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Extrañamente, fuera de los círculos de las personas más directamente involucradas en los temas ambientales y de pobreza, en Colombia poco se ha hablado del importante papel que jugó en el desarrollo de un proceso de negociación que hoy es el centro de todas las negociaciones multilaterales del mundo.
 
El proceso es la Adopción de la Agenda 2015 que culminará en una cumbre global en septiembre de 2015. Su propósito es definir los objetivos e indicadores que reemplazarán a los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que fueron la base para la construcción de la Agenda de Desarrollo del mundo durante los últimos 20 años.
 
La agenda ha sido objeto de críticas desde su origen, pero nadie le quita su logro principal: comunicar de forma clara y concisa lo que significa ser pobre y definir formas de dejar de serlo. Otro de sus logros fue tener una meta que transmitiera un mensaje de urgencia y de esperanza: el mundo estaba en posibilidad de ponerle fin a la pobreza para el año 2015.
 
A pesar de que los logros sobre los ODM han sido muchos, está claro que no hemos podido eliminar la pobreza. Además de terminar esa tarea, los líderes globales, en el marco de las Naciones Unidas, han hablado sobre lo que quisieran que estuviera en esa lista posterior al 2015 durante más de tres años.  (Vea: ¿Qué tan viables son los Objetivos de Desarrollo Sostenible?)
 
Para quienes no están involucrados en el mundo diplomático o en el sistema de Naciones Unidas puede resultar curioso que un listado de metas sea objeto de tanta atención. El tema tiene varias aristas: Por una parte, para los países pobres tener metas propias dentro del listado mejora sus probabilidades de conseguir importantes recursos para por parte de la comunidad internacional. Por otra, los países ricos han hecho lo posible para no tener objetivos propios, un punto en el que los países de ingresos medios, incluyendo a Colombia, han sido insistentes. ¿Por qué la tarea de combatir la pobreza debe recaer sobre los países pobres cuando pobres hay en todas partes? Además, para esta “clase media” global resulta también importante tener metas compartidas con los países desarrollados sobre sostenibilidad que reflejen la responsabilidad común sobre recursos naturales y cambio climático.
 
 
Esta fue la posición que empezó a abanderar el “dream team” de la diplomacia ambiental y social colombiana, liderado conjuntamente por Paula Caballero, directora de Asuntos Económicos y Sociales de Cancillería hasta 2014 y Andrea Guerrero, directora de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible hasta 2012. Entre ambas desarrollaron una posición complementaria en las negociaciones de cambio climático y las de la agenda de desarrollo Pos-2015.  Hoy Paula Caballero dirige lo relacionado con medio ambiente dentro del Banco Mundial, mientras que Andrea la reemplazó en Cancillería.
 
La idea de Paula Caballero fue ampliar el alcance de los Objetivos de la nueva agenda de desarrollo para incluir la dimensión de la sostenibilidad, puesto que lucha contra la pobreza, por más prioritaria y loable que sea, tiene importantes consecuencias sobre el medio ambiente, los recursos naturales y, por supuesto, sobre las actividades que han resultado en el cambio climático. Su propuesta fue que las nuevas metas fueran Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y que dentro de los indicadores se dividieran aquellos que deberían reportar los países de distintos ingresos para llevar también un control de su impacto en los temas ambientales. (Vea: Los Objetivos de Desarrollo Sostenible)
 
Desde que se puso este tema sobre la mesa en el 2011 ha dado muchas vueltas. Como la misma Paula decía, al principio lo que iba resultando era una lista eterna que incluía metas de todos los temas, desde la lactancia hasta las armas nucleares.  La persistencia del equipo colombiano, sin embargo, logró que la propuesta sobreviviera y fuera el punto de partida para las negociaciones.
 
Independientemente de cómo se llamen, porque en el mundo de la diplomacia el lenguaje siempre es objeto de discusiones interminables, ya no hay duda: los nuevos objetivos tendrán que incluir las tres dimensiones del desarrollo: social, económico y ambiental. Además, hay ya gran consenso sobre incluir una nueva área para la arena internacional: la sostenibilidad de la producción y el consumo.
 
