Memorial del genocidio en Nyamta, Ruanda. (Foto: AFP)
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“Hutu, Tutsi, Twa. En mi clase, no sé quién es quién”, asegura Clarisse Uwineza, una alumna de 18 años del liceo de Kigali que se considera “simplemente ruandesa” y a quien, como a toda la generación nacida después del genocidio de 1994, la escuela le inculcó desde pequeña la idea de un solo pueblo.

La escuela también les enseña, a través de definiciones oficiales, cómo las divisiones étnicas llevaron a la masacre y cómo olvidarlas, pilar esencial según el gobierno de la unidad y de la reconciliación.

Sin embargo, ciertos observadores denuncian una versión restrictiva del pasado y la prohibición del debate sobre las pertenencias étnicas y el genocidio, en un país donde la disidencia se castiga con severidad y los alumnos aprenden a repetir lo que se les enseña sin cuestionarlo.

“Hay una historia oficial en el país, de la cual está prohibido desviarse”, estima la investigadora estadounidense Elisabeth King, autora del libro “De las salas de clase al conflicto en Ruanda”, publicado en 2009.

Según ella, el olvido de las etnias se contradice con la realidad de un país donde aún estructuran la vida cotidiana, y donde es frecuente que las familias se opongan a matrimonios interétnicos.

País imposible

Tras el genocidio, en el que perecieron 800.000 personas, mayormente de la minoría tutsi, el estadounidense Philip Gourevitch, autor de un libro sobre el genocidio, consideró que Ruanda era un “país imposible”.

Habiendo derrocado el régimen hutu responsable del exterminio y apostando por el pragmatismo, el Frente Patriótico ruandés (FPR) del presidente Paul Kagame orientó los esfuerzos en la educación para que la historia no se repita, suspendiendo las clases de historia temporalmente, hasta que el país reescriba su pasado.

“Antes del genocidio, la enseñanza insistía sobre las divisiones entre los ruandeses”, sostiene el responsable del Centro de Investigación y Documentación de la Comisión Nacional de Lucha contra el Genocidio, Jean-Damascène Gasanabo.

Los manuales escolares retrataban a la minoría tutsi como “invasores extranjeros”, detallando el método para reconocerlos según su apariencia, explica Gasanabo, y afirma que era usual que los profesores pidiesen a los alumnos tutsi que se pusieran de pie, para contarlos.

Ahora, los libros escolares describen lo que King califica como una “era dorada precolonial” imaginaria, cuando no existía ningún conflicto entre hutus y tutsis. La responsabilidad del genocidio, dice King, se le atribuye completamente a los colonizadores belgas y alemanes.  

Gorila de las montañas

En la última renovación del programa escolar, en 2016, el genocidio se consideró un tema transversal, abordable en cualquier materia, y se introdujo el “pensamiento crítico”, en un país que recibe continuamente críticas por la falta de libertad de expresión. 

King estima que “es imposible disociar el sistema educativo de un gobierno extremadamente autoritario” y precisa que las leyes que castigan “la ideología del genocidio” inspiraron un clima de temor que silencia cualquier desviación del relato oficial.

Además mencionar los asesinatos de los hutus por parte del FPR antes, durante y después del genocidio, puede conducir a prisión.

Victoire Ingabire, una figura de la oposición ruandesa, cumple actualmente una condena de 15 años de cárcel por haber reclamado que se investigue a los autores de los crímenes perpetrados contra los hutus. 

Los hutus se sienten desde entonces “dejados al margen de la historia, y algunos me dijeron que ésto dificulta la reconciliación”, asegura King.

Fidèle Ndayisaba, secretaria ejecutiva de la Comisión Nacional por la Unidad y la Reconciliación (NCUR), alega que “nadie impide que las familias [hutu] recuerden a sus muertos, pero ponerlos al mismo nivel [que el genocidio] implica negar el genocidio”. 

La NCUR estima que la tasa de reconciliación en el país es del 92,5%, pero los traumas persisten. Poco antes de la conmemoración anual del genocidio, el pasado abril, algunas vacas que pertenecían a sobrevivientes fueron asesinadas con machetes.

La cuestión étnica sigue siendo un asunto delicado. El candidato opositor a la elección presidencial del próximo 4 de agosto, Frank Habineza, denunció recientemente a un internauta que lo había tildado de “gorila de las montañas”, un insulto que hace alusión a lo que algunos asocian con la apariencia física hutu.

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