En la más amplia de sus definiciones, el activismo digital es el uso de distintas aplicaciones en internet para la movilización política o social. Cubre un amplio rango de acciones, publicaciones, contenidos, peticiones y convocatorias.

Las campañas #MeToo y #NiUnaMás son dos ejemplos recientes de cómo problemáticas sociales estructurales están encontrando nuevas maneras de tener eco en la sociedad. Sin embargo, quizás el primer gran éxito de la movilización digital en Colombia fue la marcha de Un Millón de Voces Contra las FARC del 4 de febrero de 2008. Su triunfo no fue gracias a sofisticadas agencias de medios sino precisamente a su carácter informal y popular. El escenario se estaba preparando desde 2007. Hitos como el proceso de liberación de Clara Rojas y Emmanuel y la publicación de las pruebas de supervivencia de Ingrid Betancourt y el entonces coronel Luis Mendieta, abrieron entre los colombianos un espacio de especial indignación contra las FARC.

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Esta indignación se cristalizó con la creación de un grupo de Facebook en Barranquilla el 4 de enero de 2008, ese mismo día una persona en Bucaramanga propuso una marcha. Un día después, a la convocatoria se unieron personas de Bogotá y hasta Nueva York. El resultado de la coordinación de más de 1.800 personas conectadas digitalmente logró que en más de 183 ciudades salieran a las calles más de 14 millones de personas. Todo esto con tan solo un mes de organización.

Otro caso, menos conocido pero exitoso en el tiempo, es el de la #BrigadaDigital, un escuadrón que entra en funcionamiento cuando hace falta “un acompañamiento de activismo humanitario”, como lo señala la experta Rosa Cristina Parra, quien ha sido una discreta pieza clave en gran parte de las movilizaciones digitales de Colombia, desde la marcha del 4 de febrero de 2008 hasta la respuesta a la emergencia de Mocoa en abril de este año.

El Movilizatorio es una iniciativa más reciente. Uno de sus principales proyectos, El Avispero, se ha hecho merecedor de varios galardones, incluyendo el premio Turner a la transformación social. Es producto de la incubación de Purpose, una de las iniciativas de movilización digital más poderosas del mundo, creadora de campañas como la de apoyo a los cascos blancos en Siria.

Juliana Uribe Villegas, fundadora y directora ejecutiva de El Avispero, acepta que actualmente “tenemos más preguntas que respuestas”. Por eso repite que la iniciativa es un laboratorio y que “para aproximarnos al reto de movilizar decidimos probar y entender poco a poco qué va funcionando en el contexto de Colombia. A pesar de que hay tendencias globales, el contexto de cada país y su realidad hace que las interpretaciones de tecnologías y metodologías sean más o menos efectivas”.

Tanto para Parra como para Uribe, el activismo digital requiere de un componente no virtual para que sea verdaderamente exitoso. “No es uno u otro, sino la combinación de online y offline la que es realmente poderosa”, afirma Villegas. Ella describe el proceso de movilización como una escalera en la que la base son aquellas personas que únicamente van a darle ‘click’ o ‘like’ a una iniciativa; a esas se les puedes informar y convocar pero solo un porcentaje de esos seguidores suben los escalones y están dispuestos a ir más allá, a una reunión, a una marcha, a donar o a estar en un campamento. Todo se construye y masifica sobre el primer click, pero “la clave para avanzar está en el impacto que tengan las causas y las estrategias. No es solo hacer ruido sino que pase algo”, añade.

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Parra concuerda con lo anterior y es por eso que a lo largo de sus experiencias ha construido un modelo en el que “las herramientas virtuales son solo una parte del proceso. Deben articularse todos los campos estratégicos para elevar el impacto a la realidad”. La clave está en saber lo que las personas buscan en las redes y proveer información apropiada y realmente útil que les permita construir colectivamente.

Elecciones a un ‘click’

Es imposible separar el activismo del escenario electoral. Es ahí donde se juegan las agendas de cambio más relevantes para la sociedad. Si hay algo que aprender de los procesos electorales recientes es que en este, como en todos los campos del mercadeo, la información es la moneda de cambio más valiosa.

La campaña presidencial de Barack Obama fue excepcionalmente exitosa en su estrategia digital, pues no se concentró en hechos políticos sino como una movilización social de activistas. Su uso de la narrativa y, sobre todo, la profesionalización en el uso de información digital fueron exitosas para conectar a la gente con la campaña. Los seguidores digitales contaban con tareas y material para poderlas realizar. Cuando lo lograban, obtenían reconocimiento público y así se fue construyendo un verdadero sentido de pertenencia.

