Andrés Ibáñez es un arquitecto colombiano que ha participado en importantes proyectos inmobiliarios en Bogotá gracias a su conocimiento en ecoproductividad. Esta perspectiva del diseño parte de una concepción que en tiempos de crisis ecológica suena controversial: los humanos no solo destruyen la naturaleza, sino que pueden aportar en su conservación y mejoramiento.

Ibáñez es uno de los invitados al Foro Internacional sobre Cambio Climático que se realizará en la Universidad Javeriana este viernes. Antes de su presentación en ese evento, habló con Semana Sostenible sobre los alcances de ese concepto, su aplicación y la forma en la que puede aportar en la lucha contra los efectos del calentamiento global.

SEMANA SOSTENIBLE: ¿Qué es la ecoproductividad?

ANDRÉS IBÁÑEZ: Es un tipo de arquitectura que diseña elementos urbanos que tienen la capacidad de generar servicios ambientales y crear valor ambiental. Usualmente se habla de la ciudad sostenible, pero desde varios semilleros estamos buscando superar la sostenibilidad y ver qué hay más allá. El problema con ese concepto es que asume que todos los impactos que causan los humanos sobre el planeta son negativos e intenta mitigarlos. La ecoproductividad busca cambiar ese paradigma, bajo la premisa de que con sus acciones las personas también pueden producir impactos positivos sobre los ecosistemas.

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S.S.: ¿Qué ejemplos existen de que eso ocurra?

A.I.: Muchos. Un artista holandés en Beijing se inventó una aspiradora para atrapar la contaminación del aire. Luego cogió esos bultos de polvo y creó un proceso para convertir ese material en objetos y joyas. Entonces no solo limpiaba el aire, sino que generaba riqueza a partir de ese proceso. Eso es ecoproductividad.
Uno podría pensar que eso es una idea loca, pero es posible. En Bogotá existen 300.000 metros cuadrados de techos verdes que prestan multiplicidad de servicios ambientales: retienen el agua equivalente a ocho piscinas olímpicas cada año, lo que ayuda a prevenir inundaciones porque ese líquido no va a parar al alcantarillado. Además, por cada cinco metros cuadrados se atrapa un kilogramo de material particulado, con las implicaciones positivas que eso tiene para el aire de la ciudad.

S.S.: ¿Qué tan costoso es ser ecoproductivo?

A.I.: Es sobre todo un tema de mentalidad. Hay un caso de un señor que se llama Orlando González que tiene en la terraza de la casa nueve colmenas de abejas con 50.000 ejemplares cada una. Él produce 30 botellas de miel al año, pero lo más importante es el servicio ambiental que le presta a la ciudad: una sola abeja poliniza cerca de 5.000 flores al día. Si multiplicamos eso por todas las abejas que tiene en su terraza, el impacto que genera es impresionante.

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S.S.: ¿Cuál es el papel que esto puede jugar sobre la planeación de las ciudades en el contexto del cambio climático?

A.I.: América Latina es la segunda región más urbana del mundo después de Asia. Se calcula que hacia 2050 el 80 % de la gente va a vivir en ciudades y eso significa que la mayor cantidad de problemas relacionados con el bienestar de la gente van a estar relacionados con estos lugares. El cambio climático impone un reto adicional en ese sentido. Por ejemplo, por el fenómeno que se conoce como isla de calor, que significa que las temperaturas en las ciudades son más altas en comparación con sus alrededores rurales.
Ese efecto tiene relación con fenómenos como las granizadas que se han visto recientemente en ciudades como Bogotá. En ese sentido, una ciudad ecoproductiva podría ayudar a reducir esos impactos sobre el clima, pero también se vería menos afectada por esos eventos

S.S.: ¿Qué hace falta para que se involucre esa perspectiva en la planeación urbana?

A.I.: Hace falta voluntad política para hacerlo. El Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá solamente contempla áreas de conservación como humedales, cerros y reservas que no se pueden tocar. Eso es muy importante, pero por ahí no es la cosa. También hace falta que la planeación urbana funcione bajo un esquema de cobeneficios. Que las obras de infraestructura puedan generar una especie de gana-gana para sectores que parecen opuestos: constructores, ecologistas, administración y ciudadanía. Eso implica no ver todo en blanco y negro, sino que con la ecoproductividad se pueda llegar a un punto medio que perturbe lo menos posible el entorno natural, o que inclusive lo mejore, sin sacrificar el bienestar de las personas que lo habitan.

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S.S.: ¿Es posible una ciudad ecoproductiva sin liderazgo político?

A.I.: Llevamos los últimos ocho años yendo al Concejo de Bogotá, al Senado, a las distintas secretarías buscando que los techos verdes sean normativos y no ha sido posible. A pesar de eso, la ciudad es la que más desarrollo de infraestructura verde ha tenido en este tiempo. Eso ha sido posible porque hemos vinculado la investigación con el mercado, mostrando que sí funciona y que es rentable. Pero a eso le falta la pata de la regulación para que se complete.
Eso es urgente porque con el calentamiento global hay que llevar a la planeación de las ciudades este tipo de ideas. Los científicos lo tienen muy claro, pero los ingenieros y los arquitectos todavía diseñan y construyen basados en información histórica sobre el comportamiento del clima, por ejemplo. Pero eso ya no sirve porque justamente el cambio climático es la alteración de esos patrones históricos. Hoy es imprescindible incorporar ese factor para ofrecer una respuesta adecuada a los cambios que ya están ocurriendo.

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