| 2013/10/18

Plegaria desde El Salado

El escritor Ricardo Silva estuvo en el poblado que levanta cabeza tras la matanza de hace 13 años.

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Uno: Hubo una vez una masacre. Sucedió en el corregimiento de El Salado, en el municipio de El Carmen de Bolívar, cuando todavía se daba como un hecho que a todos los que se vieran obligados a vivir en estos montes –los bellísimos y estoicos Montes de María, que se han tragado ya tanta violencia– les esperaba una vida abandonada a su suerte. Mariluz, de 13 años, nació dos meses después de la matanza. Y Eligio, de 11, apareció en la familia dos años más tarde. Pero en su casa en la vereda de Villa Amalia, a una hora y media de El Salado si uno va a pie, de tanto en tanto se escuchan las peores historias de aquel día. Hoy es jueves 15 de agosto de 2013. Desde temprano han estado ayudándole a su padre, a don Eligio Torres, en los trabajos de las plantaciones de tabaco. Y ahora están yendo los dos al estanque de las tierras vecinas, igual que todas las jornadas, a recoger agua sucia con las cuatro canecas de siempre. Y sin embargo, han oído esto y lo otro de la masacre pues sigue ocurriendo en boca de todos lo que ocurrió aquella vez. Solo es cuestión de preguntarlo. (Vea galería de fotos: El lento renacer de El Salado)

A esta hora no hay nada impune bajo el sol: el sol es el aire al mediodía. Y no obstante, Mariluz, con una sonrisa a prueba de todo, va llevando a una burra sin nombre por la orilla de la carretera. Eligio, que aguanta, cabizbajo, este calor que va doblegando, abre y cierra las cercas de púas y cuida los pasos del camino. Y entonces se van metiendo los dos entre los pastizales y el lodo, a pesar de las vacas y las cabras y los bueyes, y sobre las huellas de los riachuelos que se crecen cuando cae un aguacero, porque la idea es mostrarnos el lugar en donde día por día han estado llenando las garrafas de plástico blanco: “no hay dónde más”. Hoy la charca está más clara, según dicen, porque los animales no se han parado allí “a hacer su mierda”. Hoy no hay que competir con las reses, no. Todo está, al parecer, mucho más tranquilo. Se meten los dos, pues, en el estanque. Llenan juntos los cuatro recipientes roídos. Se los suben a la burra en el lomo uno por uno. Y emprenden el camino de regreso sin asomos de queja.

Todas estas tierras son las tierras del mismo dueño. Y es bueno aclarar, pues no suele suceder así en Colombia, que le quitó a nadie sus dominios. Ni él ni los demás. La verdad es que los hacendados del país de estos últimos años tuvieron a la mano en el momento preciso el poquísimo dinero –400.000 pesos– que se estaba pidiendo entonces por una hectárea en los Montes de María. Y quién da más por un paraje a cuatro horas de Cartagena que se quedó esperando en vano la voluntad de los gobiernos, que le sirvió de refugio a la guerrilla más obtusa de la historia del mundo “porque por aquí no llegaba nadie más”, y luego fue el escenario que eligieron los peores entre los peores (“esto será bueno a largo plazo”, explicó en su momento el comandante Carlos Castaño) para llevar a cabo un holocausto a plena luz del día.

Ni Mariluz ni Eligio eluden el tema: se encogen de hombros mientras vuelven a escuchar escenas de aquella masacre en la voz del hombre que nos guía, y avanzan a la cabeza del grupo, espantando ramas, en su camino de vuelta por esta pradera incierta, porque quizás ya se han dado cuenta de que los hijos vienen al mundo a reponerse de las guerras de sus padres.

Dos: Hubo una vez una masacre. Que empezó un miércoles como cualquiera en las veredas del camino. Llegó hasta El Salado, “aquí adelante”, a las once de la mañana del viernes 18 de febrero del primer año de este siglo: hace mucho, hace muy poco. Y se fue, a las seis y media de la tarde más o menos, cuando este caserío que parece anterior a los Montes de María era ya un pueblo fantasma con los andenes plagados de 66 –y quién sabe cuántos más– cadáveres torturados, descabezados, empalados, como si no hubieran tenido nunca nombres ni apellidos. Todo ese horror imposible de recrear y de digerir fue cometido hace ya más de trece años por un ejército de 450 paramilitares, en otra bestial, afiebrada y cobarde exhibición de poder, con la excusa de que entre esas casas descansaban –y era la verdad y era el estigma– ciertos guerrilleros de pesadilla, pero su relato, para bien y para mal, sigue produciendo arcadas y escalofríos.

Padres e hijos asfixiando, desmembrando, matando a palos a hijos y a padres: de eso se sigue tratando ese día.

Fue en esta cancha de piedra en donde los verdugos jugaron fútbol con las cabezas de las víctimas, celebraron cada ejecución con tambores y gaitas y acordeones, y dejaron que los cerdos de la plaza hicieran lo que les diera la gana con los muertos. En este lugar, que alguna vez fue un árbol, degollaron a una muchacha porque sí. Entre ese hermoso monte de enfrente, que va a estar ahí cuando ni usted ni yo estemos en la vida, una niña moribunda le dijo a una vecina “abrázame como me abrazaba mi mamá”. Por este cielo, bajo un sol que no da tregua, cruzó un helicóptero disparándoles a los techos de todos. Esta es la esquina en donde uno de los jefes sentenció: “aquí nadie va a quedar vivo, aquí a todos los vamos a matar”. Acá un soldado gritó “¿y las mujeres qué?: ¿se van a salvar?”, mientras se secaba el sudor con el dorso de la mano. Y allí el niño paramilitar les dijo a sus comandantes “yo quiero matar”, y le concedieron su deseo.

