconciliación la trinchera. Las comunidades solo están pidiendo mayor presencia del Estado y oportunidades para reescribir la historia, porque como dice Albertina “voluntad, hay”.

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