Esta última parte será la que le ponga más presión a los países desarrollados, quienes están acostumbrados a que su función en la lucha contra la pobreza se limite a donar dinero para el desarrollo, cuando gran parte de los grandes procesos generadores de pobreza están relacionados con el comercio injusto, la propiedad intelectual y los patrones de consumo de los ciudadanos del mundo desarrollado.
 
Para lograr este objetivo, los negociadores crearon el Ten Year Framework o Programa marco de diez años sobre consumo y producción sostenible cuyo fin es que todos los países desarrollados tomen las primeras acciones hacia esos patrones de consumo y producción. Esto hace que este objetivo sea estratégico porque parte de los que tiene más hacia los que tiene menos y no norte-sur como era tradicional.
 
Además, este punto es un tema que le pega directamente a los demás ODS ya que la producción y el consumo definen la vida de las personas, pero también el manejo de los recursos y el obrar de las empresas y los gobiernos.
  
¿Diecisiete objetivos y 169 metas?
 
Un punto que ha llamado la atención de los expertos sobre desarrollo del mundo es que los 17 nuevos ODS tienen 169 metas.  El punto de controversia es si el hecho de que haya tantas metas permite que los ODS sean viables, sobre todo, por su financiación.
 
Frente a esto se han hecho varias propuestas como la del Consenso de Copenhague que reunió a varios expertos y luego a un panel de nobeles para evaluar esas metas. La conclusión de este análisis fueron 19 metas que hacen que se aseguren más de 15 dólares por cada dólar invertido en desarrollo.
 
Hay, sin embargo, otras posiciones, como la de los representantes de la delegación colombiana en la Cumbre Especial sobre Desarrollo Sostenible, que afirman que aunque son 169 metas solo 107 son metas de resultados, mientras que las otras 62 son metas de implementación es decir, de acciones concretas para apoyar a los países en desarrollo a que cumplan los objetivos y para obligar a los más desarrollados a que se comprometen con el proceso.
 
Para lograr que los ODS sean eficientes, los negociadores tienen claro que desde que se comenzó a hacer la nueva agenda se decidió que los asuntos pendientes de los ODM estarían en los ODS es decir, no se parte de cero, sino de lo que no hizo que se complementará con lo cosas nuevas que faltan por hacer. Un ejemplo de esto es el ODM 8 que consistía en Fomentar una asociación mundial para el desarrollo y que no sirvió de nada. Por eso, ahora se van a incluir ODS como el 17 que consiste en Fortalecer los medios de implementación y revitalizar la alianza mundial para el desarrollo sostenible que tendrán metas cuantitativas y con medios de implementación.
 
Como antesala a las negociaciones de septiembre los delegados de todos los países se reunirán en la tercera Conferencia para el desarrollo en junio. A diferencia de las dos Conferencias pasadas, en las que se llegaron a muchos acuerdos, pero no se les hizo seguimiento lo que llevó a que muchos países desarrollados no cumplieran esos acuerdo, en esta se le hará rendición de cuentas a cada acuerdo pactado.
 
Si algo tiene claro la delegación colombiana, al igual las delegaciones de otros países, es que hasta que el tema no se defina y asea algo seguro no será posible afirmar que existe la agenda para reemplazar los ODM. Ese es el peor de los escenarios que se tienen previstos. El mejor, por otra parte, es que defina una agenda que logre erradicar la pobreza extrema en una generación y, además, que permita que cada logro sea irreversible.  Es clave que no vuelva a suceder que otra crisis como la de 2008 reverse décadas de esfuerzo. Una manera fundamental de que eso sea posible es, como hemos dicho tantas veces, incluir los temas ambientales a un nivel igual de importante al de los otros dos temas eje de estas conversaciones que son la social y la económica.

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