Los verdugos fingieron una gesta. Simularon un rito enfrente de una iglesia que se quedó vacía desde entonces. Obligaron a los pobladores de El Salado, que para ese entonces, a fuerza de miedo, ya no eran 7.000 sino 4.000, a ser el público de su propio sacrificio. Y porque lo que se dice deja huellas muy profundas siguen oyéndose las peores frases, “mochémosle la cabeza”, “me dio vaina, pero, bueno, esa es la guerra”, “yo los llamo perros hijueputas”, “uno no aguantaba la hediondez”, “y todos esos muertos tirados ahí”, de tanto en tanto en todas partes.

Tres: La gente empezó a volver a El Salado meses y años después. El bloque paramilitar ‘Héroes de los Montes de María’, hecho de 594 soldados de piedra, se desmovilizó en las primeras planas del 14 de julio de 2005. Los empresarios, en un gesto que suele llamarse “hacer país” pero no es más que despojo, compraron las tierras cuando aún valían muy poco. Y en un raro giro de septiembre de 2009, por cuenta del atrevimiento de la Comisión Nacional de Reparación, del extraordinario informe que el Grupo de Memoria Histórica hizo sobre la masacre y del liderazgo incansable de la Fundación Semana, que dirige la periodista Claudia García, este pequeño corregimiento en el limbo del posconflicto –en ese entonces hecho de solo 750 habitantes– comenzó a convertirse en una parábola de la ardua reconstrucción que le espera a Colombia si en verdad pretende ser una nación. Volvió ‘el Estado’ a la cancha de fútbol, a la plaza, a la iglesia. Pero ‘el Estado’ no era ya solamente el impredecible gobierno de turno, sino también, y sobre todo, una marcha de colombianos a salvo en la empresa privada que sin embargo entendían que las ruinas de ese caserío estaban sucediendo en su propio país.

Qué inverosímil. Qué esperanzador. Hoy, cuatro años después de que empezara la campaña de reparación, la gente sí quiere vivir en El Salado.

Se puede trabajar. Se puede dormir. Pedir a Dios que salga bien el día siguiente no es una pérdida de tiempo. Pasan los cerdos, las gallinas y las cabras frente a la estación de Policía, el centro de salud, las guarderías, la tienda del trueque y una biblioteca extraordinaria en la que ya hay niños risueños que –como en cualquier biblioteca del planeta– leen un libro y otro y otro más con la esperanza de que después les dejen jugar con los computadores. No han vuelto los curas a la iglesia del corregimiento: quizás, por obra y gracia del uniforme, no se sientan parte de “la sociedad civil”, y, después de años y años de sermones partidistas, no les haya sido fácil encontrar su lugar en un lugar en posconflicto. Pero sin duda es mejor, más importante, que les lleguen el agua potable y la educación a las cien familias que están viviendo en las veredas del corregimiento.

La reparación de El Salado ha conseguido, de paso, que reaparezcan en el mapa sus veredas: El Bálsamo, Espiritano, Emperatriz, Danubio y Santa Clara. Y Villa Amalia, por supuesto, en donde Mariluz y Egidio y su familia siguen abasteciéndose de agua en aquella charca turbia de lunes a domingo, y en donde de sábado a sábado esperan a que un profesor les siga dando las clases de español en las que ya han aprendido a firmar. Don Egidio, el padre, que vive angustiado porque sus niños no volvieron a la escuela, pues “se insolaban en las dos horas de camino”, pero que está contento porque ni sus hijos ni su esposa han dejado de estudiar los fines de semana, recuerda el día en que el gobernador lo mandó a callar (“cállese la boca”, le dijo, “que está hablando con la autoridad”) por pedirles que no les prometiera burros sino buses para llevar a los niños de la región hasta los poquísimos colegios que hay.

Sus dos niños inquebrantables, Egidio y Mariluz, acaban de descargar las pesadísimas canecas y se le han escondido al sol (“hoy sí que está bravo”) bajo el techo en donde se pone a secar el tabaco. Y él reconoce que tienen razón los que le han dicho que hay que hervir el líquido viscoso que viene del estanque: “porque cuando no hay desechos de animales es que acaban de fumigar”, acepta. Pero, ahora que los gobiernos y las empresas privadas de aquí y de allá han comenzado a entender que ayudarlos no es ejercer la caridad sino responder por una sociedad propia, ahora que El Salado ha dejado de ser un paraje exótico para convertirse en una esquina del país en donde una vez permitimos que se pusiera en escena todo el horror que cabe dentro de un hombre, se pregunta si más temprano que tarde alguna voz dará la orden de darles una mano con el agua.

El Salado regresó del infierno, de la mano de todos, con la noticia de que se salvan los pueblos que logran recobrar la voluntad. Pero don Egidio Torres solo se atreve a responderse “ojalá”.

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