Las manos de Alcidiades Pajoy son ásperas, curtidas y llenas de callos y tierra. Desde que tiene uso de razón, este hombre que ronda los 40 años de edad se ha dedicado a arar la tierra para cultivar café en Alto Cañadas, una de las veredas de La Plata, uno de los municipios del departamento del Huila.

Desde pequeño, sus padres le enseñaron a utilizar la pala y el azadón y le transmitieron todos los secretos para convertir un terreno árido en un frondoso cafetal, una actividad que aplica todos los días en las dos hectáreas y media de su finca, en donde vive con su esposa, sus dos hijos adolescentes y sus dos perros criollos, uno de los cuales ya está ciego.

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Al año, Alcidiades saca dos cosechas de café, en parcelas que combina con frijol, plátano, cebolla y uno que otro frutal. En cada recolecta logra producir cerca de 45 cargas de café seco, las cuales vende en el casco urbano de La Plata. Asegura que le ha ido bien como caficultor. Tanto así que su hija mayor ya se gradúo como ingeniera agrónoma y el menor estudia para convertirse en veterinario. 

Su finca está ubicada en medio de las empinadas montañas de la Cordillera Central aledañas a la quebrada Barbillas, una de las 535 microcuencas que alberga el departamento del Huila, y en donde habitan cerca de 1.000 personas que se dedican a la misma actividad.

“Todos los habitantes que vivimos cerca a la quebrada nos dedicamos a los cultivos de café. Esta ha sido una actividad que ha pasado de generación en generación, y que dudo mucho que algún día vaya a desaparecer. Mis dos hijos también son expertos caficultores. Ahora, con la ayuda del Comité de Cafeteros, estamos aprendiendo a cultivar café especial, que es mucho más tecnificado y rentable”, asegura.

Franklin Romero *, un adolescente de 14 años que cursa octavo de bachillerato en una de las tres escuelas de la vereda, es otro de los pobladores de Alto Cañadas que respira y vive por el café.

Vive con su mamá Viviana, su hermana menor y su padrastro en una pequeña casa de bareque a pocos metros de la finca de Alcidiades, en donde además de cafetales y frutales hay una marranera y varios corrales para las gallinas.

Llegó a La Plata a los nueve años, cuando con su mamá decidió abandonar Arauca por el asesinato de su padre a manos de los grupos subversivos. “Cuando llegamos a la vereda mi mamá se volvió a casar. A los pocos años nació mi hermana pequeña. Mi padrastro, un caficultor de la zona, me enseñó a cultivar y me inculcó el amor por la tierra. En mis ratos libres voy a recoger café en otras fincas. Mi sueño es estudiar algo relacionado con la naturaleza”.

En los cultivos de la zona le pagan en promedio $20.000 pesos por día, dinero que utiliza para salir con sus amigos al pueblo de La Plata o para invitar a salir o comer helado a su primera novia. “En época de cosecha trabajo todos los días, en las tardes, cuando salgo del colegio. De resto voy los fines de semana a cultivar en alguna finca o le ayudo a mi padrastro en los cultivos de la casa. El año pasado, con la plata que me pagaban, me iba al pueblo con mi novia, pero se fue para Boyacá. Ahora ayudo con los gastos familiares”.

A pesar de su poca edad, Franklin es un gran conocedor de las montañas de su vereda. No necesita GPS o brújula para ubicarse. Ya tiene grabados los caminos y las fincas por donde debe pasar.

“Conozco casi todos los recovecos de las montañas. Ya hasta los perros bravos de las fincas me conocen y no me ladran. A veces recorro la zona solo para mirar los cultivos. Me gusta la agricultura, y quiero vivir de ella”.

Depredación cafetera

Alcidiades y Franklin, al igual que los mil habitantes de la vereda, no son conscientes del impacto ambiental que han provocado al despojar de la montaña los tupidos árboles nativos para dar paso a los cultivos, ya que es la actividad que se impone en la zona.

“Tenemos que vivir de algo”, afirma Alcidiades. “Para cultivar en la montaña debemos retirar algunos árboles como nogales cafeteros, chicalás o guaduas. Pero no contaminamos el agua de la quebrada. Tenemos un acueducto veredal y no arrojamos basura en sus aguas”.

Sin embargo, en la actualidad las montañas por donde pasa la quebrada Barbillas, una zona de 2.637 hectáreas, ahora luce como un colchón de retazos con parches de cultivos que no solo perturban el panorama, sino que ponen en riesgo la sostenibilidad ambiental del sector y la vida de sus propios habitantes.

