Foto: Andrés Gómez Giraldo

Una persona en la ciudad puede comprar sus alimentos en un supermercado y acceder a productos de otras regiones del mundo a precios relativamente razonables. Las opciones son muy variadas: con o sin agroquímicos, con o sin conservantes, bajos en grasa, bajos en sal, con menos azúcar e incluso sin calorías. Si desea agua puede comprarla embotellada, con gas, o simplemente tomarla de la llave. Así mismo, si desea cocinar puede hacerlo gracias a servicios públicos de electricidad o gas natural.

Una persona de la ciudad también se beneficia de los sistemas de alcantarillado, que canalizan el agua lluvia para evitar inundaciones que podrían afectar su patrimonio; vías que le permiten llegar a su lugar de trabajo y obras de infraestructura como muros de contención, que lo hacen menos vulnerables a los desastres.

Sin embargo, los pobres en las zonas rurales viven de manera muy diferente. Cultivan el alimento que consumen en porciones pequeñas de su terreno, lo pescan de los ríos o quebradas cercanas, o lo cazan. Toman el agua de alguna fuente cercana a sus predios, sin ningún tipo de tratamiento y cocinan con leña que recogen del monte. En la ruralidad los ecosistemas regulan inundaciones y previenen deslizamientos, adicionalmente, el entorno natural sirve como medio de transporte, por ejemplo en comunidades ubicadas cerca de los ríos.

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Pocas veces somos conscientes de todo esto y mucho menos nos detenemos a pensar que quienes viven en el campo reciben gratis muchas de las cosas que el medioambiente les brinda. Además, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), una familia urbana compuesta por 4 personas tuvo en 2014 un ingreso promedio mensual de 2.721.996 pesos, mientras que una exactamente igual en el campo ganó 960.140 pesos, es decir, solo el 35 por ciento de lo que se gana en promedio en un centro urbano. Si tuvieran que empezar a pagar por lo que reciben de forma gratuita del medio natural, serían mucho más pobres.

El estudio La Economía de los Ecosistemas y la Biodiversidad (TEEB por sus siglas en inglés) observó este fenómeno en 2009. Los autores hicieron un ejercicio en tres zonas rurales de Brasil, Indonesia e India donde cuantificaron, en términos económicos, cuánto costaría reemplazar lo que las personas pobres de áreas rurales reciben del medioambiente. Para el caso de la India encontraron que una persona debía invertir el 46,6 por ciento de su ingreso para reemplazar lo que recibe del medio natural. En Indonesia el porcentaje fue alcanzó 74,6 y en Brasil 89,9.

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Con base en lo anterior, es apenas lógico plantear que si se desmejora la calidad ambiental de las personas pobres que viven en el campo, estas serán cada vez más pobres, lo que a su vez podría generar enormes conflictos y desafíos no solo económicos sino también ambientales y sociales.
El profesor español Joan Martínez Alier, en su aclamada publicación El Ambientalismo de los Pobres, ya había analizado este fenómeno a profundidad. Martínez mostró que las comunidades se han visto afectadas en su sustento por la disminución de la calidad ambiental de sus territorios y han dado duras peleas contra empresas multinacionales muy poderosas alrededor del mundo. Algunos ejemplos citados están en países como Ecuador, Nigeria, Birmania, Colombia, entre otros. Y es que los pobres rurales son ambientalistas por defecto, ya que sus medios de subsistencia dependen directamente del medio natural y si este se desmejora, lo mismo ocurre, de manera dramática, con su calidad de vida.

A pesar de ello, es importante analizar cómo, paradójicamente, muchas de las actividades económicas rurales amenazan en forma significativa los ecosistemas. Por ejemplo, de acuerdo con el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), una de las principales causas de la deforestación en el país ha sido la ganadería extensiva. Por su parte, informes de Greenpeace Colombia, aseguran que la ampliación de la frontera agrícola en los páramos se genera debido a las actividades agropecuarias, principalmente la ganadería doble propósito (carne y leche) y a los cultivos de papa, cebolla junca, entre otros.
Sin duda, este es un fenómeno profundamente paradójico en la medida que la ruralidad afecta a la ruralidad en escalas en las que la degradación ambiental llega al vecino casi que de manera inmediata.

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¿Cómo hacer entonces para que el 70 por ciento de la población de Colombia que vive en cabeceras municipales entienda que los pobres en la ruralidad dependen fuertemente del medioambiente? Es probable que se deba entender como un ejercicio de paz, en el que las personas de las ciudades podamos ver más allá de nuestros problemas locales y entendamos que la ruralidad somos todos. La historia nos ha mostrado que no actuar sobre los problemas del campo nos ha llevado a inútiles años de guerra.

Otro reto importante está en motivar a la ruralidad para que no se afecte a ella misma. Esta también es una tarea muy complicada, ya que no solo requiere impulsar procesos culturales, sino promover la reconversión productiva e incentivar la conservación de ecosistemas naturales a cambio de reconocimientos en dinero o en especie. A pesar de lo complejo que pueda parecer, actuar sobre el mantenimiento de la calidad ambiental debe ser una responsabilidad de todos si queremos estar unidos en la meta de disminuir la desigualdad de nuestro país.

*Ingeniero Ambiental y Sanitario y Magister en Economía y Administración de la Universidad de York.

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