En 2010 la campaña presidencial de Antanas Mockus hizo algo similar. Convirtió el internet y las redes sociales en un movimiento digital y no en mecanismos de información unidireccional. En su momento, el exalcalde de Bogotá fue el candidato presidencial con más seguidores en el mundo y el séptimo político con más seguidores a nivel global. Si la elección de 2010 hubiera sido en las redes sociales y no en las urnas, no cabe duda de que Mockus hubiera sido presidente.

A la cabeza de esa estrategia estuvo también Rosa Cristina Parra. Para ella, las principales enseñanzas de la ola verde van en dos sentidos. El primero es el enfoque positivo en el que “la misma gente es la que cuenta, la que conecta, la que propone, la que sale y hace sin esperar que alguien le diga qué hacer. Sí es posible generar campañas de impacto digital, de conexión real, de viralización - sin bots”.

El segundo es el lado negativo, ya que, según Parra, el activismo digital no se traduce de forma automática en activismo electoral: “la campaña y el partido actuaron con bastante soberbia y pecaron de ingenuidad. Sí o sí es necesario armar maquinarias electorales que movilicen el voto, que garanticen que la gente no se quede en casa el día del sufragio”.

El lado oscuro de la data

La campaña de Donald Trump en 2016 se enfocó en el uso de una rama de la psicología. Se trata de la psicométrica, que usa los datos para construir perfiles predictivos con base en los gustos revelados en las redes sociales. La estrategia desarrollada por la empresa Cambridge Analytica (al parecer como plagio de la investigación científica) fue uno de los componentes más importantes para la victoria del candidato republicano el año pasado.

La empresa, según su representante, ha desarrollado perfiles psicológicos para los 220 millones de estadounidenses habilitados para votar, con base en la compra de datos y el comportamiento en línea. Con esa herramienta en mano, saben exactamente qué mensaje enviarle a cada uno de ellos.

La historia, cuidadosamente reportada por la revista Motherboard en diciembre de 2016, presentó amplia evidencia de la forma en que nuestro rastro digital nos hace vulnerables a niveles de manipulación con niveles de sofisticación nunca antes vistos.

Grandes y pequeñas conexiones

Como en el caso de la atención humanitaria, los casos más exitosos del activismo parecen estar en la conexión entre personas con intereses, preocupaciones o sufrimientos similares que buscan espacios para expresarse o desahogarse.

Ese ha sido el caso de la ola de confesiones y acusaciones de acoso sexual que se han tomado las redes sociales durante 2017. El movimiento #MeToo, que sacudió las redes sociales y al establecimiento de Hollywood ha tenido un componente digital muy importante. A pesar de que las investigaciones se han publicado en medios tradicionales como el diario New York Times y la revista New Yorker, las denuncias se han transformado en movimientos gracias a las confesiones en redes sociales y la solidaridad que han generado.

#NiUnaMás también fue una movilización que se impuso en Colombia a finales del 2016 y principios del 2017. La campaña se viralizó luego del repudio que generó la violación y brutal asesinato de Yuliana Samboní a manos de Rafael Uribe Noguera, miembro de una prestante familia bogotana. La protesta para frenar la violencia contra la mujer fue un objetivo que unió tanto a hombres como mujeres.

Como los anteriores hay muchos ejemplos de movilizaciones digitales que han tenido éxito y han logrado conectar con la gente. Sin embargo, también hay proyectos fallidos que no logran esa necesaria conexión con el mundo análogo. Para Rosa Cristina Parra eso se debe a que algunos convocan sin haber pasado por los momentos previos. “Para contar el por qué es necesario arrancar por sensibilizar. Para mover la emoción, esta debe llevarse a un plano racional de toma de posiciones, donde se discute y se identifican los líderes. Luego sí se pasa a una acción colectiva en la vida real. Sin este último paso, desgastamos el ejercicio solo en activismo”.

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Para Juliana Uribe, el reto de movilizar e informar alrededor de problemas complejos como los ambientales y sociales requiere de creatividad y de trabajo adicional. “No hay una formula mágica. La gente ya tiene costumbres nuevas de consumo de información como videos y textos cortos. No es fácil sacarlos de esa dinámica y la opción es aprender a informar a través de esos nuevos hábitos de consumo y de emoción”. El otro reto es que no se puede depender de los gigantes: “si se depende de Google y Facebook los temas quedan únicamente entre los que tienen plata. El reto está en identificar otros espacios igualmente efectivos para públicos específicos”, agrega.

A pesar de que no hay fórmula mágica, las lecciones para hacer activismo digital efectivo están disponibles. El análisis de los datos es la base de cualquier estrategia y sobre ella deben venir llamados a la acción precisos y bien formulados. Además de esa tarea, la responsabilidad del rumbo que toma la movilización digital parece estar en manos de los usuarios, quienes deben tomarse en serio la verificación de sus fuentes de información para asegurarse de responder a llamados legítimos. El mayor obstáculo puede ser la pereza.