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Así lo corroboró Germán Darío Álvarez, subdirector de Agrología del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), quien recorrió parte de la zona en donde la entidad emprenderá un estudio semidetallado de suelos a escala 1:10.000 para que la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena (CAM) ponga en marcha un plan de manejo ambiental adecuado.

“Al retirar la cobertura vegetal en las zonas de alta pendiente, como es el caso de los terrenos de la quebrada Barbillas, los suelos quedan expuestos y sin ningún tipo de protección, razón por la cual se vuelven vulnerables a los derrumbes. La vegetación se encarga de mitigar los fenómenos de remoción en masa”, manifestó el experto.

Además de los parches con cultivos, el IGAC evidenció zonas sobreutilizadas en donde ya no se puede implementar ningún tipo de actividad agrícola, y las cuales en época de lluvia podrían generar avalanchas de rocas que afectarían a las viviendas que se ubican en las partes bajas.

Sumado a la depredación del bosque nativo de la microcuenca, que hace parte de la subcuenca del río Páez (una de las 40 que tiene el departamento del Huila), el IGAC encontró zonas plantadas con pino, una especie foránea que causa daños a los demás ecosistemas.

“Por años, en Colombia se han utilizado especies como el pino y eucalipto como insumos de la restauración ecológica, las cuales no ayudan en nada a la sostenibilidad ambiental. Ambas acaban con toda la flora y la fauna que habita en el suelo y consumen el agua del sector. En el caso del pino, cuando sus hojas caen forman colchones que ahogan toda forma de vida”, afirmó Álvarez.

El parte positivo es que los habitantes no le han “metido” ganado a las montañas de la quebrada. “Si así fuera, el daño sería catastrófico. El pisoteo de las cabezas de ganado genera una compactación casi que irrecuperable en el suelo. Este tipo de zonas debe estar vetada para la actividad pecuaria”, enfatizó el funcionario.

Para él, la solución no está en desalojar a los pobladores de la microcuenca o en erradicar cualquier tipo de actividad productiva, sino en implementar actividades que sean menos perjudiciales para los recursos naturales.

“La actividad productiva en el país se ha limitado a la ganadería y la agricultura. Pero hay otras opciones, como el desarrollo forestal, agroforestal y silvopastoril. En el caso de Barbillas se podrían implementar actividades que mezclen los cultivos con árboles nativos, un punto que equilibraría tanto a la rentabilidad de sus habitantes como a la conservación de la naturaleza. Así, ese imponente colchón de retazos no sería tan traumático”.

El salvavidas

El IGAC y la CAM suscribieron un convenio por $184 millones de pesos para adelantar un estudio detallado de suelos en la microcuenca hidrográfica de Barbillas, el cual permitirá planificar y ordenar adecuadamente el territorio.

Dicho estudio, que inició a mediados de marzo, identificará las zonas aptas para la producción, el estado actual de los recursos naturales y el tipo de cultivo más apropiado tanto para la sostenibilidad como para el desarrollo productivo.

10 expertos del IGAC realizarán muestreos en 2.637 hectáreas de la microcuenca para poder clasificar taxonómicamente los suelos y las tierras por su capacidad de uso e identificar las principales coberturas vegetales.

“Los suelos son multipropósitos. No se limitan solo al tema agropecuario, sino que sirven como base para complementar la formulación y desarrollo de los componentes ambientales, la gestión del riesgo, la incorporación de protección y conservación y la adaptación al cambio climático”, apuntó Álvarez.

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Según el subdirector, con este insumo técnico la CAM podrá elaborar un plan de manejo en la microcuenca Barbillas, la primera en el departamento que contará con información tan detallada de sus suelos.

“El IGAC cuenta con información general de suelos en todo el territorio nacional. Sin embargo, para poner en marcha estrategias efectivas de ordenamiento territorial se requiere de un nivel mucho más detallado. A la fecha, cerca del 11 por ciento del país cuenta con estudios semidetallados y solo el 0,4 por ciento detallado. Barbillas se convertirá en la primera microcuenca con este insumo”.

Por último, el funcionario destacó la riqueza hídrica del Huila. “Este departamento gira en torno al agua. En su territorio se ubican 40 subcuencas y 535 microcuencas de órdenes inferiores, además de 146 pequeños afluentes directos al río Magdalena, el cual nace en el Huila. Los insumos técnicos son vitales para conservación de toda esta riqueza”.

* Nombre cambiado.