Durante 10 días la comunidad de San Cipriano recibió talleres para realizar proyectos musicales y de gestión cultural, que permitan mejorar las condiciones de vida de sus territorios.

Anclada en medio de la selva se encuentra la Reserva Ecológica de San Cipriano. Es un territorio escogido para proteger las aguas traslúcidas de los ríos San Cipriano y Escalerete, que se mantienen intactas gracias a la acción de la comunidad afro de esta área. Solo se puede llegar en ‘brujitas’, unos vehículos de madera impulsados por motocicletas que los habitantes adaptaron para hacer uso de las carrileras de tren que cruzaban la región. La ausencia de vías generó un aislamiento que ha sido clave para la conservación de la riqueza natural de la zona.

Las curiosas ‘brujitas’ llegaron el pasado 3 de noviembre cargadas de instrumentos, cámaras, bafles y computadores. Cerca de 25 personas que llegaban a Paisajes sonoros, una residencia artística organizada por Fondo Acción, Llorona Récords y Usaid, los traían de todas partes del Pacífico. Algunos tenían más experiencia que otros, pero todos estaban para aprender. Durante diez días estuvieron en talleres con expertos para realizar proyectos musicales, audiovisuales y de gestión cultural que luego podrán implementar en sus comunidades para mejorar sus condiciones de vida y proteger sus territorios.

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No se conocían, pero todos trabajaban en un mismo esfuerzo: Paisajes conectados, en el cual se desarrollan ocho proyectos de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD+). El trabajo involucra a 18 consejos comunitarios y un cabildo mayor indígena, que están luchando por la conservación de los bosques tropicales del Pacífico colombiano. Cada comunidad ha sido capacitada para proteger estos recursos y realizar mediciones que permitan calcular cuánto carbono capturan en sus bosques, para luego vender este servicio a aquellos que quieran compensar sus emisiones.

Esfuerzo integral

Los proyectos REDD+ revolucionaron las comunidades que los adoptaron. Su mayor resultado ha sido lograr que el desarrollo sostenible y la protección del medioambiente se conviertan en una opción económica viable para los habitantes de las regiones. Una opción que, contrario a la actividad extractiva, perdurará mientras se mantengan los bosques.

Un leñador, por ejemplo, cada vez tendrá que adentrarse más a la selva para conseguir su sustento, y eventualmente terminará por acabarla.  Por el contrario, si se convierte en guardabosque no tendrá que someterse a un trabajo tan pesado y no contribuirá al detrimento de la riqueza natural. La clave de Paisajes conectados es demostrar que de la segunda opción también se puede vivir, además de que puede significar el empoderamiento y trabajo en equipo de comunidades ancestrales.

Derly Becerra, del Consejo Comunal de Cocomasur en Acandí, Chocó, cuenta que lograron unirse como comunidad  gracias al proyecto para vender la captación de carbono. “REDD+ es uno de los mejores generadores de empleo de nuestra región: da 30 trabajos directos y beneficia a muchos indirectamente con alimentación, transporte y alojamiento temporales”, afirma.

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A pesar de ser coordinados por Fondo Acción, el objetivo de los REDD+ es que sean adoptados y gestionados por cada comunidad. Acandí es el lugar donde más se ha avanzado y sus pobladores ya fueron capacitados para medir la captura de carbono. La primera medición se vendió y con el dinero cubrirán los costos de implementar el proyecto. Además, tienen planeada una segunda medición para tener recursos para los proyectos colectivos.

El proyecto ha servido para conservar bosques nativos que no hacen parte de zonas protegidas. La meta de Fondo Acción es capacitar a los habitantes para que pongan en marcha el proyecto REDD+ y que finalmente las comunidades asuman su manejo en forma independiente. Este ha sido un proceso de apropiación que se ha visto beneficiado por expresiones culturales  que han servido como herramientas importantes para fortalecer los vínculos con los territorios.

La comunidad se ha unido para preservar los legados culturales  afro e indígenas,  que  durante siglos han sido parte de su identidad.

Un renacer cultural

La pertenencia al territorio es clave para fomentar un programa como Paisajes conectados. La unión como comunidad también ha despertado un interés por recuperar los legados culturales afro e indígenas, amenazados por la cultura popular. El trabajo con estas comunidades permite que las nuevas generaciones entiendan la importancia de la tradición, se preocupen por conservarla y hacerla parte de su identidad.

A partir de estos ejercicios se gestaron las iniciativas que llegaron a San Cipriano a trabajar con los artistas. De hecho, en Acandí empezaron a preguntarles a los mayores sobre la música tradicional del Pacífico. A partir de sus recuerdos, lograron conformar el grupo Tambores del Tolo. En Mutatá, municipio del Urabá antioqueño, las mujeres del cabildo mayor Embera Eyabida presionaron a sus ancianas para que volvieran a cantar y para que les enseñaran el canto embera, para a su vez ellas inculcárselo a sus hijos.

Mailen Quiñones o Black Mailen vive en Tumaco y lleva años juntando la música del Pacífico con las poesías que le compone al territorio, creadas a partir de su experiencia como líder comunitaria. En Carmen del Darién, Chocó, varios colectivos de música urbana también buscan posicionarse en el mercado y otros jóvenes quieren realizar proyectos periodísticos para dar a conocer a su región.

Paisajes sonoros fue el escenario perfecto para mejorar como artistas, guiados por músicos expertos como Nidia Góngora –una de las voces pioneras en fusionar la música tradicional del Pacífico con ritmos electrónicos– y Cenén Hurtado –marimbero y múltiple ganador del Festival Petronio Álvarez–.

Además, contaban con la asesoría de Llorona Récords y Six Zero Media, que los iniciaron en el mundo de la producción musical y audiovisual profesional. Con su guía produjeron videos y compusieron desde cero un EP de música del Pacífico, una producción musical que incluye una canción adaptada de un poema de Mailen; una composición en honor a San Cipriano y un arrullo al río, que nació de un canto embera.

Por su parte, Mónica Domicó Bailarín, profesora de canto embera, dejó a todos entonando las letras en su lengua, a pesar de que poco conocían de su cultura. “El canto embera nace del alma para cantarle a la selva. Es una forma de honrarla y agradecerle porque nos da el agua. No sabía que sonaba tan lindo con una marimba, acá la conocí. Es la unión de dos pueblos”, cuenta.

La residencia artística los devuelve a sus territorios con unas primeras bases para las prácticas musical y audiovisual, las cuales fueron reforzadas por talleres de gestión de proyectos culturales para que también puedan presentarse a convocatorias, manejar presupuestos y poner en marcha soluciones concretas a los problemas de sus comunidades. Finalmente, ellos mismos están tomando las riendas para proteger sus territorios, conscientes de que, con esto y su legado cultural, pueden encontrar una forma de sustento sostenible.

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